Por Marcos Vieytes.

¿A qué obedece el título si no se condice con el tono expresivo dominante de la película? ¿De qué rabia nos habla Pasolini con esas inflexiones dulces de su voz, que son las de Giorgio Bassani y Renato Guttuso pero siguen siendo las de él, materializando su discurso? Voz de Papa, sí, pese a las ironías acerca de la coronación en Roma que despliega la voz off, pero no es la de la fingida humildad del Sumo Pontífice, sino la de la piedad poética, que suele hacerse fuerte a partir del reconocimiento y exhibición de su tenaz desnudez interior. Razón política y sentimiento poético promete desde el comienzo esa voz, a la que estuve a punto de llamar El Narrador, porque cuenta, pero a través de modalidades poéticas, líricas en este caso, y, como tales, afirmadas sobre una herida o, mejor, sobre una falta, del todo ajena al entusiasmo épico. Esa voz, además, se propone dar cuenta del presente de 1963, pero no tal como lo concibe el informe periodístico, cuya materia prima toma y reconvierte en plegaria profana, collage no tan deconstruido como el de sus pares franceses, amalgamado por esa voz que no se fracciona, por la sacra melancolía musical, por un montaje que no hace gala de sí mismo. Anclado a la historia, la figura de Marilyn Monroe, recién muerta, es el punto, acaso final, en el que ese presente que la película parece mostrarnos, se devela mítico, o cede al mito de inmediato, o es hecho mítico por el propio Pasolini. ¿O estoy llamando mito al sentimiento? En ese caso, ¿es sentimiento por Marilyn, también cantado en esos años por Ernesto Cardenal y otros artistas e intelectuales de izquierda, o hay otra cosa atrás de él? ¿La belleza, como cosa un poco estúpida, un poco cruel, un poco inocente? ¿El destino humano más ridículo que trágico encarnado en esa mujer que hacía lo imposible –hasta matarse- por retener algo -¿el alma?- de sí misma en medio de la circulación incesante y desatada de su imagen a cargo de un capitalismo cada vez más tecnológico, global y potencialmente virtual? Quizás este sea el desastre del que La rabia sigue hablándonos, con menos rabia que pena, más allá del desastre de la guerra que dio pie a la película: el desastre de la pérdida del ser diseminado en simulacros parciales sin tregua ni esperanza de reconstitución. Fragmentación y difusión atomizada que también caracteriza a la guerra hoy, cada vez menos un evento circunscrito, espacial y temporalmente, que un estado de situación instalado sin restricciones de ninguna clase, un continuum desregulado e intrascendente. Nota beneAlgunos días después de escrito lo anterior, pienso en reformular la propuesta pasoliniana transformando su ‘razón política y sentimiento poético’ en ‘razón poética y sentimiento político’, vale decir que la razón se expresa, en su cine, con las modalidades del discurso poético, y que el sentimiento adquiere entidad y estatura política.