Truffaut afirmaba que Nicholas Ray era el Rossellini de Hollywood, el que nunca explica, el que nunca subraya. Si bien es casi una herejía colocar al recién llegado John Krasinski en semejante estantería, es interesante pensar que tal vez esa sea una de sus virtudes: la ausencia de subrayados y explicaciones. Un lugar en silencio comienza sin demasiados datos, sin informaciones explícitas, sin leyendas ni aclaraciones. Lo que sabemos es bien poco. Un mundo invadido por letales criaturas hace ya demasiados días, una familia que sobrevive en una zona rural, una pérdida repentina, un aprendizaje necesario y doloroso, una vida alterada devenida en natural. Así, el coraje de Krasinski como director no nace de lo que hace sino de lo que resigna, y cuando el cine parece haber transformado la vitalidad del sonido en aturdimiento, él consigue hacer del silencio una inteligente clave de representación.

Su astucia se revela en dos aspectos: en su lectura del mainstream del presente y la posibilidad de ir a contrapelo –teniendo el mérito de abrevar en la actual moda de la distopía y no hacer más de lo mismo-; y en la conquista del sutil equilibrio de su artesanía, asumir el género sin negarlo, explotarlo sin explotarse a sí mismo.  Con solo dos experiencias como director en su haber (Brief Interviews with Hideous Men, en 2009, y The Hollars, en 2016; además de algunos episodios de The Office, la serie que lo consagró como actor), Krasinski demuestra una solidez inusual en la puesta en escena, tal vez nacida de su experiencia como actor, de la sabiduría que tiene el cuerpo para experimentar aquello que no puede ponerse en palabras. Desde el comienzo, su cámara elige seguir el movimiento de sus personajes como el último gesto de conciencia de que aún siguen vivos, creciendo en energía y velocidad a medida que se compromete su supervivencia. El espacio urbano podría haber sido útil para transformar en espectacular la devastación del entorno, sin embargo él elige el campo, los sembrados, una vida casi primaria que deviene en una experiencia tan calma como espeluznante.

Nacida de la más austera de las premisas, Un lugar en silencio comienza con el deambular de una familia en una farmacia desierta en busca de medicamentos y algunas provisiones. Todo es silencio, señas y precauciones, mientras a la distancia algo (o alguien) parece estar escuchando. Esa anormalidad define la nueva norma y el silencio inicial, construido en susurros y presentidos temores, se convierte en la antesala de la más aterradora de las revelaciones. La tragedia nunca implica un letargo o una detención sino que inmediatamente da paso a nuevas acciones, a la convivencia con esa amenaza mortal y cotidiana que se ha hecho condición inherente para la vida. Dos hechos son importantes: las distinción entre el arriba y el abajo, la vida subterránea destinada al refugio y la investigación, escenario de las situaciones más extremas; y la vida del arriba, en la casa abandonada y poblada por recuerdos, en los campos abiertos habitados por desconocidos sobrevivientes, en los entornos naturales definidos por ruidos mayores, como la cascada, los fuegos artificiales y el motor del auto, que ofrecen temporales y extasiadas liberaciones. Es interesante la recuperación de dos órdenes que pertenecen al melodrama: el arriba como lo privado, lo íntimo, lo inexpugnable; el abajo como lo público, lo amenazante, lo desestabilizador. Esa tensión está construida con ejemplaridad, no solo en la alternancia de las escenas entre ambos territorios sino en la inesperada fluidez de su comunión.

Krasinski dosifica las apariciones de las criaturas como Val Lewton escamoteaba las conversiones de sus monstruos en aquellos  experimentos clases B filmados en el estudio chico de la RKO. Cuando el espectador ya no podía ver nada más maravilloso, luego de los Dráculas y Hombres Lobos deambulando por los ambientes góticos que forjó la Universal en los 30, el terror se hacía de sombras y ambigüedades, de espectros de panteras agazapadas en el sueño o en el revés de una maldición, de leopardos escurridizos en los bosques donde las chicas paseaban con despreocupada libertad. La mujer pantera, El hombre leopardo, Yo caminé con un zombie sitiaron la década de los 40 bajo la égida de un terror ubicuo y sombrío, amo de una presencia siniestra y desafiante. Krasinski entiende entonces que el efecto de sus monstruos no se cifra en su exposición sino justamente en su elusiva presencia: son ráfagas de muerte y movimiento, rápidas y delgadas extremidades que asolan desde las sombras los ambientes todavía propios de la vida humana, ciegas amenazas que hacen de su enigma persistente la llave de su poder inquebrantable.

Un lugar en silencio casi no permite tomar respiro. Sus escenas se encadenan de manera voraz, logrando algunos momentos de imperceptible descanso ante la llegada de un vendaval de nuevos sobresaltos. El uso del punto de escucha, en la empatía con la hija mayor del matrimonio que forman Lee y Evelyn Abbott (Krasinski y Emily Blunt), permite un atisbo de la experiencia de ese silencio como forma de terrorismo, como un estado apremiante por su penetración profunda y devastadora. La sordera de Regan (Millicent Simmonds) la hace inconsciente de los efectos sonoros de sus actos, de esas incorrecciones que pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte. Némesis de esas criaturas de oído alerta, Regan hace de su malestar adolescente y culpa secreta el impensado camino de la resistencia. Así, los invasores de Krasinski se convierten en impensados tiranos del silencio, perseguidores de la palabra de los disidentes, exterminadores de quien levanta la voz, de quien hace lo incorrecto.

Con la excusa de un cuento de terror nacido de la imaginación de los guionistas Bryan Woods y Scott Beck, John Krasinski lleva su película más allá del género. Y no porque no le alcance, sino porque justamente entiende que la esencia del horror es la subversión del orden, la tensión de lo establecido, el desafío de una normalidad impuesta a fuerza de miedo y silencio. Combinando la ansiedad de la sci-fi por lo desconocido con la presencia de un poder omnímodo que no tiene origen concreto sino que expresión fugaz, el mundo imaginado por Un lugar en silencio es aquel en el que la vida en silencio, el entrenamiento para no levantar la voz, la exigencia de normalizar el miedo y aceptar el castigo ante la ley infringida, resultan tan tentadoras y conformistas como para amenazar el instinto de rebelión. El que esa gesta imperceptible emerja desde el sonido, haciendo del grito la última expresión de rabia y vida, de lucha y desafío, es el logro más inteligente de la película, la perdurable certeza de su confianza en sí misma.

Un lugar en silencio (A Quiet Place, 2018). Dirección: John Krasinski. Guion: Bryan Woods, Scott Beck, John Krasinski. Fotografía: Charlotte Bruus Christensen. Edición: Christopher Tellefsen. Elenco: Emily Blunt, John Krasisnki, Millicent Simmonds, Noah Jupe. Duración: 90 minutos.