Atención: Se revelan datos importantes del argumento.

La vida, en su mayor parte, no está hecha para ser disfrutada. Aunque periódica y sistemáticamente nos engañemos con eficacia, la vida no es feliz; tiene momentos alegres, pero se encuentra muy lejos de ser plena y satisfactoria. La existencia, en cambio, está hecha para ser superada. Y la meta infranqueable de toda vida es su terminación. Kim Ki-duk parece ser partícipe de este pensamiento que lleva a cabo sin contradicciones en esta película.

Chul-woo es un pescador que vive en Corea del Norte, su área de pesca está próxima a la frontera con Corea del Sur, donde los norcoreanos tienen prohibido el ingreso y viceversa. Cuando una de sus redes de pesca se engancha en el motor del bote, descomponiéndolo, Chul-woo no puede evitar quedar a la deriva. Al cruzar al lado sureño, no solo abandona a su pesar la nación comunista donde vive, sino que deja a su mujer y a su hija sin sustento. Además, al traspasar la frontera, es arrestado por la seguridad nacional del lado capitalista y comienza el calvario de un intenso interrogatorio.

El agente que lo interroga es un fanático peligroso, cuya desgracia personal (pierde a su familia durante la guerra entre el Norte y el Sur) lo vuelve violento y peligrosamente predecible. Quiere torcer la voluntad de Chul-woo a toda costa: le asegura que tiene dos únicas opciones, declararse espía o desertar. Si deserta de su patria, se le ofrece una casa y un trabajo. Pero a él no lo tientan los bienes materiales que irradia la península capitalista de su nación. Chul-woo solo piensa en su familia (aquí radica fundamentalmente la identificación, además de su insólita  ingenuidad), y eso lo vuelve incompatible con un sistema que no contempla la compasión.

Chul-woo es abandonado en el medio de la ciudad, el fin es tentarlo a abandonar su patria ascética, endulzado por las visiones plásticas que le ofrece el despertar del mundo occidental. Pero se niega a abrir sus ojos, teme que lo que pueda ver sea una información que motive la prohibición de regresar a sus orígenes. Su voluntad es quebrada por sus propios captores, quienes lo obligan a mirar. A pesar de nunca haber visto edificios o locales comerciales, trasciende rápidamente la apariencia y comprende que la desgracia aún habita en este ámbito desarrollado.

Todo parece estar corrompido, Chul-woo resulta ser la única persona que mantiene las convicciones impuestas por su patria, aunque al final comprenda que no impera otro principio en los defensores de ambos regímenes que no se funde en el egoísmo y la salvación individual. Oh Jim-woo, uno de sus captores (el cual se hace llamar supervisor, intentando generar otro tipo de calidez más conveniente) empatiza fuertemente con él e intenta ayudarlo a volver a su país; sus actos de solidaridad están definidos por el mismo sistema de consumo del cual se alimenta desde siempre a (que también lo mete en bastantes problemas). Cuando Chul-woo lleva un dinero de vuelta a su patria, que termina resultando un soborno para que lo liberen, comprende que también los ideales de sus compatriotas se encuentran corrompidos.

Chul-woo niega constantemente ser un espía, sin embargo conoce a uno durante su encierro, en el baño del centro de detención, y en un momento en el que se descuida su vigilancia, entrega el mensaje de éste a otra espía, creyendo que se trata de una simple poesía. Chul-woo contiene la ingenuidad que, lejos de paralizar la coherencia argumental, impulsa dinámicamente un relato que se deja ver a pesar de que es terriblemente duro. Chul-woo se pregunta por qué la gente tiene hambre en un país libre, cuando lo primero que conoce en el lado sureño es la privación de su libertad. Con esta ingenuidad se nos presenta a un habitante de Corea del Norte, aislado por un régimen totalitario, no muy diferente a la sutil esclavitud del capital.

Esa red atascada en su motor representa el primer giro argumental que nos sitúa en el conflicto y, de allí en más, toda escena que acontece es un suplicio que hay que superar. A pesar de un discreto y elegante manejo del fuera de campo en la violencia, La red no quiere que la disfrutemos, estamos atrapados en su entramado y no podemos liberarnos hasta saber qué va a pasar, si Chul-woo volverá o no junto a su familia. Su duración es un padecimiento que no gozamos, pero que en su ritmo atrapante, nos es muy difícil abandonar.

La red plantea un mundo honestamente brutal, pone en tensión todo régimen y todo signo de ordenamiento social. Gracias a un posible conflicto entre ambos lados, Chul-woo es liberado y regresa a su hogar. Se sube nuevamente a su bote y se quita toda la ropa industrial que le han obligado a vestir. Vuelve desnudo sin ninguna pertenencia, pero es atrapado por el servicio de seguridad de su patria. La desolación lo invade al comprender este amargo paradigma: el regreso a su hogar ya no es una victoria, la tragedia se ha instaurado en su interior y prefiere morir antes que verse aislado nuevamente.

En la actualidad, el conflicto entre naciones, encabezadas por Trump y Kim Jong-un vuelve a La red un film que necesariamente debe tomar partido por una reunificación pacífica, Pero esto no es posible debido a la pérdida de la inocencia de los seres humanos y su consecuente corrupción. Tal vez el único momento que contiene una esperanza es el plano final, con la bella sonrisa de una huérfana. Pero las generaciones venideras vienen empapadas desde el comienzo con esta normalidad de los conflictos bélicos y Kim Ki-duk no se para ni de un lado ni de otro, sino que, con mayor inteligencia, lo hace por sobre toda la parodia sociopolítica que representamos diariamente para decir algo que realmente trascienda cualquier sistema político. Algo que, al no contener mentiras, pueda ser recordado sin esfuerzos por generaciones venideras. La honestidad es el bien más preciado de La red y eso es lo único que le impregna belleza y nos redime de la barbaridad.

La red (Geumul, Corea del Sur, 2016), de Kim Ki-duk, c/Seung-bum Ryoo, Won-geun Lee, Ji-il Park, Yung-min Kim, 114′.