poster_baja_okLa reencarnación es esa clase de película que lleva a reflexionar sobre por qué alguien debería perder tiempo escribiendo sobre ella. Sin embargo, luego del estupor y la indignación (este último un sentimiento por demás improductivo para el crítico, como para cualquier tipo de ciudadano) sobreviene la certidumbre de que el acto de la crítica no se reduce a escribir y pensar  sobre buenas películas («¿que será,  en definitiva, una buena película?» sería una pregunta pertinente que debería interpelar a cualquiera que tenga ganas de escribir sobre cine). Entonces, decíamos, vale la pena escribir sobre cualquier película y, además, las malas películas dicen muchas cosas sobre muchas cuestiones y funcionan como un síntoma que excede el plano cinematográfico.

La reencarnación es, como producto específicamente cinematográfico, la copia de la copia de la copia de la película de exorcismos (es a El exorcista lo que La Beriso es a los Stones). Una película que nace muerta porque lo que tiene de vida no proviene de ella y se reduce a ser el eco distante de la piedra fundacional del terror satánico. Reproduce todos y cada uno de los lugares comunes de ese subgénero, haciendo hincapié en la disfuncionalidad familiar que es el motor que promueve la tragedia. Y, en este sentido, el chico poseído no vendría a representar otra cosa que ese mal que es reflejo especular del mal familiar, y que a su vez podríamos pensar como representante de un  mal mayor, un malestar social, eso que en términos freudianos se conoce como «el malestar en la cultura». Películas como La reencarnación tienen su fundamento primario en la culpa: siempre el sujeto poseído es el representante de esa entidad maligna que pone a la vista de todos lo que se naturaliza e invisibiliza en el seno de la familia.

La película dirigida por Brad Peyton sigue los pasos del Dr Seth Ember, quien realiza exorcismos introduciéndose en el inconciente de las víctimas y trabajando los miedos y las fantasías de los poseídos. Pero brujería y psicoanálisis en general no van de la mano y, además, el problema es que Peyton pareciera no animarse a entablar una batalla entre los dos discursos lo cual instalaría a la película en un plano simbólico que el cine de entretenimiento americano en general ignora o desprecia.4

Si la película logra transitarse sin llegar al bochorno total es por la sangre sudor y lágrimas que le inyecta a su personaje Aaron Eckhart, lo que demuestra que hasta en la peor película se puede encontrar  una manifestación cabal de la belleza. Eckart es el único de todos los involucrados en el film que parece confiar, de alguna manera, en el material que tiene entre manos y es justamente el rastreo del pasado de su personaje, el doctor Seth Ember, donde se encuentra lo menos trillado de la pelicula.

Los escenas en las que aparece Eckhart luchando contra sus propios fantasmas, persiguiendo en vano  demonios de un pasado que lo atormenta y que uno sabe que no logrará exorcizar jamás, parecieran  ser las únicas que valen la pena. En ese fuego fatuo que se vislumbra en los ojos de Eckhart pareciera encontrarse algo vital, algo real, algo humano, todas cuestiones que gran parte del cine mainstream  americano pareciera despreciar. Son esos momentos plenos y exiguos de Eckhart en los que uno registra que exorcizar demonios es algo que le sucede a la mayoría de los mortales a lo largo de sus vidas.

Y, posdata: dejen en paz a El exorcista.

La reencarnación (Incarnate, EUA, 2016), de Brad Peyton, c/Aaron Eckhart, Carice van Houten, Catalina Sandino Moreno, 91′.