St-Vincent-movie-posterLas películas de vecinos (o no tanto) viejos y mala onda que se reivindican (o se redescubren) convirtiéndose en mentores de niños con problemas a esta altura ya constituyen un género. A Hollywood le encantan estas historias de redención y las produce constantemente. Podemos pensar en las recientes Gran Torino, Starlet y, un poco más lejos, en Finding Forrester de Gus Van Sant o El hombre sin rostro (de y por Mel Gibson). St. Vincent, debut cinematográfico de su director Theodore Melfi, abreva en la fórmula conocida, que funciona muy bien, construyendo un relato en tono indie con un muy buen reparto.

Vincent (Bill Murray) es un jubilado, no tan viejo (Murray tiene 64 años), quebrado económicamente, borrachín, apostador, cínico y bastante jodido. Un hombre solitario que se relaciona sólo con su gato y episódicamente con una prostituta rusa embarazada (Naomi Watts) a la que llama «dama de la noche». Nada parece alterar la grisura de sus días (que van virando al rojo furioso de las deudas) hasta que se mudan a la casa de al lado Maggie (Melissa McCarthy) y su pequeño hijo Oliver (Jaeden Lieberher). Ella se acaba de separar y está absolutamente desbordada por su nueva realidad. Las cosas tampoco son fáciles para Oliver; en su primer día de escuela (escuela católica que dará el pié para que Vincent sea finalmente St. Vincent) es víctima de un episodio de bulling y termina sin dinero ni llaves. Entonces pide refugio en la casa de su vecino, que ve en esta situación una oportunidad de ganar algo de dinero convirtiéndose en el niñero del hijo de la vecina. Y así empieza todo.

Después vendrán los momentos compartidos (Vincent no altera sus rutinas sino que suma a Oliver a ellas), la exposición de su lado sensible (una amada esposa internada en un geriátrico carísimo), la enfermedad, la muerte, el nacimiento y cierta reivindicación del hombre que alguna vez fue. Así y todo, St. Vincent tiene muchísimos aciertos, sobre todo los actores. Bill Murray se luce sin despeinarse en un papel que le calza como un guante. Sin apelar a sentimentalismos forzados este personaje egoísta, cruel y cínico logra empatizar con el espectador y Murray reafirma su condición de ícono pop en los créditos finales cuando escucha y canta (con los walkmans puestos) Shelter from the storm de Bob Dylan, mientras riega un improbable césped. Su coequiper Jaeden Lieberher, pequeño, frágil y muy inteligente muchachito de unos doce años una mirada ávida y asombrada pero para nada cándida, lo complementa a la perfección.

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Completan el cuadro Melissa McCarthy en el rol de la madre, una mujer recientemente separada, engañada y superada por esta nueva realidad, que tiene un trabajo exigente y desagradable («paso todo el día viendo cosas horribles», dirá un la gran escena de la charla con las autoridades de la escuela de su hijo donde desarrolla un casi monólogo desesperado a partir de la pregunta del director «¿ha cambiado algo en casa?»), y Naomi Watts, la prostituta rusa de buen corazón. Quizás la dupla Murray/McCarthy suene como una promesa de comedia divertida, pero no, St. Vincent es negra, negrísima.

Otro acierto es el tono de (otra vez) Murray en la piel de este personaje parado en el borde del abismo de la sociedad individualista y consumista de la que es parte. ¿Qué hacer con estas personas que ya no son productivas pero tienen varios años por delante? ¿Cuáles son sus expectativas? Las interacciones del personaje con las instituciones (el Banco, el Geriátrico) giran en torno al dinero (a la falta de él, precisamente). Sus actividades (las apuestas, sobre todo) se relacionan con la solución mágica (generar dinero) que resolvería este devenir. Por otro lado, su condición de hombre solo (no ha tenido hijos) y ese cínico hartazgo con el que se mueve hablan de una cierta desacralización de la ancianidad como el lugar de la sabiduría y la calma. St. Vincent reivindica cierto derecho a rebelarse contra ese lugar de ciudadano de segunda que se reserva para la vejez (sobre todo si la vida no te ha tratado demasiado bien hasta entonces) deviniendo en un auténtico viejo choto, cínico, egoísta y cruel.

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A pesar del episodio de da título a la película, un trabajo práctico en la escuela de Oliver con la consigna de descubrir los «santos» de la vida real, nuestro Vincent, que sin dudas ha conocido tiempos mejores y hasta supo tener algunos coqueteos con el heroísmo, no cambiará de paradigma y hará lo que aparentemente ha hecho siempre (y muchos de nosotros hacemos): simular que se adapta.

Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva sobre la película.

St. Vincent (EE.UU., 2014), de Theodore Melfi, c/ Bill Murray, Melissa McCarthy, Naomi Watts, Jaeden Lieberher, Chris O’Dowd, Terrence Howard, Parker Fong, 104’.