En La siesta del tigre hay una persistencia notoria en un curso de agua, que los protagonistas nombran como arroyo, aunque al espectador le parezca más un río. La diferencia de terminología no es irrelevante, no solo porque marca una visión que tiene que ver con la pertenencia al territorio: el arroyo remite a una idea de reposo, a un curso de agua abarcable, limitado; el río –incluso la palabra en sí misma- tiene otra consistencia, otra sonoridad, trae la implicancia de la corriente. La película, que relata el intento de cuatro amigos de  hallar los restos de un Tigre Dientes de Sable que los convierta en millonarios, en realidad funciona en simbiosis con ese curso de agua. Como si se tratara de un objeto que flota a merced de la corriente, La siesta del tigre se desplaza, se deja llevar. Río abajo, el relato asume el ritmo que le impone el agua. Casi silenciosa, limitada de palabras al comienzo, llena de la sonoridad que transmite el monte, su paso es lento, casi al borde de la quietud, avanzando a pequeños deslizamientos. No hay allí más que pequeños detalles, desniveles que presuponen el paisaje: la piedra que parece contener restos, el hallazgo de un posible fósil, el fracaso que se repite una y otra vez.

Hay un momento en que la película cambia. Una elipsis casi imperceptible introduce no solo el límite para la búsqueda, sino un proceso que se modifica. La lluvia que trae la creciente lleva el arroyo al río y saca a la película del ritmo asociado al sopor veraniego. Todo corre ahora con más velocidad y potencia. Los protagonistas se asoman al riesgo, a la posibilidad de cerrar la expedición sin resultados. El río es ruido y revoltijo, confusión y avance. Lo que trae la corriente es el deseo de algunos de volverse, porque allí, con la creciente no queda nada por hacer. Y la forma en que Cochirila, el jefe del grupo, remonta el río nuevamente –ese ir en contra- es atravesar la corriente, el paisaje transformado –las barrancas son ahora territorio de saltos de agua inesperados-.

Cuando corriente e historia se detienen, irrumpe lo extraño, ese elemento que trae el misterio a cuestas, sin intención de resolverlo. Si en el relato de uno de los hombres se señala que vio cruzar a una niña en el monte, el sonido preciso y reconocible del final establece la entrada definitiva en un territorio que ha dejado de ser real para convertirse en mítico. Esa mitología de un espacio definido –la Entre Ríos en que transcurren los tres largos de Schonfeld- sin embargo, no es explícita, sino que se expone como parte indisoluble de la vida de los personajes. En ellos ya hay algo de extrañamiento. En La helada negra ese extrañamiento se duplicaba entre la joven que producía milagros que no se mencionaban como tales y los hombres que convivían en la chacra. En La siesta del tigre el extrañamiento proviene de llevar al extremo a esos hombres en un espacio ajeno y alejado de toda referencia de la vida cotidiana. El carácter excepcional del recorrido de los cuatro hombres que no se cruzan ni entran en contacto con otros, lleva a construir una narración que se despega de la especificidad de lugar y tiempo. No hay más referencias al tiempo que no sean más que la necesidad de ser pacientes y esperar. No hay menciones que sitúen en un espacio –apenas hay una mención al pasar a la ciudad de Crespo-. Atemporal y despegada del espacio, se constituye con una autonomía narrativa que no requiere de más explicaciones que las que proveen los movimientos de los personajes.

Lo notable es que Schonfeld viene construyendo en sus tres películas un universo particular. Más que narrar a Entre Ríos como un espacio, lo utiliza como forma de desplazarse de la ubicación específica a un punto en que las historias populares, las mitologías se imponen sobre lo geográfico. Sus relatos tienen un ritmo interno delicado que proponen el ingreso a las historias cuando estas ya se vislumbran comenzadas. Ponen en tensión la actividad improductiva como camino hacia la obtención de un beneficio grupal. Pero tanto Germania como La helada negra y La siesta del tigre construyen una idea de provincia, de “interior del país” consecuente y opuesta a la visión como espacios inhóspitos y rechazantes al extraño que sostienen películas como La patota o Una especie de familia. Y es que mientras en ellas las provincias se abren a los ojos de los porteños azorados, incapaces de entender el sistema de reglas del lugar, las películas de Schonfeld no traen a nadie desde otro lugar. Entra en esos espacios con la gente que los habita y los atraviesa, se deja llevar por las reglas que comparte con esos personajes. Los entiende y logra que los espectadores comprendamos que hay otras historias en lo profundo del país, y más aún, que hay otras voces que pueden contarlas.

La siesta del tigre (Argentina, 2016), de Maximiliano Schonfeld, c/José María Espíndola, Benigno Lell, Raúl Goettig, 66′.