Una niña se pasa en medio de la noche al cuarto de su madre porque tiene miedo de la oscuridad y quiere dormir con la protección del reloj elefante. La madre la envía a su cuarto y coloca el reloj protector entre los múltiples muñecos y autómatas de su habitación. El plano detalle de los engranajes del reloj moviéndose dan cuenta del paso el tiempo. El cuarto en la oscuridad, con la cama rodeada de valiosos objetos de arte antiguos, es ahora el de una mujer anciana que se despierta sobresaltada por fantasmas. Así da comienzo La última locura de Claire Darling (La dernière folie de Claire Darling, 2018), película de la realizadora francesa Julie Bertuccelli, y adaptación de la novela Le dernier vide grenier de Faith Bass Darling (La ultima venta de garaje de Faith Bass Darling, 2012) de la escritora norteamericana Lynda Rutledge.

La acción se sitúa en Verderonne, un pueblo cercano a la ciudad de París, el día de la llegada del circo y la feria itinerantes. Allí la señora Claire Darling (Catherine Deneuve) decide organizar una venta de garaje del mobiliario y los objetos de arte de colección en el jardín de su imponente residencia, símbolo de la burguesía provinciana otrora pujante y ahora en decadencia, pues el imperio económico forjado con la cantera familiar, pertenece a los capitalistas chinos. En este punto, podría situarse una relación entre esta película de Bertuccelli y la filmografía de Chabrol al tomar como protagonistas a representantes de la burguesía provinciana. Pero donde Chabrol empleaba el género policial para dar cuenta de la hipocresía moral de la clase acomodada, aquí Bertuccelli asume el fantástico, lo sobrenatural, para de a poco abrirnos las puertas a los oscuros secretos del pasado de esa anciana, que no es tan clara como el nombre que lleva; y su familia, que no es tan bonita y ni armónica como podría uno imaginar a partir de la fastuosa fachada de la Maison. 

Un clima enrarecido sobre lo cotidiano se sitúa ligeramente en los primeros planos de los muñecos y los ángeles con su mirada fija; todos esos autómatas pueden cobrar vida en cualquier momento y tornarse inquietantes, símbolos de fantasmas del pasado que vuelven para atormentar a los vivos. La señora Darling ha permanecido recluida y encerrada en su mansión desde hace más de 10 años. La casa misma es un museo estático y ella una mujer mortificada, que un día para sorpresa de todos cobra vida, se enfunda con un vestido de flores y manda a un grupo de jóvenes que saque sus pertenencias para ponerlas a la venta. Son objetos preciados, pero ella los vende a un precio irrisorio. Claramente, no está en juego aquí obtener un beneficio económico, sino la idea de que los objetos sigan con vida, que circulen y sean disfrutados por sus nuevos dueños. A la vez, podemos pensar esa venta de garaje como simbólica de una limpieza y purificación interior, pues según dice Claire tiene la certeza de que ese es el último día de su vida. Se trata entonces para Claire de hacer las paces con sus demonios internos y con su familia, especialmente con su hija Marie (Chiara Mastroianni), a quien no ve desde que era adolescente. Marie abandonó el hogar intempestivamente y dolorida por el rechazo de su madre, acto que su madre tampoco perdonó, al punto de ni siquiera responderle sus cartas. En esta misma línea se sitúa la apelación de Claire al párroco Georges (Johan Leysen), al pedirle que realice un exorcismo de la casa.

Es cierto que la memoria a corto plazo de Claire, entrada en años, comienza a fallar, pues olvida la pava sobre la hornalla encendida, dónde deja otros objetos de su pertenencia, y también a veces no recuerda a algunas personas conocidas, como por ejemplo a Amir (Samir Guesmi), quien fuera amigo de sus hijos cuando niños y hoy es gendarme del pueblo. Esto puede ser interpretado como un principio de demencia propio de la edad. De ahí que, para la gran mayoría, esta venta de garaje es casi un acto de locura que hay que frenar cuanto antes. Esta es la posición que encarna Martine (Laure Calamy), la amiga de la infancia de Marie, quien al no poder persuadirla de que desista en la venta de garaje, da aviso a Marie para que venga desde París a lidiar con su madre. Pero lo que desde una moral burguesa puede ser leído como locura, desde la perspectiva de Claire, desde una perspectiva que tome en cuenta su subjetividad, puede leerse como un acto de liberación, de sanación y de redención.

Por otro lado, la memoria a largo plazo sigue funcionando perfectamente en la señora Darling. Los recuerdos del pasado la visitan y se manifiestan con carácter de escenas vivas, que cobran dinamismo con su presencia física en la escena, y no son presentados a la manera de flashbacks. Esta es una decisión interesante por parte de Bertuccelli, que también emplea este recurso para aquello que recuerde Marie sobre su infancia y adolescencia. De esta manera, la realizadora imprime de una vitalidad fantástica al pasado, da cuenta de que ese pasado sigue vivo, de que no se ha extinguido y transformado en un detalle símbolo que lo fije y lo mortifique dándole verdaderamente carácter de pasado. La aparición de Martin, su hijo adolescente fallecido en un accidente en la cantera, da cuenta entonces de un duelo que se ha patologizado y que no ha sido elaborado. El fantasma de Martin deja a ver el empeño de Claire por seguir conservándolo como vivo, y no asumir que ya no está. Su dolor es tan grande que por ello es ella la que se ha transformado en la muerta.; llevando una vida melancolizada, enclaustrada; perdiendo conexión con el mundo exterior, al punto que ya en los tiempos inmediatamente posteriores a la muerte de su hijo, rechazaba a su esposo y no podía conectarse amorosamente con su hija.

Hay un objeto importante en la película que es el anillo que busca desesperadamente Claire y lleva la inscripción “amor eterno”. Es un anillo que ha estado desde varias generaciones en la familia y que se transmite de madre a hija en el día de la boda, como símbolo de unión, de alianza y de pertenencia a un linaje. Este anillo, dice Claire, trae suerte en el matrimonio. Claire ha depositado en Marie el ideal: que sea una mujer casada, madre de familia, como lo fue ella. La decisión de Claire de no traspasarle el anillo a su hija en la adolescencia, sin estar prometida en casamiento y aunque ya no lo esté usando (pues su esposo ha muerto también), y el acto de esconderlo por parte de Marie, marcan la ruptura de la fraternidad entre madre e hija. Este quiebre no sólo es producido por el encierro de Claire en el duelo por Martin, sino más profundamente porque al perder a Martin, Claire ha perdido a ese hijo varón en quien encontraba una compensación para el falo del que carece. En contraposición, Marie, al ser también mujer y además al no casarse ni tener hijo, está desprovista del falo que podría colmar simbólicamente su falta. El resentimiento es mutuo, pues Marie también le reprochará inconscientemente en tanto hija, que no la haya dotado de falo, como lo ha hecho con Martin. En este contexto, que Claire, cuando  esté internada en el hospital por su desmayo; haga las paces con las culpas de su pasado ante Marie y que le entregue en ese momento el anillo es entonces señal de pacificación y de reconciliación entre ambas. Y Marie, merced al paso del tiempo, que le permitirá entender ya de adulta lo que sucedió en la cantera con Martin y los deseos inconscientes de muerte de Claire hacia su padre, podrá perdonarla y aceptar esta ofrenda de paz.

Hay otro objeto que también circula: el cuadro de nenúfares. El nenúfar, o también conocida en  Oriente como flor de loto, es una planta asociada a la espiritualidad. Hunde sus raíces en el fango y cuando sale a la superficie del agua, se abre al mundo buscando la luz. Este cuadro se pasea entre el padre Georges y Claire. Cuando Claire lo ve por primera vez en el escritorio del párroco, buscando comprarlo, le dice que el cuadro le da tranquilidad y el cura se lo regalará cuando Claire se vea abrumada por la culpa con la leyenda escrita detrás de la esperanza de que la belleza del arte le sirva de consuelo. La idea de transcendencia de las miserias de la vida humana a través de la belleza y la armonía se encuentra simbolizada aquí. Esos nenúfares representan a Claire misma en su camino de transformación y sanación desde el dolor y el sufrimiento hacia la paz consigo misma y con su hija. Claire, que vivía como muerta, entonces resplandece en los últimos momentos antes de su muerte.

Si bien Bertucelli no hace un uso más profundo de aquellos recursos que le permitirían crear en el comienzo del film una atmósfera más ominosa e inquietante para dar cuenta de aquello que acecha  desde la oscuridad y perturba el dormir de Claire, es de destacar el trabajo que realiza con la temporalidad al imprimirle una tonalidad fantástica. La última locura de Claire Darling cuenta con el atractivo de poder disfrutar nuevamente de la dupla de Catherine Deneve y Chiara Mastroianni, en interpretaciones como madre e hija, donde se destaca la autoridad actoral de Deneuve logrando expresar mediante los sutiles matices de sus inflexiones y de sus actos, y sin caer en un exceso de dramatismo sobreactuado, los complejos estados anímicos de una memorable señora Darling.

Calificación: 7.5/10

La última locura de Claire Darling (La dernière folie de Claire Darling, Francia, 2019). Dirección: Julie Bertucelli. Guion: Julie Bertucelli, Marion Doussot, Mariette Désert, Sophie Fillières, Lynda Rutledge. Fotografía: Irina Lubtchansky. Edición: François Gédigier. Elenco: Catherine Deneuve, Chiara Mastroianni, Alice Taglioni, Laure Calamy, Samir Guesmi, Olivier Rabourdin. Duración: 94 minutos.