El repostero de Berlín (The Cakemaker) es el primer largometraje del joven director israelí Ofir Raul Graizer, que hasta el momento había realizado los cortos A Prayer in January (2007), Dor (2009), La Discotheque (2015), que se destacaron en distintos festivales de Israel y Europa.

En las primeras imágenes de El repostero de Berlín vemos el nacimiento de un intenso amor que dura tan solo 10 minutos de película. Thomas (Tim Kalkhof) tiene una pastelería en Berlín a la que acude Oren (Roy Miller) por sus pasteles y galletas predilectas. En pocos planos se vuelca la información fundamental del desarrollo de la película. Desde un inicio se evidencia la  extraordinaria economía de recursos con la que es narrada la historia. En apenas una charla sabemos que Oren es un ingeniero que divide su tiempo entre Jerusalén y Berlín, que en Israel está casado y tiene un hijo y, además, comprendemos que nada va a detener la arrolladora atracción que siente instantáneamente por el repostero. Un autentico amor a primera vista. Inmediatamente empezamos a adentrarnos en los detalles de este apasionado romance, Oren muere. Este giro da paso a otro segmento de la historia que implica un tono completamente diferente.

Hasta aquí nos habíamos movido en el terreno del nuevo mundo -en la moderna Berlín-; ahora la nos trasladamos a un contexto totalmente diferente, a la tradicional Jerusalén. Thomas se desplaza hasta allí. No sabemos muy bien por qué, pero es el lugar donde decide transitar su duelo.  Podemos especular que el lugar de origen de su amor lo conecta con aquello que perdió. Nuestro protagonista no pudo despedirse, y tampoco tuvo posibilidad de acceder al rito funerario, por lo que hay algo que aun está abierto. De todos modos, estas son simples conjeturas, ya que la opacidad del film se encarga de no dejar lugar a lo obvio.

Ya en Jerusalén, Thomas se las ingenia para relacionarse con la parte que quedó de Oren: se infiltra en la vida de la viuda Anat (Sarah Adler) y de su hijo. Ellos son lo que queda de su amante, y cuidar de ellos conduce a una especie de redención. Ocultando su verdadera identidad se ofrece como peón en la cocina de la cafetería de Anat, con quien forja un sólido vínculo a través de la cocina. Dicha unión reside en la necesidad de ambos sanar las heridas tras una muerte inesperada. Cada uno carga con un dolor que no puede enunciar al otro. Anat queda sola, y se encuentra en la obligación de sobrellevar las cargas familiares, sin ni siquiera tener tiempo para hacer el duelo, mientras que Thomas de ninguna manera puede mencionar el solo hecho de haber conocido a Oren. Esta aguda relación se desarrolla entre silencios prolongados y miradas que hablan. En el guion no abundan los diálogos, ni hay lugar para la redundancia.

En la película, la comida es el vehículo de la narración. A medida que avanza la historia, la cocina va tomando un rol cada vez más protagónico. Desde el inicio vemos al repostero moldeando la masa, ese parece ser prácticamente su único deleite en la vida. Él es un hombre de poquísimas palabras, su medio de comunicación y expresión es la cocina. Todas sus acciones implican cocinar: trabajar, seducir, agradecer, amar…  En definitiva, la cocina articula la relación de Thomas con el mundo.

La elección del arte culinario como pieza fundamental no es al azar, ya que el director es un declarado amante de la pastelería, al igual que tampoco es casual la elección de las naciones alemana e israelí para  situar la película. Ofir Raul Graizer, también divide su tiempo entre Alemania donde vive desde hace unos años, e Israel, su lugar de nacimiento. Es por esto que conoce bien el nexo que une, o más bien desune, a dichas regiones. Y por ello aprovecha este drama romántico para desplegar el problema político/religioso entre judíos y alemanes. En este caso, es el alemán quien es víctima de marginación por parte de la comunidad judía.

El mayor acierto de la película, y lo que la convierte en una pieza diferente, es que si bien echa una mirada sobre temas que ya han sido abordados innumerables veces en el cine (la sexualidad, la religión, y la política), no hay juzgamientos ni bajadas de línea. El director presenta tres personajes que realizan acciones que no son cuestionadas. Se limita a mostrar, las cosas simplemente suceden. La infidelidad no se castiga, la homosexualidad no se polemiza. El ser creyente o ateo no es objetado. Y la mentira no se impugna. El narrador se abstiene de poner etiquetas, no sujeta a sus personajes a compartimentos estancos, no hay gays o bisexuales, hay personas que viven y aman. Vemos un rechazo de las divisiones tradicionales y una negativa a adecuarse a las normas establecidas. Esto está mostrado con una gran organicidad, no resulta una puesta forzada sino que se ve naturalmente. Es en el espectador en quien recae la tarea de elaborar sus propias valoraciones.

También se destacan las actuaciones de los dos protagonistas Thomas y Anat, quienes resultan muy expresivos. Sus personajes están estructurados a partir de silencios y planos fijos muy cerrados que implican poderosas miradas. La cámara se detiene sobre ellos para mostrar los detalles de sus rostros reveladores. Las escenas compuestas por planos largos no son una pérdida de tiempo, sino que son justas y necesarias. Hay una exquisita dosificación de lo contado.

El repostero de Berlín es una película repleta aristas a explorar, abierta, potente, sin sentencias. No es, sin duda, un tanque de Hollywood de esos que se sostienen semanas en la cartelera. Es, en cambio, una película pequeña que probablemente pase de manera fugaz en la cartelera porteña. Sin embargo, vale la pena y merece ser vista.

El repostero de Berlin (The Cakemaker, Israel/Alemania 2017). Dirección: Ofir Raul Graizer. Guion: Ofir Raul Graizer. Fotografía: Omri Aloni. Edición: Michal Oppenheim. Elenco: Tim Kalkhof, Sarah Adler, Roy Miller, Zohar Shtrauss. Duración: 113 minutos.