Por Marcos Vieytes

Pocos meses atrás se rumoreaba la posibilidad de que estrenaran La chispa de la vida, anterior película de Alex de la Iglesia, comedia negra en la que un esposo y padre de familia español de clase media desempleado sufría un accidente terrible y espectacular que lo inmovilizaba por completo y lo ponía en el centro de todas las miradas, víctima arquetípica cristina en tono paródico. Las brujas de Zugarramurdi, última película del bilbaíno cuyo estreno acaba de sorprendernos (¿en lugar del otro? Tal vez no, acabo de ver el afiche en una sala de cine de Belgrano), también empieza con un Cristo, en este caso estatua viviente, que para poner fin, distraerse o paliar su martirio conyugal que cometer un asalto con la participación activa y cómplice de su hijo de diez años y unos secuaces disfrazados de Minnie, el hombre invisible, Bob Esponja y soldadito de plomo, más infantiles todavía que el falso hijo de Dios. Aquí todos los hombres son nenes de mamá y todas las mujeres son brujas, y el trazo conceptual es tan grueso y fantástico que cualquier lectura de género (sexual) ofendida sería ridícula.
La situación del principio y el aquelarre final son buenas ideas dramáticas mal filmadas, como el resto de la película, y por ‘mal filmadas’ me refiero a mal narradas, cortando mucho sin necesidad, sin generar elipsis ni ritmos significativos. El monstruoso clímax hace del personaje de Carmen Maura un avatar del Drácula de Gary Oldman, y aparece una criatura que pertenece a la familia de seres mitológicos de Guillermo del Toro aunque, más para mal que para bien, ningún engranaje está aceitado como en las producciones del mexicano. Uno de los mayores problemas de Las brujas de Zugarramurdi es que las formas globalizadas del audiovisual, entre las que se cuentan la referencialidad pop automática pero irreflexiva (esa que genera recolectores de signos en vez de relectores autocríticos), diluyen la potencia de elementos culturales españoles que la película orilla sin convicción. Si a eso le sumamos que buena parte de los diálogos no se entienden (es imprescindible subtitular las películas hispanoparlantes porque el argot particular de cada una es un elemento dramático fundamental), la decepción es tan considerable que me hizo reconsiderar comparativamente La chispa de la vida, que sin recurrir al fantástico conseguía perforarnos la cabeza por un rato largo.


Esa versión –ya desde el título- edulcorada de The Big Carnival (o, mejor aún, Ace in the Hole, con el asshole de Kirk Douglas) elige contar las cosas desde el lugar de la víctima, a diferencia de ese implacable victimario de espectadores con buena conciencia que fue Billy Wilder, pero por lo menos te somete a la intolerable sensación física de tener un fierro clavado en el cráneo, que debió ser percibido por buena parte de los espectadores españoles como el palo -¿de escoba?- que les insertaron en el upite los últimos años y no les deja vivir, ya no digo volar (quizás lo más simpático de Las brujas de Zugarramurdi amén del pasajero de taxi secuestrado que repite una y otra vez “¡yo quiero ir a Badajoz!” mientras se lo comen crudo, sea la inclusión de la cara de Angela Merkel entre muchas otras brujas a las que sí hubiera valido la pena empalar). La dimensión alegórica de La chispa de la vida terminaba relativizando el interés por la anécdota, pero la impresión física era tan fuerte que generaba una tensión perceptiva de la que carece Las brujas de Zugarramurdi, que no llega a dibujar una figura de sentido materialmente potente.

Las brujas de Zugarramurdi (España / Francia, 2013), de Alex de la Iglesia, c/ Hugo Silva, Carmen Maura, Mario Casas, Jaime Ordóñez, Carolina Bang, Terele Pávez, Santiago Segura, María Barranco, 112’.