Leone en la Lugones, por Marcos Vieytes

No me pregunten por arquero, defensores y delanteros. Lo único que puedo decirles ahora es que en un hipotético 4-4-2 cinematográfico, mi mediocampo formaría con Bava, Fisher, Melville y Leone. Cuatro volantes europeos plantados en mitad de cancha histórica, allá cuando el cine clásico se hacía moderno. Cuatro tipos que, como filmaban películas policiales, de terror, de ciencia-ficción y de gladiadores, lucían poco y nada pero eran el alma de su época y nadie que los ve jugar se olvida de su estilo. El que más llamó la atención fue Leone, y Sergio, el gran Sergio, el gordo Sergio, sería mi 10. Porque es uno de los más habilidosos pero también sabía jugar sucio, y porque le gustaba ser la estrella de los cuatro. Nada de perfil bajo. De los otros tres, tan grandes como él si no más (suena a blasfemia, lo sé), hablaremos en otro momento, porque ahora lo que importa son las cinco películas que la Sala Lugones del Teatro San Martín proyecta en Blu-Ray.

¿Quién es Sergio Leone? Digámoslo así: ni Clint ni Quentin existirían sin él (Los imperdonables está dedicada a su memoria). ¿Así que Leone es el padre de Eastwood y de Tarantino? Putativo, en todo caso, pero padre al fin. Tampoco existirían películas como El bueno, el malo y el idiota, de Kim Jee-won, ni medio cine asiático. John Woo y Johnnie To le deben mucho, muchísimo, así como cualquier película –buena o mala- que haga de la violencia un espectáculo estético festivo, desmesurado y coreográfico. El cine de acción y sus antihéroes no son los mismos desde que el cinismo lacónico de El Hombre Sin Nombre se transformara en un modelo para las generaciones contestatarias de los 70, violentamente retrógradas de los 80 y cancheras de los 90. El Snake Plissken de Kurt Russell en Escape de Nueva York y Fuga de Los Angeles se crió mirando al Eastwood de Leone, y las 800 balas de Alex de la Iglesia disparan en dirección al spaghetti western (las de Guy Ritchie son de salva).

Esa versión grotesca y operística del género más clásico del cine existe gracias a él, y hay que apurarse a decir que los excesos y deformaciones que introdujo no son defectos, sino expresiones de su cultura nativa y de su voracidad personal. Amaba las películas de acción y aventuras, empezó a trabajar en ellas en un tiempo en que Hollywood filmaba en Italia porque era más barato y porque había sido la madre de las súper producciones, y una vez que triunfó pensó en hacer películas cada vez más grandes y más largas. Por eso filmó poco y se murió habiendo obtenido permiso de Gorbachov para rodar Stalingrado en Rusia con todo el ejército soviético a su entera disposición. Para mí que ahí se dio cuenta que más lejos no podía llegar, le dio vértigo y crepó. La realidad es que su salud no resistió tanto descuido culinario y tanta audacia babélica. Si seguía filmando, no le quedaba otra que tener a Dios de productor en su próxima película.

De las sólo siete películas que firmó (filmó alguna que otra más, como esa joda lúcida llamada Mi nombre es Nadie, pero figura como productor), podremos ver cinco ahora. ¿Qué decir de ellas? Son las más famosas, así que poco o nada nuevo se puede agregar. En Erase una vez en el oeste aparece Henry Fonda haciendo de villano despiadado, cosa que nada tenía que ver con la imagen que había forjado hasta ese momento en EE.UU. (piensen que había sido Lincoln en la película de Ford). Claudia Cardinale está fuerte como siempre y aquí puede verse la más linda y tierna tocada de culo de la historia del cine. Están los mejores planos de Monument Valley desde Ford, y el crescendo musical de Morricone queda pegado a la grúa del principio alzándose sobre la estación, el desierto, el pasado y el futuro del cine.

Erase una vez en América es amarga como un policial negro, a pesar de que es una de gángsters. Y esos dos géneros no son la misma cosa. En este último importa la comunidad, la banda de amigos como familia sustituta. Esta película recorre 40 años en las vidas de unos hijos de inmigrantes neoyorquinos. El ralenti ocre con el puente de Brooklyn de fondo es uno de las bellezas más dolorosas que nadie haya filmado nunca, y esta es una de sus películas más despiadadas. Quizá porque muestra la distancia entre la infancia y la madurez, entre los sueños y la realidad. Leone nunca quiso filmar otra cosa que esa distancia. Por eso sus protagonistas son gente que no crece. Mala gente en el fondo, y no tan en el fondo. Porque Leone filmaba como los dioses, y todos hemos querido ser dioses alguna vez.

(Publicada en http://funcionagotada.com/)

Comparta sus opiniones