El rock como expresión de libertad: Leto, por Carla Leonardi

Estamos en Leningrado a comienzos de los años 80, cuando tres jovencitas ingresan por una ventana, de forma clandestina, en la parte trasera del edificio donde se celebra un concierto de Zoopark como parte de El club del rock, creado para demostrar que el rock también puede ser edificante. Allí las reglas son muy precisas: si bien es rock, la banda interpreta una suerte de estilo contenido, que exige que los asistentes permanezcan sentados, sin acompañar el ritmo con sus cuerpos ni expresar su fanatismo libremente. La clandestinidad se establece en el plano secuencia que acompaña a las tres jóvenes a través de los pasillos tras bambalinas, y se refuerza por el control que la vigilancia ejerce sobre los cuerpos; nada que sugiera los excesos impuros de Occidente puede tener lugar, pues todavía estamos antes de la caída del muro de Berlín y en los albores de la reestructuración económica que fue conocida como Perestroika. Así comienza Leto (2018), largometraje del ruso Kirill Serebrennikov (quien permaneció un año y medio bajo arresto domiciliario acusado por malversación de fondos, hecho que se presume vinculado a sus críticas a la Iglesia Ortodoxa a la cual adscriben los altos mandos del gobierno) y que está basado en las memorias de Natalia Naumenko.

La película está filmada principalmente en blanco y negro, dando cuenta de un pasado triste, oscuro y opresivo, en el que, todavía a la sombra de las políticas de Brehznev, florece una bohemia creativa musical, que inspirada en el música Occidental (con influencias como T-Rex, David Bowie, Blondie, Velvet Underground, Talking Heads) intenta encontrar espacios en los cuales expresarse y dar trascendencia a su arte. Así, la película se inspira en sucesos reales, con cierto espíritu documental, pero planteada desde la ficción, para dar cuenta del Verano (Leto) que significó el encuentro y la colaboración musical entre Mike Vasilyevich Naumenko (Roman Bilyk), consagrado líder de Zoopark y el nuevo y prometedor cantautor Viktor Tsoi (Teo Yoo), líder de la mítica banda Kinó. 

El color irrumpe transitoria y fugazmente en dos momentos. Por un lado, en aquellos en que los protagonistas de la historia son filmados por una cámara casera al modo del registro del documento de la floreciente escena del rock ruso. Aquí el director opta por un formato cuadrado de pantalla, decisión acorde pues estos fragmentos son acompañados por versiones en ruso de temas de rock occidental (que solía interpretar Mike en Zoopark). Esta decisión le sirve no solo para colocar  a los costados la letra en inglés y su traducción en ruso, sino también para dar cuenta de las posibilidades y los límites de la creación de estos músicos. Imposibilitados de realizar exactamente música de estilo punk o new wave occidental, estos artistas -cuyas letras eran evaluadas por el partido antes de poder ser interpretadas en El club del rock o cuyas canciones circulaban clandestinamente a través de grabaciones o en reuniones en algunas casas- se las tenían que ingeniar para adaptar la música que les gustaba a las costumbres e idiosincrasia de la Unión Soviética de esa época. Por otro lado, el color también aparece en aquellos momentos en los que distintos transeúntes en la calle o pasajeros en el tren o el tranvía interpretan temas icónicos del rock occidental en inglés, mientras se sobreimprimen sobre ellos animaciones en color con la estética del videoclip de los ochenta. Al final de las canciones, un personaje, rompiendo la cuarta pared, se dirige al espectador para enmarcar la escena como imposible de haber acontecido, adquiriendo entonces el sentido de sueños de los protagonistas. Sólo en el terreno de la fantasía resultaba posible que la población rusa conozca masivamente temas musicales del rock occidental, que pueda cantarlos libremente sin que se sugiera la traición al régimen, emular las tapas de los vinilos de sus ídolos occidentales o tocar en un recital a ritmo de punk rock desenfrenado. El color expresa los momentos de libertad, que sobreviven en la fantasía, en los sueños y en las letras que logran pasar la férrea censura.

La relación que se establece entre Mike, el artista consagrado y con cierto dinero para comprar en el mercado negro los discos de la nueva ola producida en Occidente, y Viktor, el artista con talento  que está en sus comienzos y que representa el proletariado (es un carpintero), es la clásica de mentor-discípulo. Ambos se admiran mutuamente y establecen una amistad, no exenta de diferencias que superarán en pos de la música. Este vínculo se completa con un triángulo amoroso con Natacha (Irina Starshenbaum), la esposa de Mike. Natacha, frustrada y estancada en su relación con un Mike, cuya pasión es la música más que ella y su hijo, busca en el novato un escape a la monotonía de la rutina familiar; busca también el amor y la pasión que le falta. Pero no puede consumar este romance, debido a sus límites morales, quedando su vinculo con Víktor en una suerte de idilio platónico. La ambivalencia de sentimientos de Mike hacia Viktor se expresa en sus desencuentros a partir de diferencias en lo musical, pero va más allá, pues Mike percibe que Viktor es el representante de lo nuevo, es ese discípulo que lo derrocará en algún momento tanto de su lugar de rey en la escena del rock ruso, como de hombre respecto de Natacha. Y la escena de la lluvia a cántaros cayendo sobre Mike en la noche,  con el tema de Lou Reed “Perfect Day” de fondo, aporta el elemento dramático de la tristeza de Mike para con ambos. Pero, como lo que se privilegia aquí es la música, el director no se atiene a las convenciones clásicas del género, y logra que el trío subsista manteniendo cierta distancia óptima pero sin separaciones.

La película de Serebrennikov puede relacionarse temáticamente (aunque no formalmente) con Dovlatov de Aleksei German. Este film, situado en el endurecimiento de las políticas en la época de Brézhnev, daba cuenta de la camaradería de los escritores a la hora de colaborar entre ellos para que sus producciones pudieran tener circulación, pero también de la frustración por tener que resignar su estilo de expresión artística y amoldarlo a la producción de textos que contengan  alabanzas hacia el partido y una connotación moral de tipo pedagógica, como condición para poder ser publicados y trascender. La resolución en uno y otro es diferente: mientras Dovlatov nos brinda una luz de esperanza con la decisión de su personaje de fugarse hacia Occidente, donde finalmente podrá desarrollarse plenamente como artista; Leto nos deja con la amargura de los sueños que no pueden concretarse y la corta vida de los protagonistas, ambos fallecidos en circunstancias trágicas (Viktor falleció en un accidente automovilístico y Mike por un derrame cerebral producto de un robo). En un sistema político cerrado, donde cualquier cosa puede suceder -como dice Mike-, una guerra, una enfermedad, una adicción, formar familia o tener pocas ganas de vivir; el único consuelo y la única redención posible, la única manera de dejar huella, es el registro de la música y de la voz de una época a través de grabaciones clandestinas. Esas obras que puedan resistir el paso del tiempo, porque la buena música en definitiva es aquella que es capaz de trascender cualquier frontera espacial y temporal, como lo fue la de estos pioneros del rock ruso a quienes la película rinde su sentido homenaje.   

Leto, por la fuerza de su música, el trabajo con el montaje del sonido, la recreación de época y las adecuadas interpretaciones del elenco, es un acertado retrato de la juventud rusa de comienzos de los ochenta, que encuentra en el rock la posibilidad no sólo de canalizar sus sentimientos antisistema, sino de inventar una poética nueva; ese rock ruso que dejó huellas tomando influencias occidentales, pero sin renegar de sus marcas de identidad.

Calificación: 8/10

Leto (Rusia/Francia, 2018). Dirección: Kirill Serebrennikov. Guion: Kirill Serebrennikov, Mikhail Idov, Lili Idova, Ivan Kapitonov, Natalya Naumenko. Fotografía: Vladislav Opelyants. Montaje: Yuriy Karikh. Elenco: Teo Yoo, Roman Bilik, Irina Starshenbaum, Anton Adasinsky, Liya Akhedzhakova, Yuliya Aug. Duración: 126 minutos.

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