En la víspera del 8 de marzo y a pocos días de que Alberto Fernández anunciara, en el inicio de sesiones, el envío de una Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, de la obligatoriedad de las capacitaciones relacionadas con los derechos de la mujer, de la ESI y de la aplicación de la Ley Micaela, se estrena Niña mamá, el documental de Andrea Testa. Todo lo antes mencionado es, sin dudas, una suma de hechos políticos.

Según relevamientos oficiales, en la Argentina hay 700 mil nacimientos por año. El 16%, unos 112 mil, son de madres adolescentes de entre 15 y 19 años (en algunas provincias equivale al 25%) y más de 3000 son de niñas de 10 a 13 años. El 69% de esas mujeres adolescentes no planearon ese embarazo. La gran mayoría de los embarazos adolescentes sucede porque les involucrades desconocen cómo funciona su propio cuerpo, o por mitos falsos sobre la sexualidad y los métodos anticonceptivos. De lo que no dan cuenta estos datos es del extremo desamparo en el que estas mujeres se encuentran, del rol de los vínculos (o de su ausencia), de la aparente condición inevitable de las historias de vida que se heredan de madres a hijas, del rol de las instituciones -en particular de la iglesia católica y evangélica-, de las causas y consecuencias de la desinformación y de la ignorancia, de la feroz penetración de los más perniciosos discursos mediáticos, de la criminal secuela que deja en todes la ausencia del Estado.

Niña mamá inicia sin medias tintas, como un cross a la mandíbula, poniendo en juego la palabra que construye los hechos. El hospital público en el conurbano, una joven mujer de 20 años que ha parido su cuarto hije y que pide que le liguen las trompas, una médica (o asistente o trabajadora social) que le explica que hay más de 60 mujeres en lista de espera y que lo ve complicado con el servicio de cirugía casi desmantelado, que funciona poco y como puede. Y la desazón de ese rostro, la tristeza y ese “hombre con el que no se puede hablar” (que a lo largo del relato serán casi todos), en referencia al (los) progenitor(es) de esos niñes.

Los relatos se encuentran en palabras y gestos comunes, la soledad a la hora de transitar el embarazo, las madres ausentes y las lágrimas que las reclaman, les hijes como el único proyecto propio que se puede tener, la maternidad inevitable, los progenitores ausentes, la desinformación y el miedo omnipresente. Miedo a morirse, a ser juzgadas, al rechazo. Todo esto se refleja en esos rostros, en estas adolescentes que aparecen envejecidas, endurecidas, que no sonríen casi nunca y que controlan las lágrimas hasta lo imposible.

Niña mamá se nos presenta como un trabajo testimonial; desde lo estrictamente cinematográfico, el uso del blanco y negro pone el eje en los rostros, los gestos y los cuerpos de estas mujeres jóvenes, muy jóvenes, que transitan sus embarazos o que han decidido no hacerlo. Planos cerrados, intimistas y una cámara que se ubica con cuidado, casi amorosamente, y acompaña la construcción del relato. La geografía es la del hospital público, escaso de recursos y espacios, pero que las aloja y trata de contenerlas. El recorte es el de la vulnerabilidad social y económica, pero ese es un recorte que abarca a todes, a las pacientes, al personal del hospital, al hospital mismo.

En una entrevista, Andrea Testa dice: “El cine puede ser canal para pensar el mundo, para preguntarnos más allá de lo que vemos a nuestro alrededor. Hay películas que nos incomodan y que no se borran, no desaparecen de la memoria colectiva, de ese espacio de resistencia en el que nos juntamos para destruir y construir un nuevo orden de cosas (…) No se trata solamente de poner en escena un conflicto, Niña mamá permite vivenciar el dolor y escuchar a quienes viven entre la vida y la muerte, en cuestión de segundos. Ojalá esta película nos acerque y aporte nuevas formas para pensar la lucha por un mundo más justo”.

Ojalá…

Calificación: 9/10

Niña mamá (Argentina, 2020). Dirección: Andrea Testa. Producción: Pensar con las Manos. Co-productores: Insomnia Films – Colectivo Hombre Nuevo. Dirección de fotografía: Gustavo Schiaffino. Dirección de sonido: Abel Tortorelli. Montaje: Lorena Moriconi. Duración: 65 minutos.