Lo verdaderamente extraño de Colosal es que un monstruo gigante aparezca en Seúl cada vez que Anne Hathaway atraviesa el parquecito de juegos de su pueblo natal a las ocho de la mañana. La trama/monstruo es, por supuesto, arbitraria, pero después de todo, ¿qué trama no lo es? Lo verdaderamente anómalo de Colosal es que es una película que no parece saber qué quiere contar o, para decirlo más bonito, no parece querer contar nada. Esto dicho como una virtud. Imposible (e infructuoso) saber si esta anomalía es resultado de una búsqueda consciente por parte del guionista/director o el subproducto de una factoría que solo a medias se acerca a Hollywood y su máquina de narrar y que obedece, en el fondo, más a lógicas personales/caprichosas que a las industriales que la presencia de Hathaway podría hacer suponer. A veces, en cine, inteligencia e impericia se tocan.

No es cierto, como parecen interpretar algunos, que el kaiju coreano venga a ser algo así como la corporización de un simbolismo directo y fofo: la trama de Colosal, con sus vueltas de tuerca ridículas, no es la de una mujer que lucha contra el alcoholismo. O, por lo menos, no es solo eso. Hubiera sido más simple y ramplón, pero el plano final, con la Hathaway enfrentando de nuevo a su enemigo, la cerveza, como si nada hubiera pasado, lo demuestra. ¿A quién derrota la enorme Hathaway (casi más despeinada acá que en Los miserables) al final de Colosal? ¿A su demonio interior? ¿A su ex? ¿A algún trauma familiar explicativo, en una película que se nos presenta como una superficie carente de explicaciones y, por tanto, de psicología? No. Derrota, a lo sumo, a su ex compañerito de colegio, devenido adulto abusador a pesar de su máscara de buen tipo cuando está sobrio. ¿Representa este compañerito algo? ¿El pasado? ¿La vida que ella quiere dejar atrás? La verdad que no. El robot destructor aparece bastante avanzada la trama (incluso avanzada la trama/monstruo) y el personaje de Sudeikis (otro grande que el cine no ha sabido aprovechar demasiado) parecía más bien el tipo bueno que viene a rescatar a la extraviada chica de pueblo que quiso ir a la gran ciudad. ¿Es necesario forzar las (escasas) líneas narrativas de Colosal para ver si cuadran con algún esquema de los que ya hemos visto tantas veces? La película pide otra cosa.

Si uno quisiera encontrar, a lo sumo, un centro narrativo para Colosal, tendría que buscarlo en el personaje de Hathaway, pero es ahí donde la cosa se vuelve más espesa. El personaje de Hathaway no hace básicamente nada. Empieza en la lona, termina en la lona. En el medio descubre, sí, que la posibilidad de aplastar a miles de coreanitos conlleva una cierta responsabilidad, pero ese hilo de descubrimiento personal está tan atado a la trama absurda del kaiju que parece obedecer más a exigencias del universo que se creó para la película que al devenir de un personaje; y se produce, además, largo tiempo antes de la resolución. Se podría decir, a lo sumo, que el personaje de Hathaway es el de una mujer (estropeada, borracha y bastante boluda) que tiene que enfrentarse a los hombres que, o quieren algo de ella, o quieren convertirla en otra cosa. Sería, digamos, un feminismo despeinado y bastante poco glamoroso.

Es por eso que el único personaje masculino que sale (relativamente) bien parado de todo esto es el del pibito del bar, que se deja seducir por la Hathaway devenida repentinamente en amazona y no exige nada de ella. El ex novio, que al principio puede parecer un tipo razonable, resulta ser, además de un boludo, bastante insoportable; y Sudeikis, bueno, lo dicho: es un robot gigante que destruye una ciudad por diversión.

En el medio está ella, gigantesco centro de tanto cine, como, por ejemplo, en el centro del cine de Cassavetes estaba Gena Rowlands. La de Vigalondo es una película, también, opaca, que parece avanzar para un lado y el otro, que se enreda en hilos que simulan ser clásicos pero desemboca en un plano de su actriz, que dice todo con gestos precisos y ojos enormes. Tal vez Vigalondo se perdió en su laberinto, pero el resultado es una película que hunde sus tramas en el barro, lo cual permite que afloren todas esas otras cosas que llamamos cine.

Acá pueden leer otra mirada de esta película por Andrés del Pino

Colosal (Colossal, EEUU, 2016), de Nacho Vigalondo, c/Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell. 109′.