Los ganadores, por Ignacio Izaguirre

En Yo, Presidente, los pavotes Cohn y Duprat le dicen a De la Rúa que entre en plano y haga como que atiende el teléfono. El expresidente lo hace y la gracia consiste en ver a un señor grande, y supuestamente serio, haciendo cualquier cosa que le indiquen. El mecanismo se repite con todos los presidentes. Obviamente es una pavada que habla mucho peor del que cree que está demostrando su mayor picardía o viveza que del que se entrega al posible ridículo coyuntural confiando en que lo hace para obtener un resultado, en este caso, una entrevista. En Los ganadores, uno de los primeros planos usa este mecanismo. El director le pide a un entrevistado que se acerque a cámara y se quede quieto. El plano dura unos dos minutos y la actitud del tipo es heroica: durante todo ese tiempo prácticamente no cambia la expresión esperando el aviso de corte.

Siempre anda dando vueltas la cuestión de la burla en las películas de Néstor Frenkel. Solemos exculparlo (en realidad exculparnos) porque, además de risa o condescendencia, sus personajes nos generan cariño y sus historias nos atrapan; es imposible saber cuál es causa y cuál consecuencia. Este primer personaje de Los ganadores no comparte esas características. Su aparición y desaparición es extraña. Su participación parece estar justificada por ese plano y por algunas cosas burlables que dice en relación a Jacques Cousteau. Es una rebarba de la búsqueda de personajes, una sobra que quedó ahí, introduciendo el tema.

Los personajes principales serán Víctor y Lupe, más queribles que el héroe del plano eterno, pero sin llegar a conmover como lo hacía Jorge Mario en Amateur y en Construcción de una ciudad. Víctor se va haciendo querer, quizás porque se lo ve laburando, organizando un evento grande donde se juega mucho, y casi nunca se enoja, se toma los problemas que van surgiendo como parte de su trabajo, no como la anomalía que lo distorsiona. Hay algo de ingenuidad, pero es una ingenuidad pragmática: dentro de su negocio sabe perfectamente lo que está haciendo y lo que necesita para que funcione, ¿qué importa la amplia variedad del mundo que queda fuera de sus consideraciones?

Mientras vemos a una bailarina de comparsa entre las mesas de un evento, Víctor emerge en primer plano y tiene, como muchas veces, una mirada que parece estar enfocada en algo que sucede en su cabeza, posiblemente en la estructura del evento, definitivamente no en los hechos circunstanciales que lo rodean. Víctor nunca mira a la bailarina, que va quedando fuera del foco que solo lo toma a él, Una mueca que no llega a ser sonrisa le da entonces un aire bonachón. Así es Víctor, un tipo enfocado en su empresa y absolutamente despreocupado por las particularidades que no tengan que ver con ella.

A diferencia de Cohn y Duprat, Frenkel no es vago para componer. Se nota un trabajo arduo, los planos y el montaje tienen mucho laburo, muchas horas de material atrás de la hora y cuarto de película. En esto Los ganadores se iguala con sus películas anteriores. En las entrevistas no hay planos descuidados o en los que se confíe solamente en la correcta técnica, cada encuadre tiene un comentario del director, un relato que se suma a lo que dice la persona entrevistada. En las primeras apariciones de Víctor y Lupe, en el estudio de radio, la escuchamos hablar a ella contando su historia, el plano contrapicado toma las paredes, que cuentan tanto como ella, y a Víctor acomodando CDs, nuestra mirada va recorriendo esas paredes y buscando en los gestos de Víctor alguna acotación a lo que dice Lupe.

Para las escenas de observación se intuyen largas jornadas de paciencia y aburrimiento si uno tiene alguna idea de cómo se logran ese tipo de secuencias. Pero el resultado final no tiene ninguna pretensión de que se note esa dedicación, es esfuerzo al servicio del resultado. Se puede sentir el narcisismo del director, Frenkel no es un director modesto, pero está completamente volcado en su obra, se identifica con ella y busca en ella la adulación. El seguimiento con la cámara, el micrófono corbatero siempre prendido y la paciencia, recursos de todas sus películas (incluida El gran simulador, su película “diferente”, aunque la única diferencia sea que el personaje es famoso), logran hermosos momentos, como cuando Víctor y su esposa (que no es Lupe, curiosamente acá “la otra” es la esposa), parados frente a cámara, conversan con el director -ubicado detrás de cámara- antes de entrar al salón donde van a participar de una entrega de premios. “Ya estaban filmando, ¿viste?”, dice ella cuando se alejan. La presa descubre al cazador porque conoce los secretos de su arma (la cámara), pero el juego sigue funcionando, incluso, ese descubrimiento, se vuelve parte primordial de su belleza. No es la cámara oculta la que muestra lo que alguien no mostraría en público, sino la relación que se establece entre la cámara, el personaje y el espectador.

A pesar de todas estas virtudes, en Los ganadores no se termina de producir ese hechizo que hacía que acompañemos a personajes con los que no sentimos en principio nada en común. No se termina de cerrar la distancia con ellos y eso hace que no nos olvidemos de nuestro lugar de espectadores y no se disuelva del todo esa sensación de burla que, por momentos, incomoda.

Es cierto que una cosa es hacer durar un plano más de lo normal y otra es editar, encuadrar, fragmentar lo que esos personajes hacen sin indicaciones o sin ponerlos en una situación ajena a lo que hacen habitualmente. En ambos casos hay un engaño, pero como espectadores pedimos estar del lado de los engañados, no de los engañadores, queremos ser como chicos entregados a la seducción del territorio misterioso, no como un fanfarrón jugando al ajedrez con un bebé.

Hecha esta diferencia, ¿qué pasa con esa propensión a buscar burlados para desplegar nuestra indignación?, ¿qué debilidades se esconden ahí?, ¿de dónde sale esa moral? La sensación existe y es compartida, la cuestión es que, si sentimos que Frenkel se está burlando, es porque vemos en sus imágenes algo que juzgamos burlable y entonces ya no somos inocentes.  Si la imagen de esos vestidos, esos peinados, esa forma de expresarse propias de la intersección de una clase social determinada con una estética de programa de variedades de hace cuarenta años, nos parecen mostradas en su ridiculez es porque compartimos esa visión. Eso significa que hay algo a lo que estos personajes no acceden y nosotros sí. Algo que ellos solo pueden simular mal, pero de lo que nosotros, los burladores, participamos en toda su autenticidad. Acá las cosas se ponen más difíciles. Porque si esos eventos son ridículos por ser malas copias, el original no sería ridículo, sería algo que sí es verdadero, por lo que no merece compasión ni risa.

Tendríamos que sostener entonces que lo verdadero está en que la bebida se sirva en copas de cristal y no en vasos de plástico, o que el productor al que se agradece viva en Nordelta y no en un dos ambientes cualquiera, o que los premios sean de metal y elegantes en lugar de una silueta torpe de madera. Pero entonces habría que pensar a partir de qué nivel una entrega de premios es burlable, a partir de cuanta plata invertida un premio es respetable para la clase media instruida, esa que no se deja engañar por espejitos de colores.

Frenkel sabe que no hace investigaciones periodísticas, nada hay de denuncia en sus películas. Los ganadores no es una excepción. Esto habla también de la autenticidad de la mirada del director que podría regocijarse con algo que aparece sobre la organización económica de estos premios subterráneos y que parece ser el motor de su funcionamiento. Se deja ver que los premiados se inscriben para participar, es más, pagan por participar y asegurarse un premio. Además son siempre los mismos,
algunos centenares de personas que se conocen de esos mismos eventos y van juntando premios de cotillón. Podemos pensar entonces que ahí está lo no auténtico, lo impostado y, por lo tanto, burlable de la situación. O no. ¿No es exactamente eso el circuito de festivales de cine? ¿No son los mismos de siempre circulando por los mismos eventos? ¿O acaso no se conocen los programadores y los directores que participan de estos festivales? ¿O no se oyen frases como “mandanos algo para diciembre que lo seleccionamos para el festival del año que viene”?

Habiendo hecho este recorrido parece difícil seguir sosteniendo indignación por la burla cuando no podemos encontrar diferencia entre esos eventos retratados y aquellos que veríamos sin pensar que había algo de qué burlarse. Nuestra supuesta superioridad moral es la que queda en ridículo al revelarse que es ella la que se está burlando.

Los ganadores (Argentina, 2016), de Néstor Frenkel, 78′.

4 Comentarios

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Manuel Andraderespuesta
21/06/2017 en 11:45

Algo que me rompe mucho las bolas es esa introducción barroca de su constante locución en off. Me parece, un alimento a su ego narcisista, como bien decís. Un recurso televisivo que le hace mucho daño porque se le ve la intención de querer gustar. Explica demasiado.

Ignacio Izaguirrerespuesta
01/07/2017 en 17:06
– En respuesta a: Manuel Andrade

Es cierto, pero por otro lado su cine está construido también alrededor de su narcisismo. No se hace el humilde.

Lucasrespuesta
24/06/2017 en 23:47

Cuando me fui me gustó pensar en por qué Frenkel no se pagó un premio ahí.

Ignacio Izaguirrerespuesta
01/07/2017 en 17:07
– En respuesta a: Lucas

Podría…

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