La cosa es así. Martina se va a casar con Lisandro. Ella es hija de un político encumbrado, que parece estar en un momento complicado por una denuncia pública. Su hermano, Esteban, también está involucrado en los manejos de la política. La fiesta de casamiento es el momento ideal para revertir esa imagen: una foto con el jefe partidario es una señal de apoyo indudable a la próxima candidatura. Pero Novillo es apenas un nombre, una mención, un personaje que nunca aparece, sembrando inquietud en los involucrados. El casamiento y la fiesta transcurren en relativa normalidad, hasta que Esteban encuentra la tarjeta de memoria de uno de los que filman el casamiento y ve algo que lo compromete. Entonces, comienza a ejercer un juego de presiones para que Nicolás le permita ver qué filmó con su cámara, a lo que éste responde con la extorsión monetaria.

Los hipócritas entonces, concentra su acción en el espacio de unas breves horas, desde el momento en que Nicolás filma a la novia en los preparativos previos hasta el momento en que la fiesta se interrumpe -¿se termina?- con la proyección del video. Pero si el formato podría haber generado asimismo una concentración dramática, la película elige cierta dispersión. En lugar de concentrar la acción en los tres personajes centrales, por momentos se desliza hacia personajes secundarios que no tienen influencia ni participación real en la trama. El compañero de Nicolás y su jefe aparecen en momentos en los que no tienen relación con los sucesos centrales, como en esa conversación banal que no aporta información importante, alrededor del momento en que Nicolás comenzó a trabajar. Teresita es como una figura simbólica que pasea una presunta aristocracia y un desdén por el otro, y que parece solamente puesta allí para pelearse con Nicolás (¿a qué viene la mirada desconfiada de ella apenas lo ve por primera vez en la fiesta?). El chofer de la familia es un personaje que subraya la oposición tajante con Nicolás en las dos escenas que comparten: si ya de por sí resulta innecesario que mencione su pasado como policía, resulta obvio que en algún momento ese elemento tendrá su utilización en pantalla. Pero además, el subrayado se instala en la oposición entre obediencia y rebeldía que uno y otro parecen enarbolar en ambos encuentros (“En la vida, cada uno ocupa el lugar que puede. Mientras seas obediente, nadie te va a joder”, le dice el chofer). Peor aún, la línea relacionada con la política, que recorre sobre todo la primera parte del relato, es abandonada luego de manera contundente: ya no importa que Novillo nunca llegue, que el padre de la novia sea considerado un perdedor, ni la llegada de Javier (“¿Qué hace este tipo acá?” dice Martina, preanunciando una importancia que nunca tendrá).

Es ese abandono de todas las premisas que pretende sostener en la primera parte del relato lo que hace que la película desbarranque irremediablemente. Si lo anecdótico pretende construirse como importante (¿a cuento de qué viene la escena en que Teresita le saca el porro al otro camarógrafo y le da un beso en la boca? ¿cuál es el sentido de la larga escena del baile en la fiesta con todos portando sus máscaras?), lo que podría ser importante queda diluído en un rencor de clase individual encarnado en Nicolás y que se resume en la idea de que está “harto de que estos tipos se la lleven de arriba”. Más que un inconformista, Nicolás parece un malhumorado que encuentra justo el elemento que le permite creer que ahora sí va a salir de perdedor. Ese video que se filmó por casualidad, porque la cámara estaba encendida y que compromete a Martina y su hermano, solamente sirve para construir una extorsión y un apriete. Pero debajo de los hechos no hay nada. Porque no importa establecer qué tipo de relación une a Martina y Esteban, el video queda como una excusa algo pueril, para peor mal resuelta en el momento de su exposición (¿por qué se van todos los invitados y los familiares antes del final?). Porque la política queda de lado incluso como forma de resolución de los conflictos, aunque se pretenda que el chofer/policía lo haga con sus métodos (en otra escena confusa que no define qué es lo que realmente ocurre). Porque a fin de cuentas, eso que está en el video no dice nada más que lo que oculta una familia –o una parte de ella- y lo que vemos, forma parte de una esfera privada en la cual termina inmiscuyéndose Nicolás.

El problema de una película como Los hipócritas es que su título pretende hacer alusión a una forma de entender la vida como una mascarada que otro personaje viene a desarmar. Pero cuando ese personaje se vuelve como lo que se cuestiona (un extorsionador, un personaje violento y cuya ética se vuelve por lo menos contradictoria), la lógica del relato se desmorona. Como buena parte de las ficciones de los últimos años, Los hipócritas parte de una idea que puede ser interesante, pero que se niega a desarrollar, como si en la sola sucesión de escenas se construyera un relato sólido. Y un relato, si no hay nada para contar, finalmente ni siquiera puede ser un relato.

Calificación: 4/10

Los hipócritas (Argentina, 2019). Dirección: Santiago Sgarlatta, Carlos Ignacio Trioni. Guión: Santiago Sgarlatta, Carlos Ignacio Trioni. Fotografía: Ezequiel Salinas. Elenco: Santiago Zapata, Camila Murias, Ricardo Bertone, Pablo Limarzi , Ramiro Méndez Roy. Montaje: Ramiro Sonzini. Duración: 70 minutos.