No salgan, cojan: Los inquilinos, por Julián Mocoroa

Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

Rachel (Charlotte Vega) duerme a orillas de un lago lúgubre, con un libro abierto a su lado. La ropa que luce nos advierte que estamos a principios del siglo XX o por allí. Su look, la niebla y luego los candelabros dan el color a un escenario donde no estaría mal que llegué Drácula y, después de unos planos sensuales, le clave los colmillos y la enamore para toda la eternidad. Pero eso no pasa.

Rachel se despierta repentinamente para comenzar a correr, sin el acecho de ningún Drácula alzado, ni síntomas de que necesite ir de manera urgente al baño. Rachel sabe lo que hizo, que eso se le viene encima, y el espectador sabe que Rachel sabe. Todos los enigmas que pudo plantear este arranque de intriga se irán develando enseguida, jugándole en contra a este cuento irlandés que, bajo ningún punto de vista, puede catalogarse dentro del género de terror.

Rachel tiene miedo, su actuación es clara. Pero en el guion a su personaje le toca quedarse dormida, a sabiendas que no debería hacerlo. El libro abierto a su lado demuestra que se quedó dormida en pleno placer, nada de arriesgar su pellejo por cuestiones de vida o muerte. Ese detalle aporta el clima, el género, acomoda el culo del espectador en la butaca, le advierte todo lo que vendrá.

Están sonando las campanas de un antiguo reloj cuando Rachel cruza cagando las puertas de la mansión. El espectador, que ya sabe que la protagonista corre cual Cenicienta antes de que las doce la conviertan en fiambre, no se asusta ni un poquito. Si Rachel supiese que por ese bosque deambula un loco con un machete ni a palos se quedaba dormida. Si el “temita” estuviese en el televisor, si espectros la amenazaran con llevársela a otro plano, Rachel llamaría a Telecentro para darlo de baja, revolearía la tele al carajo, e incluso Charlotte Vega moriría poco tiempo después debido a una extraña maldición. Por eso acá se queda dormida, por eso The Lodgers es un cuento, oscurito, sensual, que cualquier desodorante berreta se lo banca, pero nada de terror. En esos detalles, en la siestita de la protagonista a sabiendas de lo que pasa después de la medianoche, el espectador siente que ya le explicaron todo.

Rachel tiene que llegar antes de las doce a la casa. Ese arranque define las reglas del juego. A la casa nos la presentan en un plano contrapicado, inmensa desde abajo, arrumbada y gris. Queda claro que ahí es donde se va a pudrir todo, va a aparecer algún que otro fantasma y varios litros de sangre. Ya lo anticipa la canción que suena en la segunda escena, y hasta el más sordo se da cuenta que en esa letra está la trama de la película.

“Niña, niño, criaturas escuchen bien. Acuéstense ante la campanada de la medianoche. Nunca dejen que un extraño atraviese su puerta. Nunca dejen al otro totalmente solo. Buena hermana, buen hermano, deben ser. Sigan bien estas tres precauciones. Mientras su sangre sea sólo nuestra, los veremos desde allí abajo”.

Rachel no tiene miedo a las cuestiones sobrenaturales que la rodean, a lo que acecha debajo de la casa y brota después de las doce. Durante la primera parte de la película, mientras ella pasea para circunscribir los límites de la acción, se alimenta un poco el suspenso, se muestra apenas el detalle de qué es eso que asedia a los protagonistas. Menos mal, porque cuando en la segunda parte -y sobre todo al final- asoman con tutti, los efectos digitales son una patada en los huevos. Hubiese sido más efectiva una breve insinuación del mal, un gato saliendo de sorpresa o algún elemento real, y no esos espíritus berretas que terminan apareciendo para ruborizar al espectador.

Rachel rema toda la película. En su belleza se anclan los personajes secundarios. La trama romántica en The Lodgers solo está para afinar el clima de época y para sumar minutos que redondeen un largometraje. El tibio romance que vive con un ex soldado cojo no tiene mayor función que ayudarnos a pensar la fecha exacta en la que todo esto transcurre. El otro personaje masculino es el hermano gemelo de Rachel, que se la pasa escondido en las sombras. Ambos cumplen los 18 años muy al principio de la película, al minuto 4 y 59 segundos. Ese cumpleaños escenifica la maldición de manera torpe y precipitada, como si el director y el guionista de  película quisieran sacarse la mochila de explicar el argumento y luego hacer la plancha.

Rachel no quiere saber nada con la mayoría de edad. El hermano, que hasta ese momento creíamos que tenía algún problemita madurativo o que estaba tristón por la notable ausencia de sus padres, la invita a tomar un baño juntos. Ahí deducimos que está más alzado que primer nieto y se revela el doble sentido de la cancioncita del principio: no salgan, cojan entre ustedes hasta la llegada de la muerte. Los fantasmas de la casa esperaban a que sean mayores de edad para que tengan sexo, hijos y se suiciden perpetuando la incestuosa tradición familiar. La canción del minuto uno vuelve para ayudarnos a no pensar: Niña, niño escuchen bien… Si Rachel no anduviese con su aventura coja por ahí, The Lodgers se precipitaría hacia el ridículo final que ha elegido en el breve tiempo de un cortometraje.

Los inquilinos (The Lodgers, Irlanda, 2017). Dirección: Brian O’Malley. Guion: David Turpin. Fotografía: Richard Kendrick. Edición: Tony Kearns. Elenco: Charlotte Vega, David Bradley, Bill Milner, Eugene Simon. Duración: 92 minutos.

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