La idea que el norteamericano medio tiene de su país es sin duda la de un lugar civilizado. La idea que tiene de América Latina, y de México en particular, es la de un lugar más cercano a la barbarie, a la corrupción y el desorden. Esta idea aparece una y mil veces en el cine de Hollywood de todos los tiempos.

Sed de mal comienza con el famoso plano secuencia en territorio mexicano. El auto avanza por calles iluminadas, la música es alegre, un policía ordena el tránsito y todos respetan sus indicaciones; hay gente en la calle, es una ciudad con vida. Nos cruzamos con Mike Vargas (Charlton Heston) y su esposa Susie (Janeth Leigh). La cámara se mueve prolijamente acompañándolos hasta la frontera mientras se cruzan con el auto que lleva la bomba. Este plano secuencia requiere una planificación estricta. Cada movimiento tiene que estar sincronizado, es un plano civilizado, ordenado.

Es así hasta que llegamos a la frontera. En el mismo momento que los dos personajes la atraviesan llega el primer corte. El auto estalla, dentro de Estados Unidos, sobre un fondo negro. Hay corridas. La cámara ya no es prolija. Ahora acompaña a Vargas y Susie en una carrera desordenada. Todos se mueven sin sentido para cualquier lado. El encuadre también se mueve. Se ha perdido el orden y ahora el caos rige las acciones de los personajes y de la cámara. En un momento se detienen, la gente sigue corriendo. Detrás de ellos hay una fuente incendiada, las llamas toman el lugar del agua. Lo habitual, lo que esperamos y damos por obvio, se invierte.

Durante esta primera parte de la película las acciones se desarrollan alternativamente de un lado y del otro de la frontera. Del lado estadounidense, lo que queda de la explosión y las autoridades que van apareciendo. Del lado mexicano, Susie tiene un encuentro con el hermano del mafioso que Vargas había encarcelado. Mientras del lado mexicano la puesta de cámara varía en planos y contraplanos, del lado estadounidense los personajes comienzan a aparecer de frente, delante del fondo negro, en una noche espesa y peligrosa. Se notan algunos contrapicados, como cuando aparece Quinlan (Orson Welles), pero no hay angulaciones laterales ni contraplanos. Los personajes están de frente al accidente, la cámara está en el lugar del accidente. Esos planos frontales sobre un fondo negro, que habla del peligro pero también es un fondo teatral, remiten al primer cine, al cine primitivo. La civilización y la barbarie quedan en lados inesperados. Quizás el único fondo no negro de esta secuencia sea el cartel de “Welcome Stranger” detrás del detective mexicano. Sin duda una bienvenida no muy amistosa. Esta planificación se mantiene durante toda la presentación de los personajes hasta que vuelven a cruzar la frontera para comenzar la investigación.

Los dos detectives de la película también participan de este juego de inversiones. El mexicano trabaja con la ley y la razón como sus herramientas. Quinlan con trampas y con corazonadas que le dicta su pierna herida, prácticamente un gualicho indígena. Vargas es el héroe clásico, atlético, que sube las escaleras sin despeinarse. Quinlan apenas puede caminar.

Mirado desde la actualidad, cuando Charlton Heston es un símbolo hasta el absurdo del conservadurismo racista y armamentista, no se puede pasar por alto la elección del actor. En Sed de mal resulta un chiste sarcástico escucharlo defender los derechos de los delincuentes. Se lo puede imaginar  mordiéndose la lengua antes de decir cada una de esas líneas de su diálogo. Agreguemos la transformación de su figura WASP en la de un morocho latino, casi mestizo. Una operación parecida hace Welles con el otro personaje latino del lado de “los buenos”: Tanya, la administradora del cabaret. La actriz que la interpreta es Marlene Dietrich. ¿Por qué tomarse el trabajo de convertir a una rubia venida de Alemania en una morocha latina si no es para decir algo?  Solo 15 años antes ese país había intentado conquistar el mundo en nombre de la superioridad aria.