El viaje ha sido desde siempre una imagen visualmente potente para dar cuenta del proceso de transformación interior de un personaje. A ella recurre nuevamente el realizador colombiano Rubén Mendoza (que ha editado las últimas películas del reconocido Luis Ospina) como eje de su último largometraje Niña errante (2018).

Tomando como protagonista a Angela (Sofía Paz), una niña de 12 años, el film se sitúa como un coming of age que hibrida el realismo intimista con pasajes de ensoñaciones subjetivas de la niña.

La película comienza con la muerte del padre de Angela, a raíz de un accidente a bordo de su motocicleta. Este acontecimiento determina, durante el velatorio, la reunión de la niña con sus tres medio-hermanas mayores, algunas de las cuales nunca había conocido, y motiva un viaje que realiza en compañía de ellas por las carreteras del país hasta llegar a su nuevo hogar, en una zona rural junto a su tía.

Paralelamente a esta circunstancia, se nos presenta la imagen de Angela frente al espejo en una alternancia de foco y fuera de foco, que da cuenta del momento vital que atraviesa: los cambios físicos y emocionales propios de la pubertad.

De esta manera la película se construye en el cruce entre dos duelos. Tanto la muerte del padre que la sume en la orfandad (ya que su madre falleció en el parto) como la menarca que acontecerá durante el viaje, marcan para Angela el fin de la infancia. Un final que duele sin dudas, pero que el director no construye como una clausura trágica, sino como apertura a la exploración del vasto y complejo territorio que implica crecer como sujeto y hacerse mujer.

La película de Mendoza tiene la virtud de narrarse tanto a través del simbolismo de las imágenes como de las acciones que realizan o padecen los personajes. Así, a nivel del lazo entre las hermanas, es interesante al inicio la escena del auto en el ruta que puntúa el diálogo que se da entre ellas a través del encuadre de cada una en el espejo retrovisor o lateral. El director señala así tanto la separación afectiva como las diferencias de cada una respecto de las demás.

El recuerdo del padre es lo que las une y a la vez las diferencia. Este padre se presenta desde el fuera de campo de los recuerdos de las mayores como un viajero irresponsable, que tuvo varias mujeres en distintas ciudades y que estuvo muy poco presente o prácticamente ausente en sus vidas.  En este punto no se trata de un padre que no ha operado en tanto función estructurante y separadora (ya que estas mujeres no presentan desequilibrios psíquicos), sino que no le puso cuerpo a la constitución de un lazo afectivo desde el cual realizar una transmisión. Entonces el problema para ellas, como plantea Gabriela, es cómo hacer el duelo por alguien que estuvo ausente, por alguien a quien se extrañó desde siempre.

Angela, en cambio, ha constituido un lazo afectivo con su padre, de allí que se sienta mucho más afectada por su pérdida. La joven es quien lo introduce en la diégesis a través de sus ensoñaciones y de la grabación que les hace escuchar a las hermanas. Ambos elementos son intentos por recuperarlo, a la vez que dan cuenta de su falta (como también le ocurre con su madre).

En relación al padre tierno y bohemio, que ha efectuado una transmisión (a través de los cuentos narrados y la música de piano) y de la cual la frondosa imaginación de Angela es su marca, las hermanas ofrecen otra versión del padre, menos idealizada: la de un padre que gozaba de las mujeres y que opera también en la línea de un crecimiento subjetivo para la protagonista. 

Por otra parte, si bien ninguna de las hermanas puede hacerse cargo materialmente y subjetivamente de alojar a Angela, tampoco se presentan como desafectadas, ya que la acompañan a su nueva morada. Así, el viaje permite la construcción de un lazo afectivo, que antes no estaba, tanto con Angela como entre todas ellas. La “hermandad” que las cobija, aunque no vivan juntas, puede leerse en un doble aspecto. Por un lado como la construcción de un modo de hacer familia (donde el particular goce del padre es el secreto que las une y las confronta en discusiones como en todas familias) y, por otro, como la solidaridad entre mujeres que se ayudan unas a otras, ante la hostilidad de una sociedad patriarcal que las toma como objetos de posesión, como se evidencia en la escena del acoso e intento de violación callejero.

A lo largo de la película se presenta varias veces la imagen de las múltiples posibilidades, tanto desde los diversos caminos a tomar en la ruta como desde las distintas ramificaciones de un árbol frondoso al cual suben las hermanas. Así, siguiendo a Simone de Beauvoir («Una mujer no nace sino que se hace»), Mendoza da cuenta de lo femenino como imposible de representar y de apresar en una determinación única y fijada para siempre, y en cambio lo presenta como un territorio habitado por diversos cuerpos, diversos semblantes y diversas opciones, a partir de las cuales Angela inventará su propia feminidad.

En esta línea me interesa recortar las distintas versiones de lo femenino que las hermanas transmiten a la protagonista. Carolina representa la imagen más tradicional: vive junto a Javier y su hija. Vive su rol de esposa y madre como cárcel, por lo que estos días de viaje representan para ella un respiro liberador, la posibilidad de tomar distancia de su pareja y de tomar una decisión respecto de su embarazo, que lleva 8 semanas. Desde un rol maternal, transmite a Angela información sobre la menstruación y el embarazo. Paula desea tanto a hombres como a mujeres. Transmite a Angela la importancia de elegir más que ser elegida y determinada por los demás. Gabriela está soltera, muestra un particular interés por la fotografía y los viajes, y le habla a Angela de la dificultad para la mujer de llevar una vida nómade como la que llevaba su padre. 

Así, tanto desde la nueva versión del padre que traen las hermanas, como desde sus vivencias personales durante el viaje, Angela se confronta tanto con lo difícil como con el desafío que significa ser mujer en un mundo todavía signado por el privilegio masculino.

El film de Mendoza, si bien clásico en la idea del viaje como metáfora de transformación interior, tiene la virtud de apoyarse en la belleza fotográfica y simbólica de las imágenes para apuntar a una reflexión sobre las determinaciones del patriarcado (que recaen tanto para hombres como para mujeres) y para proponerse desde el rito de iniciación como celebración de lo femenino como calurosa y sorora bienvenida a los nuevos caminos de lo femenino, plurales y variables, que se abren por descubrir y recorrer.

Calificación: 8/10

Niña errante (Colombia, 2018). Guion y dirección: Rubén Mendoza. Fotografía: Sofía Oggioni. Montaje: Rubén Mendoza, Andrea Chignoli. Elenco: Lina Sánchez Calderón, Loren Paz Jara, María Camila Mejia, Carolina Ramírez. Duración: 82 minutos.