Hace muchos años, cuando era estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad de La Plata, en una de las materias se había generado una especie de folleto con forma de pequeña revista, que invitaba a expresar las opiniones del lector en un círculo que ocupaba buena parte de la contratapa. El planteo encerraba su propia trampa: por qué ceñirse a ese círculo y no dejar que el espacio periférico fuera parte de la reflexión fue el pretexto para una discusión que las posturas más rígidas, previsiblemente, no entendían.

La lógica binaria del centro y la periferia, que se planteaban en ese ejemplo y que son construcciones habituales en cualquier terreno, encierra a su vez, la lógica perversa del adentro y del afuera. Lo que está incluido y lo que no. Lejos de cualquier disposición geográfica, la distinción entre la centralidad y lo periférico está dada por una construcción cultural, por tanto, ideológica, que relaciona sentido de pertenencia y productividad capitalista (el que genera ingresos en cantidad es llevado hacia el centro, el que lo hace en proporciones menores es expulsado a la periferia).

De allí que plantearse como “periférico” implica una definición que en un punto se asienta en una distinción propuesta por un conjunto social específico y por otro se convierte en una afirmación de un espacio como propio. La periferia en la cultura apuesta a esta segunda opción: si el centro se convierte en parte de una trama aceptada, la afirmación en ese territorio no solamente rechaza la pertenencia a lo oficial, sino que se afirma como alternativa. Lo interesante es que la inversión del punto de vista –mirar la periferia no desde el centro que la ha construido sino desde su propio lugar- implica romper con otra lógica: la periferia no está en función del centro, sino que funciona por sí misma, sin necesidad siquiera del roce con lo que (la) rechaza.

Los periféricos lleva ese planteo al terreno de lo que puede denominarse rock argentino. Más que buscar anécdotas en los entresijos de la historia oficial –a la que apenas roza en alguna mención a Vox Dei, a Litto Nebbia-, se concentra en un puñado de personajes y hechos desconocidos por el gran público y da cuenta de ellos desde la actitud consciente de quien está en la periferia. Una banda de punk rock de la década del 80, liderada por alguien que actualmente es profesor en la Facultad de Medicina. Un estudio de grabación enclavado en un barrio de la Capital. Un guitarrista convertido en una leyenda del blues local por sus propios vecinos de Villa Soldati. La incandescencia de Enrique Symns –epítome del sentido de periferia en el rock desde hace décadas- al frente de una banda juvenil. La historia del Salón Pueyrredón como meca y punto de reunión de la filosofía punk rock. Un joven que evoca los inicios del rock argentino yendo más allá de Los Gatos y La Balsa y rescatando la figura de Eddie Pequenino.

La periferia de Los periféricos es la de lo no reconocido. Pero, a diferencia de quienes insisten en forzar el reconocimiento para pasar al otro lado del círculo, no busca la construcción de sus personajes como héroes. Si bien hay alguna mención a la construcción que se hace de algunos héroes en detrimento de otros posibles, el documental se despega de la intención de constituir como tales a sus personajes. No los rodea de halos mágicos ni de una capacidad de supervivencia mítica. Por el contrario, subraya los momentos en los que aparecen los elementos que destruirían cualquier matiz heroico (la disolución de Secuestro y la posta del público con Attaque 77; las visiones diferentes entre Batra y Gustavo sobre el Salón Pueyrredón; los ocho años en que Symns y los músicos dejaron de juntarse), mientras por otro lado establece en cada una de las historias, un lazo con la realidad tan intenso como distanciador de la mítica. Más que el músico y su posible y limitada gloria arriba de un escenario o en un estudio, establece un lazo con el entorno que no se priva de la mirada hacia el pasado que ya no es (ni siquiera Symns es el mismo después de 8 años lejos del escenario). La muestra más palpable de ese pasado que ya no existe está en las historias que abren y cierran el documental: si en la primera, el rescate viene de la mano de un hombre que da clases y que ya no se para al frente de una banda punk (¿acaso es tan distinto plantarse en un escenario de rock que al frente de una clase universitaria? , parece sugerirse en algún momento), en la última, el recorrido por lugares que fueron emblemáticos en el desarrollo de una música (La Cueva, la casa de Pequenino), revela una ausencia que sin embargo, necesita de la marcación de la huella dejada.

Es que, de alguna manera, esos personajes y espacios que retrata el documental funcionan como refugios. Lugares en los que las pequeñas historias se enfrentan a las grandes historias desde su propio territorio. Su singularidad rompe con el adocenamiento y con la habitualidad del relato del ascenso y la posible caída: más que un relato ajeno, cada una de las historias le pertenece al personaje que está en el centro de ellas. A diferencia de otras películas episódicas –que al cabo lo es- y firmada por diferentes directores, en Los periféricos se elige la sucesión sin el corte habitual que separa a unos de otros, estableciendo una relación de mayor fluidez en el resultado final. Más allá de la evidencia –toda película episódica es inevitablemente despareja-, lo que logra es dotar a cada una de las historias de un tratamiento particular que parece indisolublemente ligado al objeto de su narración, en donde se destacan claramente, el trabajo casi experimental de la historia del estudio y las referencias visuales al fanzine en el episodio del Salón Pueyrredon.

Más que registrar a los que “no llegaron” o a los que pudieron haber fracasado, Los periféricos prefiere mostrar a sus personajes como los que fueron por los costados, como los que no tenían como pretensión esencial llegar a un lugar desde donde se irradiara la centralidad. Los que, a fin de cuentas, estaban ligados a la música por pasión y necesidad, y que se mantuvieron siempre alejados de las luces del centro. Ahora, son las luces de la propia periferia la que los ilumina.

Calificación: 6.5/10

Los periféricos (Argentina, 2019). Dirección: Juan Riggirozzi, Iván Wolovik, Tomás Makaji, Luis Histoshi Díaz, Gonzalo Hernández, Gabriel Patrono, Lautaro Aledda, Pablo Arias. Duración: 60 minutos.