Los posibles, de Santiago Mitre y Juan Onofri Barbato

Por Luciano Alonso.
Aquí pueden leer un texto de Ignacio Izaguirre sobre la película.

“La bailarina no es una mujer que baila; ni es una mujer, ni baila.” 
Stephane Mallarmé
Es probable que el ser humano haya bailado desde siempre. Y que algo de esa lejanía perdure en cada uno de nosotros, de manera indefinible, cada vez que alguien bate palmas o mueve los pies, acompasando una música real o imaginaria. Se dice que la danza es un lenguaje. Sin embargo, la civilización ha preferido unas maneras de comunicación sobre otras, en las que el baile ha quedado relegado a momentos específicos de dispersión o entretenimiento. Ya casi no quedan residuos de nociones sagradas, ancestrales y antiguas. Sin embargo, podemos percibir una suerte de idea de lo sagrado cuando el lenguaje concreto se diluye y rompe. Es cierto que la danza también es un lenguaje, pero es un tipo de lenguaje no figurativo y elusivo, indescifrable e incomunicable, cuya intensidad y alcance se agota en su propio acontecer. Algunos intelectuales rasantes suponen que la danza, por su condición primitiva, tiene corto alcance, y entienden que es cosa de gente frívola o que, como mucho, es un arte menor. Craso error, pues la danza es uno de los fenómenos más complejos que ha dado la civilización, y todavía hoy somos tan neófitos como antes. Sabemos diferenciar y distinguir ciertos tipos de baile. Sabemos ponerle un nombre a una serie de movimientos pautados de antemano, según ciertas tradiciones o invenciones. Pero no alcanza. El baile es algo mucho más profundo y vasto. Y aunque es un fenómeno relacionado con la música, lo supera (se escapa de todas las partituras del mundo). Pensar en la danza no es pensar en las peculiaridades de un tipo particular de arte, como la música o el dibujo, sino repensar todos los límites del arte y del lenguaje mismo. La danza todavía es misteriosa. No hay que suponer que uno baila solamente cuando va a una discoteca, a realizar una serie de movimientos determinados. Estamos bailando todo el tiempo, cuando caminamos por la calle y acompasamos nuestros pasos a los pasos del otro, cuando reímos y lloramos y gesticulamos y dejamos que nuestro cuerpo se exprese. La danza es un arte transversal que incluye numerosas expresiones artísticas, pero también es algo indefinible, constante y vital.

Haber realizado una síntesis tan precaria del complejo fenómeno de la danza, ha devenido en un discurso incompleto de su historiografía y alcance. No es habitual encontrarse con los nombres de Váslav Fomich Nijinsky, Merce Cunningham o Pina Bausch (solo por mencionar algunos) en una conversación sobre arte, incluso cuando la conversación tenga lugar entre personas de una cultura amplia. Hemos dejado que el asunto quede relegado a los especialistas, como si no fuera de nuestra competencia. Aunque fuimos a ver la película de Wim Wenders cuando estaba en boca de todos.


Los posibles es una película necesaria. Un prodigio del, así llamado, cine nacional. No sólo porque ha recuperado la reflexión sobre la danza como un fenómeno complejo y vasto, si no porque ha llevado la apuesta más allá, poniendo en jaque los bordes y límites del cine. Y, como si todo esto no fuera suficiente, también lleva la impronta de un discurso político, bajo el estigma de enunciar una toma de posición, sin decir una palabra.
           
Es cierto que el cine es un arte todavía reciente y, sin embargo, ya existen tantas películas que es imposible verlas todas. Y aunque se haya reflexionado mucho sobre cine, todavía hay cuestiones en las que las reflexiones escasean. Por ejemplo, la preponderancia del cine narrativo, cuando el dispositivo y la maquinaria cinematográfica podrían haber tenido un devenir totalmente distinto. No digo que el cine narrativo sea mejor que el cine abstracto. Lo que digo es que solemos dar por sentado que el cine tiene necesariamente que ser narrativo, cuando no es así. Por lo demás, nos hemos puesto de acuerdo en lo que refiere al arte pictórico abstracto y figurativo, y el cine venía a ser el arte de las imágenes figurativas por antonomasia. Ningún otro medio de expresión artística era capaz de reflejar la realidad como el cine. Sin embargo, el cine experimental (desde las vanguardias neoyorquinas a esta parte) vino a dar por tierra con esta idea y, como si la pantalla fuera un lienzo, ha violentado las imágenes para que no reflejen nada, más que manchas y abstracciones. Más allá del desafío intelectual que esto supone, hay un detalle importante a tener en cuenta: Los posibles no es una película abstracta, pero tampoco es una película narrativa. Y sin embargo podría contar una historia y acaso lo hace, pero es el espectador el que tiene que adivinarla. Ha conseguido volverse abstracta a fuerza de resignificar imágenes concretas. Esto parece un mecanismo más simple de lo que en realidad es. Tanto así, que no recuerdo haber visto ninguna película similar.


Quizás soy yo, que me sugestiono y veo cosas que no están en la pantalla, pero les juro que no puedo pensar en esta película sin pensar en William Burroughs y sus historias de ciencia ficción de extramuros. Los posibles parece plantear un mundo similar al nuestro, pero que no es nuestro mundo. Un mundo subterráneo, ajeno y enfrentado al mundo real, donde el lenguaje ha perdido efecto. Entre la música electrónica y la coreografía libre, media un discurso deforme: es el discurso deforme de la ciencia ficción más lisérgica. Desde James Ballard hasta Philip Dick, donde se pone de relieve un tipo de lenguaje contaminado por la pobreza y la vida al límite (tanto sea de sus protagonistas o del mundo que los rodea) cuyo efecto es una nueva realidad sobre la realidad vigente, creando -como en un extraño collage- nuevos sentidos y significados a los objetos cotidianos y los discursos. Hay momentos de la película en la que verdaderamente pareciera que estamos viendo una película de ciencia ficción, una especie de documental sobre maneras de comunicación extraterrestre. Aunque al final, solo para desorientarnos todavía más, el lenguaje vuelve a ser el de siempre y nos quedamos con la incógnita, la gran duda sobre qué fue lo que acabamos de ver. Y en esa pregunta imposible de responder, hay algo genuino, indescifrable y poderoso, que nos hace pensar y volver a pensar el orden natural del mundo y de las cosas.

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