Los varones mueren en España: A propósito de Julieta, por Roberto Pagés

C697AEBB1Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

Rossy de Palma fue convencionalmente fea, supo ser modelo de pasarela de glamour inusual, y una de las mujeres de Almodóvar casi obligadas al desparpajo social y sexual entre histerias y nervios después de la muerte de Franco, y deviene ahora, de la mano de su mentor en el cine, con su rostro avejentado, un párpado caído y un batón de ama de casa, en la musa de la mala pata de una cultura enamorada de la culpa y la tragedia. La Marian de Rossy dicta sentencia a Julieta: hay un orden, y el lugar de la mujer es solo el cuidado de la familia; sino, vendrá lo que “sucede siempre”.

Y lo de siempre –lo vemos- es un viento inquietante en el jardín delantero de la casa de Julieta y su marido, nubarrones de tormenta en el horizonte, y un presagio que la furia meteorológica sólo confirmará: no es, como piensa Julieta, la infidelidad del marido lo que viene sino su muerte. Que llega con la decisión suicida del hombre de salir a pescar después del altercado con su mujer, pese a su experiencia de hombre de mar.

El sino ha sido dicho, y la urdimbre tejida por Marian y confirmada por la siniestra madama del retiro espiritual. Orden, chismorreos y religión haciendo encaje de bolillos con la vida de las personas. Ancestros inmutables encarnados en esas mujeres de pueblo y sentido común, depositarias de un orden castrador falsamente religioso, aprovechados por los mercaderes del Templo. Los protagonistas, frente a estas fuerzas terribles, no hacen más que cumplir con los pasos que los llevará al cumplimiento de la profecía con la ineluctabilidad de la tragedia. El marido de Julieta muere, como antes murió –en suicidio explícito- el ocasional pasajero del tren (réplica en oscuro del padre de Julieta), como está enfermo y para morir el hombre de Marian y como morirá el nieto de Julieta para revelación de la locura trágica en la que han vivido todos y, así, alcanzar el intento de una reconciliación con los otros y con sí mismos.

rossy-de-palma_gallery_aEs que los varones mueren en España.

Sobreviven dos. El amante de Julieta, acaso por extranjero, quizás por aceptar el papel secundario que la tragedia y sus agonistas le asignan, seguramente por su amor por ella, y por su confusión (dame un vaso de agua –atina a pedir como única reacción frente a la decisión de la mujer que lo deja fuera de su vida sin explicaciones). Y sobre todo, como contrapunto, el padre de Julieta, rebelde al estado de las cosas: ya mayor se enamora de una muchacha inmigrante, joven, a la que lleva a la casa donde agoniza su mujer enferma de Alzeheimer, trabajan la tierra y tienen un hijo. A la hora del abuelo, del reposo o de la muerte, el hombre se decanta por la lucha exigente y dulce de la paternidad.

– Trata de comprenderme un poco más, Julieta –dice el hombre con un dejo de melancolía a su hija, molesta, quizás celosa, de esa mujer de otros vientos que cuida la tierra y a su hombre.

¿Puede Julieta cumplir con ese módico pedido de su padre? Con una niña de su vientre en la cuna, Julieta todavía elige dormir en la misma cama con su madre. De belleza que convoca a la lágrima, la escena muestra a tres niñas de distintas edades. La abuela, fijada en la infancia por el Alzheimer; Julieta, porque no ha roto el cordón umbilical que la independice; su hija porque es casi un bebé.

Esta psicología infantil se ve reforzada cuando, frente a la muerte de su marido, Julieta no puede hacerse cargo de ella ni de su hija púber, que es quien toma el mando. La saca de la bañera, seca su cuerpo y seca su cabeza y cuando retira la toalla –en magnífica elipsis de Almodóvar- la cara de Julieta ha pasado de la juventud a la madurez. Pero la hija y su amiga todavía están allí: pasó el tiempo, llegaron arrugas, pero la adultez no termina de aparecer.

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Antes, Julieta ha comprendido la carrera del ciervo junto al tren: no tiene miedo, va en busca de la hembra –dice, y sin embargo esa comprensión no alcanza para entender a su padre ni a su marido ni a su amante, esos animales domesticados. Porque si el ciervo galopa buscando a su hembra, en el coito posterior de Julieta con un pasajero del tren (después su marido) la única que cabalga es ella sobre un cuerpo en la sombra, indefinido. Una mujer sin hombre es como una vaca sin cencerro –le hizo decir Almodóvar a Chus Lampreave en otra de sus películas. Julieta, como Ava –la artista que construye hombres sentados con el pene enhiesto, y terminará con esclerosis múltiple-, pertenece a ese mundo heredado de la madre, de Marian y de toda su cultura. El hombre como surtidor. Y su marido, que ha dormido con Ava en el pasado, consciente o no, cumple con su papel: mira desde un sillón en penumbras la espléndida fatiga de su mujer desnuda después del sexo, inmóvil y también desnudo, replicando las esculturas de Ava, imagen que abre el film, con manos de mujer envolviendo o cerrando la figura masculina.

El majestuoso plano final de la película muestra una naturaleza en paz, como antes la tormenta había señalado la agitación de los corazones sin respiro y con culpa. Tu ausencia llena mi vida, y la destruye –le ha escrito Julieta a su hija, de la que no sabe nada desde hace años. Sin embargo, el precio de la vida del nieto ha aquietado el pulso y la mirada y el rencor de su hija, abriendo la posibilidad de la unión después de muchos años y excesivas penurias y castigo en demasía. Pero Almodóvar ama el folletín y el melodrama y es español hasta el tuétano, se ha venido mayor, y la desmesura de las pasiones y las de la reconciliación trabajosa y trágica lo encuentra en forma para dar uno de sus más grandes testimonios de belleza y hondura de su tierra, entre el exceso de lo que señala y el recato de su formulación.

Una joya.

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Un apunte: El elenco es literalmente extraordinario, sobre todo las actrices. Todas. Las jóvenes, las niñas y las viejas. Y todas son una presencia arrolladora, un torbellino secreto y expansivo a la vez que empalidece, por mera presencia, y por fuerza y belleza, al sexo masculino relegado al tono menor y secundario. No es alarde narcisista de ellas y tampoco de Almodóvar sino condición necesaria para que el tema núcleo de la película se exprese con toda su potencia. Que ventiscas y tormentas no sólo soplan sobre la mar.

Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva sobre esta película.

Julieta (España, 2016) de Pedro Almodóvar, c/Emma Suárez, Adriana Ugarte, Inma Cuesta, Darío Grandinetti, Daniel Grao, Rossy de Palma, 99’

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