Secuela desgarbada hasta la hipocresía, la nueva entrega de Maléfica se escuda en la figura de un personaje devenido en carcaza vacía, en estandarte del marginal tan incomprendido como poco desarrollado internamente.

Como recurso del cuento de hadas, la película busca, como su antecesora, la implementación del mensaje moralizante y concienzudo. La primera versaba, en la superficie, acerca del poder del amor de una madre -algo que en esta oportunidad se repite pero desdoblado-, pero por debajo escondía algo que la línea final de la película escupía en forma de bajada de línea: “Ni héroe ni villano sino ambos”, similar al mensaje busheano de “El fin justifica los medios” para aprobar el imperialismo saqueador de comienzo del nuevo siglo. En esta continuación, ese universo habla pura y exclusivamente sobre los recursos. Específicamente sobre la posibilidad de compartir esos recursos sin necesidad de que una población/nación subyugue a otra. El mensaje queda encriptado en el final feliz como si la dominación fuera una problemática exclusiva de las monarquías (¿El Disney que acaba de fagocitar Lucas Films, Fox y Marvel hablando sobre compartir recursos? Sí, ese mismo).

La película comienza con el saqueo -y secuestro incluido-, y toda la película versa sobre la propiedad. Todo es propiedad de alguien, incluso la descendencia y las relaciones humanas. “Es mía”, dice el personaje de Michelle Pfeiffer, desencadenando la lucha entre ambas mujeres de poder. Si en la primera película la figura de la madre era de redención absoluta, en esta ese rol se bifurca: la madre buena, la abnegada, y la madre mala, la egoísta. Ambas tratan de quedarse con los recursos para su gente y, en medio, la masacre. Pero ese saqueo, además, es visto con un halo de benevolencia ante las vejaciones que subyacen en los cuentos de hadas -pensemos en con qué naturalidad se cuentan a los infantes narraciones que versan, por ejemplo, sobre el abandono de criaturas en un bosque o el asesinato de una mujer metiéndola en un horno-. Las torturas y experimentos a los que son sometidos los seres mágicos están difuminados, despintados, para que ese saqueo sea algo desligado del factor vivo que lo envuelve. No menos importante es el hecho de que, más allá de los diálogos que abogan por la paz, toda la película está construida en base a una guerra, y el único momento en que hay algo de disfrute narrativo es, justamente en los minutos que dura la batalla. Entonces, si bien los diálogos vocean las maravillas del pacifismo, interiormente la película necesita de la masacre, que, además, espectaculariza.

El mal Disney, el de los muchos sacrificios y las líneas avejentadas, no consigue cumplir ese rol panfletario, y eso no se debe a que su mensaje sea vago o poco convincente, sino a que sus formas no cumplen con los requisitos mínimos para cualquier alienación que se precie de serlo. La película falla en las formas que, otrora, le habían significado la seguridad de éxito por sobre su audiencia: los diálogos son terribles, demodé, con chistes que no funcionan. Incluso Pfeiffer, cuya actuación, sin brillar, es la menos opaca, sufre las consecuencias de los malos parlamentos, con miradas perdidas en ensimismamientos. La primera media hora es insufrible, centrado el núcleo de la acción en el amor shakespeareano de los jóvenes monarcas. El guion es predecible, con personajes que develan secretos diciéndolos a viva voz, sin trabajar el suspense -entendido como la mejor forma de incrementar el drama de cada escena-, sin una construcción narrativa en la que la información se revela en dosis justamente administradas. De hecho, el espectador conoce toda la información dos horas antes que los personajes, por lo que las aventuras y desventuras se hacen tediosas y la única emoción posible es la del engorro, y tal vez la impotencia, si acaso se llega a empatizar con la reina descastada.

Ambas entregas de Maléfica ponen énfasis, con su voz en off, en el poder del relato, en cómo la repetición de mensajes crea la realidad más allá de la realidad misma. Irónicamente, ese poder es precisamente el que la película de Joachim Rønning no tiene, dejando solo las narraciones hechas leyendas devenidas en “miente, miente, que algo quedará” tan despintado que termina significando su propia némesis.

Calificación: 4/10

Maléfica: Reina del mal (Maleficent: Mistressofevil; EUA; 2019). Dirección: Joachim Rønning. Guion: MicahFitzerman-Blue, Noah Harpster, Linda Woolverton. Fotografía: Henry Braham. Edición: Laura Jennings, Craig Wood. Elenco: Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer, Elle Fanning, Harris Dickinson. Duración: 118 minutos.