inside_out_ver3“Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte?”

Marcel Proust

Existe una muy sólida e interesante hipótesis reflexiva que unifica todas las películas de Pixar en un mismo universo. Así, podríamos dividir en tres grandes núcleos desde donde se establece, en principio, la materia narrativa de esta industria: humanos, inteligencia artificial y animales.

Intensa mente representa una apuesta prográmatica y filosófica que nos permite responder acerca del funcionamiento del mundo Pixar. La historia está aparentemente – ya aclararemos esto más adelante- centrada en la pequeña Reilly.

Ella vive con su familia en una comunidad pequeña, como es Minnesota, cerca de lagos y un imponente escenario natural. La niña es feliz en la cotidianeidad familiar hasta que sus padres le transmiten que deberán mudarse a San Francisco por cuestiones laborales.

A partir de allí toda la experiencia del cambio resultará bastante traumática para la niña. La llegada a una ciudad gris y radicalmente apartada de la naturaleza será el escenario para narrar algunas de sus  primeras vivencias en la gran ciudad.

Lo cierto que esto que pareciera resumir la sinopsis sólo resulta serlo en apariencia. Las verdaderas protagonistas de Intensa-mente son, radicalmente, las emociones. Así, se nos presentan simpáticamente a Tristeza, Alegría, Disgusto e Ira, cada una haciendo honor a su nombre y mostrando un arte prodigioso en lo que respecta a animación y técnica, algo que Pixar ya nos tiene acostumbrados hace rato.

Estos seres son quienes nos introducen a las ideas más profundas que permiten trazar redes más consistentes con otras películas de la compañía.

En efecto, al principio descubrimos que las emociones “simplemente llegan” a una consola predeterminada. Es decir, en esta película no se nos explica cómo puntualmente arriban a la mente de X, sino sencillamente las vemos corretear siempre atareadas alrededor de un espacio circunscripto a ellas. Entendemos que esa consola que aparece en primer lugar simboliza lo “genéticamente dado”, es decir, todo lo innato que biológicamente pertenece a la especie humana desde el nacimiento. Así vemos que los seres que determinan qué cosas se guardan en la memoria a corto plazo, la construcción de las islas o el subconsciente –se elige deliberadamente esta denominación y no Inconsciente- funcionan con cierto grado de autonomía.

Tomemos el caso de la escena de los sueños, en la que claramente hay seres que determinaban la sustancia de los sueños de X. Alegría y Tristeza irrumpen en el set, pero ninguno de estos seres las reconoce y cuando intentan apropiarse de una función que evidentemente no les corresponde, una criatura llama a seguridad y las envía al confinamiento del subconsciente. Se produce entonces una perfecta complementariedad entre lo genético y lo aleatorio.

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Sabemos que Peter Docter, director de Intensa mente, ha consultado a muchos especialistas en neurociencias para plantearles cuál era la idea de la película y si esa descripción se acercaba al menos, en parte, al funcionamiento del cerebro humano. En ese sentido, lo genético -la consola y las otras instancias ya mencionadas- se une a lo aleatorio, que es definir nada menos que quién va a estar ”al  mando” de ella. Así, vemos que en la consola materna Tristeza es el líder persistente –el que generalmente está a cargo y lo estuvo desde el comienzo de la vida de la madre-  mientras que en el panel de mando paterno quien lleva el liderazgo es Ira. Esto no significa que otras emociones no puedan interactuar; de hecho, se muestra un repertorio de situaciones de quienes van asumiendo el rol conductor, lo que redunda en un sinfín de momentos divertidos y también problemáticos. Justamente, es Tristeza quien osa disputar el liderazgo de Alegría y ello desencadena todo un desbarajuste del sistema. Alegría no da lugar a Tristeza y el conflicto se resuelve recién ante la aceptación constitutiva del otro.

El riesgo es la pérdida de la identidad, la cosificación. El peligro queda planteado cuando el panel de mando se bloquea y las emociones ya no pueden interactuar. Cuando sube al autobús, Reilly es básicamente un objeto. Ella puede respirar, puede caminar pero parece, como diría Samuel Beckett, “que actúa como si no estuviera allí”.

Procedimiento absolutamente análogo al que se rastrea en Wall-E (2008). El robot pierde todas las emociones cuando es reparado. Luego de que Eve grita desesperadamente “¡¡Wall-E, Wall-E!!” y exterioriza su preocupación, logra infundir otra vez energía en ese trozo de metal. Lo que hace que a fuerza de sentimiento el robot finalmente revivifica.

Desde una filosofía animista es esta exteriorización de las emociones lo que insufla vida real a los juguetes de Toy Story (1995, 1999, 2010). Los juguetes se construyen como sujetos conscientes de su existencia en el entrecruzamimento entre la mirada del otro, que los recorta de otros objetos de la realidad, y los sentimientos que emanan de éste, en el sincero vínculo afectivo que se construye. Esto es literalmente lo que hace funcionar al mundo de  los monstruos en Monster Inc (2001) porque es lo primigenio.

El gag de la escena poscréditos final viene a reafirmar lo que explicamos: las emociones son parte de la vida humana pero progresivamente van permeando la vida de otras especies. Así, del chiste del perro y el gato en la consola hasta el desarrollo de la inteligencia humanizada de Bug´s Life (1998) o Wall-E, esta película resulta crucial para comprender la línea de tiempo de Pixar. Por otro lado, el ritmo de la narración y los personajes presentados son sencilla y delicadamente entrañables.

Aquí pueden leer un texto de Juan Rearte sobre esta película.

Intensa-mente (Inside Out, EE.UU., 2015), de Pete Docter, Ronaldo Del Carmen, c/ Amy Poehler, Frank Oz, Phyllis Smith, Diane Lane, Kyle MacLachlan, ’94.