Por Marcos Vieytes.

¡Qué manera de llorar! Me pregunto por qué, ya que la película es un estándar que no dispone ninguna estrategia formal singular o novedosa, y esa es, precisamente, la respuesta. Todo lo que vemos en ella es familiar. Familiar especialmente si la canción popular (del folclore al rock nacional), el arte como salvavidas y respuesta a la opresión (privada o pública), y el encuentro siempre cojo pero estimulante entre estética y política, han sido parte de nuestra vida, pero si no, también porque lo que cuenta es la relación de un hijo con su madre, de una mujer con algunos hombres a los que amó y la amaron, y de ella consigo misma.
El valor agregado es que esa mujer era Mercedes Sosa, vale decir alguien en quien se encarnaron los deseos, frustraciones y sentimientos de miles de personas, que es lo que hace fascinantes a los artistas populares, tensados entre el aliento (el ánimo y el ánima –el alma) de un ‘muchos’ que se pretende ‘todos’, y sí mismos, sea lo que esto fuere para quienes participan diariamente de esa comunión y disgregación colectiva simultánea. El repaso del rol político punzante y vanguardista que jugó como fundadora del Nuevo Cancionero, opositora y resistente contra dictaduras y excesos estatales, y catalizador de la recuperación democrática, constituyen la superficie pública de una película que abre las puertas de la intimidad mental y física de esa mujer gracias a su hijo, cuya voz cuenta con cariño, sin impudicia ni resentimientos.
Hay, además, instancias históricas de un valor incalculable para la cultura nacional, que conmueve escuchar en pantalla grande a falta de registros visuales, como esa en la que Jorge Cafrune desatiende la prohibición que le impedía actuar en Cosquín y la presenta en el escenario, o aquella otra del encuentro con Astor Piazzolla en una casa de París. Cada una de las filmaciones de ella hablando a cámara en primer plano es sobresaliente, sea porque vamos viendo los cambios y leyéndolos en esa galería de caras, sea porque sostiene públicamente una posición corriendo el riesgo de ser asesinada, o porque describe con lujo de detalles una depresión devastadora. 

Falta la música, es cierto, o mejor dicho el análisis formal y técnico de la dimensión pura y exclusivamente estética de su arte, aunque abundan los fragmentos de canciones y los testimonios de músicos como Byrne, Buarque, Páez, Gieco y otros, pero se entiende esa falta por varias razones: es la película de un hijo, primero, acompañado de sus dos tíos y amigos íntimos de la cantora, y la de un pueblo después, envuelto afectivamente, entregado a la experiencia emocional de la canción cuyo discurso, además, los representaba cuando no tenían ningún otra voz, ningún intermediario político, que ése.


En Breve historia del folclore (1920-1970): Identidad, política y nación, de Oscar Chamosa, hay unas páginas dedicadas a Mercedes Sosa, y varias a su Tucumán natal, uno de los centros culturales desde el que se consolidó eso que llamamos folclore merced al impulso intelectual de la Generación del Centenario, y económico de industriales azucareros que buscaban sostener un lugar de preeminencia política ante el avance del radicalismo yrigoyenista y el voto popular a fines de la década del 30, financiando recopilaciones musicales tendientes a definir la ‘identidad nacional’ como específica de la región y, por absurdo que parezca dadas las raíces aborígenes de la mayoría de los tucumanos, imponer la caracterización de ‘industria blanca’, gracias a senadores como Miguel Padilla, Patrón Costas y Prat Gay, quienes legislaban a favor de los ingenios que les pertenecían. 

Aquel interesado afán enciclopedista, no obstante, abonó el terreno para que la canción folclórica pasara a tener valor de cambio en todo el país. La impronta conservadora se mantuvo hasta bien avanzados los 50, cuando emergieron, entre otros, hijos de zafreros como Mercedes Sosa, conscientes de su situación y de la lucha de clases. Por entonces, otro tucumano también se convertía en figura popular y representante de un paradigma completamente distinto. Frente a la picardía servil de Palito Ortega, la arrogancia terrena de Mercedes Sosa fue una afrenta intolerable para los dueños de la tierra. Pero ella, que no la poseía, era la tierra, la llevaba en su sangre, y su arte –hecho estético sublime y hecho político férreo- fue punta de lanza de las luchas por los derechos de los pueblos ahora llamados originarios, que este gobierno debe y precisa atender cuanto antes.