Atención: Se revelan importantes detalles de la resolución del trama.

Osmar Núñez, interpretando a una suerte de espiritista o hipnotizador, le propone a Cecilia (Moro Anghileri) «volver al tercer día», lo cual -dentro del contexto de lo que viene sucediendo en la película- carece de total sentido. Resulta que Cecilia tuvo un accidente de auto en la ruta y a los tres días se despierta en una casa abandonada y no encuentra a su hijo, Martín. Nadie sabe, ni siquiera ella, qué pasó en esos tres días. Por eso la propuesta de Osmar Núñez no tiene demasiado sentido: en todo caso, deberían volver al primer día.

No es quisquilloso el planteo porque lo que dice el espiritista encuentra un justificativo pero es extradiegético: se trata de un guiño al espectador. Es un personaje diciendo el título de la película, como también es una frase para poner en el tráiler, una «venta». Es decir, Al 3er día, ya con este grafismo del título, se construye a sí misma como un producto, algo que desde su guión y su búsqueda formal plantea un espectador-consumidor. «Esto es entretenimiento», pareciera decir, y repite operaciones que la posicionan exitosamente como tal: los encuadres e iluminación que remiten al cómic (fuente principal del cine industrial predominante en estos tiempos), las referencias casi a modo de easter eggs (otro recurso masivo) a clásicos del terror -desde Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) a Venecia Rojo Shocking (Nicolas Roeg, 1973) a Oculus (Mike Flanagan, 2013), por nombrar algunas- o la cristalización de ciertas ansiedades de la época (la violencia doméstica, en este caso, y cierto aspecto del movimiento feminista) a modo de metáfora moralizante.

El guión atrapa y lo tiene a uno queriendo saber más, con giros y descubrimientos, con tensión e intriga. El género que termina bañando todo retrospectivamente es el de vampiros, y ahí uno entiende varias supuestas arbitrariedades como por qué Enrique (Gerardo Romano) andaba cortando cabezas como loco, o todo el tema de los espejos, que un vampiro viejo y feo con exceso de látex en la cara nos hace el favor de aclarar en latín, con unos subtítulos en tipografía gótica para que nos demos cuenta, sin lugar a dudas, de que esta es una de vampiros. También agrega un lindo detalle al mito de estos bichos: que en los espejos se les aparecen sus víctimas y que por eso mismo rehúyen de ellos.

Después de eso, Cecilia encuentra muerto a Martín en el sótano de la casa en la que despertó y descubrimos que ella se ha convertido en vampiro, por eso fue matando a todos los que se fue cruzando, incluyendo a su ex marido (Diego Cremonesi), al médico (Lautaro Delgado) y a los viejitos macanudos que la ayudaron. ¿O sea que la película es entretenida y anda por todos lados y ya está? Le ponemos un 9 y listo, qué tanto.

Y sin embargo, hay algo que hace ruido en Al 3er día. Repasemos qué podría ser.

¿Será un tema presupuestario? Las películas de género suelen estar hechas con muchas complicaciones económicas y las temáticas elegidas tienden ser demasiado ambiciosas, resultando en homenajes a producciones extranjeras de mayor envergadura, sin demasiada conciencia de las condiciones de producción. En lo visual suelen quedar medio televisivas, que es algo que le pasó, por ejemplo, a la reciente Tumba para tres (Mariano Cattaneo, 2020), que además de apelar a la nostalgia por un tipo de cine industrial mezcla de Tarantino y Los bañeros más locos del mundo (Carlos Galettini, 1987), parece un especial de tele o el piloto de una serie. Que su elenco comparta varios actores con El marginal refuerza esta noción. Tumba para tres, de estreno casi pegado a ésta, resulta ser de la misma productora, Del Toro Films. Retengan este nombre, ya volveremos sobre el asunto.

Pero Al 3er día no sufre tanto en ese aspecto. Parece acorde a su presupuesto, muy bien aprovechado, además. ¿Algo en el tono, quizá? ¿En el registro? Puede ser, pero esto se empantana con algo más relacionado con el gusto que otra cosa. La música, que por momentos hace sonar demasiado serio lo que sucede, y los colores plenos, hipersaturados como en una historieta, generan el efecto opuesto al que se busca y más que miedo, o intriga, da cierta gracia. Lo mismo con algunos diálogos, como los del estereotipado detective Ventura (Osvaldo Santoro), o el excéntrico espiritista interpretado por Osmár Núñez. Igual el premio se lo lleva Gerardo Romano, diciendo cosas como «Sí, te vas a ir… ¡al infierno!» antes de golpear o cortarle la cabeza a alguien. Pero bueno, si Hopkins hizo el Van Helsing más kitsch de la historia con Coppola, ¿por qué Romano con De la Vega no podrían ir por ese costado, no?

El vampiro final también nos saca del momento con su maquillaje estilo Buffy (hablando de Cazavampiros), que, desde esa misma serie, a uno le cuesta tomarse en serio esto de los monstruos con caras de goma, sin que le despierte a uno cierto cinismo y/o distancia humorística.

Pero supongamos que esto es un tema de gusto, que si me da risa es un tema mío porque no estoy apreciando el estilo que eligió De la Vega y que, bueno, si quiero algo con otra onda mejor haga mi propia película de vampiros y listo. Pero no, no es eso. ¿Qué es entonces ese ruido, eso que molesta cuando llegan los créditos finales? Si el Nosferatu ese nos contó todo con espejo en mano y subtítulos y todo, ¿qué es lo que no cierra?

Es un detalle, una pavadita, que es enorme.

El hecho de que Martín, el hijo, esté muerto al final. No es un tema de shock, como tampoco es un error; se trata de una clara decisión de guión. Cecilia es castigada con la muerte de Martín.

Sería muy del género, muy de la época, muy guiño, muy todo que ese nene tuviera colmillos al final. Que ambos, madre e hijo fueran vampiros, ni muertos ni vivos los dos, en un plano nuevo de existencia, quizá pervertido, pero siempre ambiguo, juntos en un más allá desconocido.

Pero no, está muerto, y es tragedia porque hay trasgresión, de la mala. De la que «no hay que hacer». Y no estoy hablando -solamente- de un asunto narrativo, siquiera apenas de un golpe de efecto estilo Marvel con sus famosos post-créditos, o del cliché ochentoso del malo que no murió como susto extra. No, estoy hablando de la construcción de sentido, de discursos circulantes, de la lucha por el sentido en sí.

Pero antes, para entender el alcance de este no-error de evitar que el niño sea un no-muerto hay que comparar Al 3er día con otra película de Del Toro Films (les avisé que volvíamos con ellos), llamada El muerto cuenta su historia (Fabián Forte, 2016). Así que les voy a hacer una sesión de hipnosis, y vamos a volver a cinco años atrás…

Resulta que un publicista machista, irónicamente llamado Ángel (Diego Gentile), engaña a su mujer, Lucila (oia, Moro Anghileri otra vez), con cuánta minita se le cruce por delante. Eso hasta que unas mujeres mitológicas, que se terminan asociando con banshees irlandesas, lo convierten en una suerte de muerto en vida. No un fantasma, ni un vampiro, tampoco un zombie, sino una suerte de «esclavo» con la prohibición sobrenatural de decir piropos o ponerles puntajes a las mujeres. La sutileza no está en la búsqueda de la película, pero tanto en todos sus aspectos técnicos, como en el abordaje de la comedia negra sobrenatural, funciona bien; la edición (de Demián Rugna) es dinámica y las actuaciones resultan frescas y

y naturales. En comparación con Al 3er día se toma menos en serio, lo que le juega a su favor en el tono y en la estética que se propone. Como la de De la Vega, la película de Forte, atrapa y entretiene. Otra vez, todo suena bien, aunque con ese ruido latente que se manifiesta en todo su esplendor cuando llegamos al final. Todos estos muertos en vida tienen una función final, ser un sacrificio de estas mujeres primordiales para una especie de Bruja/Diosa/Pachamama llamada -¿dije que la sutileza no era el fuerte de la película?- Macha. A diferencia de su socio y amigo, que es sacrificado por su propia madre (estereotipo de la vieja mandona y resentida), nuestro protagonista se salva gracias al amor que tiene por su propia hija.

Los hijos en ambas películas operan como catalizadores, vehículos de salvación y/o perdición, según el caso. Uno podría asociarlo con la idea de «inocencia». Él no es tan malo porque ama a una mujer, su hija. Por eso no cae al pozo. Pero Macha sale igual y, en un final que podría ser toda una película en sí misma, El muerto cuenta su historia nos presenta su moraleja final: Macha dio vuelta la tortilla, ahora las mujeres dominan y tratan mal a los hombres. Los acosan, los humillan. Pero Lucila, la mujer de Ángel, el publicista (que ahora maneja el jeep con su marido de acompañante, porque ¡las mujeres ahora manejan!), lidera una organización rebelde cuyo signo es «=». O sea, la igualdad. Si esta coda aclara el mensaje, lo que nos quiso decir todo el tiempo es que «si el feminismo es machismo al revés, solo la igualdad nos puede salvar a todos». Si la nena de Ángel y el «amor genuino» lo salvaron, ¿qué quiere decir que el nene de Cecilia se muera? Quiere decir que hizo algo malo, que la cagó. Que ella es un monstruo y esto es un castigo cósmico.

Si el espejo refleja a las víctimas es porque estamos hablando de culpa. Estos vampiros retienen la moral, pese a la sed de sangre. Si no, no habría castigo. Cecilia ha matado a su hijo pese a quererlo proteger. ¿Proteger de qué? De su ex marido, un tipo violento, que la amenaza con llevarse a Martín (no queda claro si para siempre o cuando quiera, pero sí, sin el consentimiento de ella). En ese contexto se van a la ruta, en ese contexto el chico se pierde y en ese contexto el vampiro se libera y comienza el raid de muertos. Gerardo Romano, que es sacerdote, se lo dice bien claro: todo esto es culpa de ella. Y pese a ser mostrado cruel, sanguinario y hasta loco, como representación de ese machismo eclesiástico (dónde Rodolfo Ranni actúa de gran patriarca siempre al teléfono, impoluto, detrás de todo, no en las sombras, sino en la luz), el final, con el niño muerto, le termina dando la razón. Al querer escapar de su situación, ella lo empeoró todo. Nada de esto valió la pena, más que para liberar el mal, un mal peor.

La construcción del espectador-consumidor que hablábamos al comienzo tampoco es casual. Del Toro Films apunta a un nicho específico, con una mirada del mundo que mira el centro del poder desde la periferia, que siente una pérdida (de derechos, de privilegios) en la ganancia, en el logro, del prójimo. Según esa misma mirada, el cine que banca el Estado lo pagamos todos y no lo mira nadie. No importa si es admirado en festivales, en el fondo es un bodrio y por su culpa nadie quiere invertir en el cine «de verdad», el de entretenimiento. Si las mujeres ganan derechos, es porque son progres comunistas que quieren dominar a los hombres. Resentidas y mandonas, como la madre del amigo del publicista. Es culpa de ellas que todo esté dado vuelta. Mírense al espejo, vean lo que han hecho. Por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa

Ahora, si esa madre y su hijo se volvían monstruos juntos, si rompían el espejo de la culpa, incluso si mataban al vampiro de látex, mostrando sus colmillos, hubieran estado realmente más allá del Bien y del Mal; entendiéndose como más que vampiros, que banshees, que pomberos o alma mulas: algo distinto, algo nuevo, algo desconocido. Eso sí que hubiera metido  miedo.

Calificación: 6.5/10

Al 3er día (Argentina; 2021). Dirección: Daniel de la Vega. Guion: Alberto Fasce; Gonzalo Ventura. Fotografía: Mariano Suárez. Edición: Martín Blousson; Guille Gatti; Daniel de la Vega. Elenco: Mariana “Moro” Angheleri; Gerardo Romano; Osvaldo Santoro; Arturo Bonin; Diego Cremonesi. Duración: 85 minutos. Disponible en Cine Ar TV y Cine Ar Play.