Todo lo que aparece en El otro hermano se muestra con una distancia. El pueblo, sus habitantes, las acciones de los personajes, los espacios por los que se mueven, sus relaciones. No se trata de una distancia sádica, ni siquiera de una distancia cínica o entomológica, cosa que supondría un interés por destruir o retratar los insectos representados. La distancia en El otro hermano, en cambio, es puramente discursiva. Todo se mira, no desde el placer, el entretenimiento o siquiera el asco, sino desde un elevado plano moral.

Lo que vemos en El otro hermano, queda claro, está mal: la corrupción del dinero lo pudre todo, y no queda más que fruncir el ceño, mover la cabeza en señal de desaprobación y salir de la sala indignados por el estado del mundo pero bien a resguardo de haber sentido cualquier tipo de inquietud, molestia o compromiso. Uno puede llegar a encontrar, a lo sumo, lo que espera ver. Poco más.

A esta cualidad, si se quiere, conceptual (o de exceso de conceptos), se le suma otro problema que podríamos considerar su contrapartida, y es de orden narrativo. Si bien El otro hermano se acerca al género (coquetea con el cine negro, con el western, esos viejos caballitos de la industria que ahora tienen legitimidad seria), nunca llega a entrar en sus cauces. Por más que muchos señalen y canten las loas del regreso de Caetano al cine genérico, la realidad es que en El otro hermano básicamente no se narra nada. Un Hendler abúlico, despeinado y ex empleado público llega al pueblo (vemos sangre, sí, y es un poco asquerosita, pero está seca) y una vez allí, no hace nada. Revisa la casa de su hermano, se dedica a vender cachivaches, se cruza con un axolotl y un buey. Una careta de Sbaraglia se pasea por el pueblo como garca/milico y secuestra gente. Es un tipo malo y con cierto grado de poder, que hace mucho, mucho esfuerzo por parecer carismático (y Sbaraglia hace mucho, mucho esfuerzo para que eso se note), pero básicamente sigue siempre con lo suyo: sacar guita de las piedras, extorsionar, estafar y demás. Recién al final, pero muy al final de todo, aparece algo así como un hilo, y las historias de Hendler y Sbaraglia se cruzan hasta llegar a un duelo final, pero para entonces queda más que claro que El otro hermano no se proponía narrar nada, sino apenas mostrar un estado de cosas que considera malo.

Si uno buscara, siguiendo el cine de género, alguna identificación con los dos personajes principales que propone El otro hermano, podría considerar que, a lo sumo, se nos ofrece a Hendler, ese ya no tan joven abúlico que supimos querer en el Nuevo Cine Argentino, y que acá se nos muestra un poco más negro, pero ni siquiera tanto. Es, sí, representante de algo: como empleado público que quiere viajar a Brasil podría encarnar, sin demasiado esfuerzo, un arquetipo del pequeño burgués argentino, cómplice y materialista. Hendler trae un bagaje de simpatía y es, además, el extranjero que llega al pueblo y, por tanto, no estaría de entrada automáticamente pegado a sus pegajosidades. La frialdad con la que enfrenta la muerte de su madre y su hermano puede parecer sospechosa, pero no señala ninguna carencia afectiva: se nos dice, simplemente, que no los ve hace muchos años, y evidentemente no tenían contacto. Ese leve y breve anclaje para el espectador (que se va volviendo más tenue a medida que avanza el metraje y Hendler no hace más que revisar basura) podría aportar alguna sorpresa hacia el final, con el develamiento de su conciencia plena de la participación en un secuestro, pero una sorpresa de ese tipo hubiera requerido una tensión previa, que casi no tuvimos.

Hay, sí, hallazgos en El otro hermano: un buey enojado, las cenizas en un inodoro, Ángela Molina (que desaparece pronto y mal), algunos encuadres demasiado vistosos. Pero son apenas pantallazos, destellos de lo que podría haber sido esta película si se hubiera permitido revolcarse en la mugre y disfrutarlo, o contarnos algo al lado de sus personajes y no desde arriba, hacer cine y no sermonear sobre lo mal que andan las cosas (con referencias políticas específicas para salpimentar la cosa).

Acá se puede leer otra visión de la misma película por Ignacio Izaguirre

El otro hermano (Argentina, 2017), de Israel Adrián Caetano, c/Leonardo Sbaraglia, Daniel Hendler, Ailán Devetac, Ángela Molina, Pablo Cedrón, Alejandra Flechner, 112′.