exclusive-poster-for-mommyLa placa que abre la película nos anticipa que todo lo que vamos a ver sucede en un país, Canadá, en el que podemos dejarle al Estado la absoluta responsabilidad de la crianza de nuestros hijos.

Steve (Antoine-Olivier Pilon) sale de una institución psiquiátrica del brazo de su madre, Diane ‘Die’ Després (Anne Dorval), una apetecible MILF (aka Mom I’d Like to Fuck) con aires noventosos y sin mucha idea de cómo lidiar con su presente. La convivencia se reinicia como si nada hubiera sucedido pero, de movida, se vuelve suicida o, mejor dicho, asesina. Steve lucha incansablemente por adecuarse a la puta vida en sociedad; su madre es una inadaptada que tiene una situación laboral precaria y puja por una familia de dos, sólida, varios años después de perder a su marido. En todo este barullo de gritos, risas irreflexivas y conmovedoras muestras de amor, aparece Kyla, una vecina a la que le cuesta hablar y relajarse por un hecho traumático que vivió y del que todavía se está recuperando.

Este trío, fantástico y anómalo al mismo tiempo, se construye sobre un relato intenso, sobre las ansias de subsistencia, sobre las ganas de reposar en cierta normalidad que puede estar al final del camino y que estos tres protagonistas buscan a los tumbos. Ese espíritu que define a Steve, ansiedad devastadora y luminosa por momentos, déficit de atención con hiperactividad en otros, no es otra cosa que el síntoma del intento de complementarse que lo impulsa hacia su madre y su sustituta.

Dolan plantea un formato cuadrado, opresivo, perfecto para ceñir la puesta en escena y hacernos casi participes de peleas violentas e impredecibles entre madre e hijo que invaden nuestro espacio y arremeten contra nosotros hasta meternos en el núcleo de su agudo conflicto. Nos carga de esas angustias y de la irritabilidad de la que parecen adolecer sus protagonistas.

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Hace dos años no sabía quién era Xavier Dolan, me hablaban de una especie de niño prodigio que actuaba, dirigía, escribía y diseñaba el vestuario de sus películas. Que había filmado su opera prima a los 19 años, Yo mate a mi madre, (antecedente innegable de Mommy) y que llevaba tres largometrajes más que solventes. Que era canadiense, gay y no sé cuentas cosas más. Debo decir que tantos adjetivos positivos me eran sospechosos. Un año y medio después pude ver su cuarta película, Tom à la ferme en el cine Gaumont y quedé extrañado por la solvencia en la construcción de ese thriller de cámara insospechado, en un paraje rural, con cuatro o cinco personajes profundos y muy bien definidos, un muerto y el devenir de un relato asordinado, otra vez opresivo y desequilibrado. Tango, cocaína, ausencias, homosexualidad y la rigidez ante una impostura constante, que asfixia, me hicieron recordar el vigor del mejor cine de Chabrol, uno de mis franceses favoritos. Lejos de toda pretensión se sumerge en la oscuridad de una clase pudiente y sus obsesiones.

Dolan tiene 26 años y es un virtuoso; no lo esconde y tal vez se regodea en sus integridades hasta empalagarnos. Es un provocador y no duda en comenzar la película con el choque de la madre de camino al internado, solamente para ablandarnos, para manipularnos. También le imprime ritmo al montaje para acompasar los desbordes de Steve; todo lo cuestiona, nada lo satisface, por momentos parece el Iggy Pop de finales de los ’60. Dolan tiene 26 años y se equivoca porque es joven, su película es fruto de ese impulso, de esa energía inigualable que nos permite cuestionar sin especular porque está todo por venir. Yo confío en los jóvenes, me caen bien, me recuerdan lo mejor de mí.

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De repente todo comienza a funcionar bien entre Steve y sus mujeres, progresan hasta cierta normalidad que se corona con Wonderball, de Oasis, una secuencia en la que Steve patina sobre su skate por las calles de su barrio y con sus brazos llenos de vida abre el formato a 16.9 y este hecho logra oxigenar su vida, el relato, la sala y todo el cine rancio de nuestros días. De forma desfachatada, sí, Dolan se juega una carta a todo nada, de la que sale airoso porque no le tiene miedo al conflicto, porque es joven. La película volverá al formato opresivo y, después, a un atardecer anaranjado y a la angustia de una decisión, y a otra más, y así hasta liberarnos, por fin, no sin dificultad.

Mommy (Canadá, 2014), de Xavier Dolan, c/Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, 139′.