Jorge (René Pastor), hijo de una familia de clase media acomodada de Quito, alumno de colegio católico, entra en una crisis familiar entre el deseo de la madre (que sea sacerdote) y el del padre (que sea abogado, así puede llegar a ser presidente) y el propio (cuyo único acto se explicita en las piernas, el cuerpo de Luisa (Pamela Cortes), la hermana de su compañero y amigo). La decisión de irse de la casa y la ciudad se produce por el rechazo familiar, el fracaso en el estudio y se canaliza a través del ingreso en el ejército en plena guerra peruano-ecuatoriana de principios de los 40.

Todo en Mono con gallinas revela el cuidado de trazar una trama lineal que no permita digresiones. Lo que importa es la historia del joven de ciudad envuelto en un conflicto que desconoce, de cómo es herido, tomado prisionero, y finalmente su intento de escapatoria para regresar al lugar de donde partió. Lo que deriva en el concepto de ilustración de un texto como estructura narrativa. Ilustración como idea ligada al manual de historia escolar: la imagen que condensa en un plano fijo lo central de la historia, despojándose del entorno, del contexto en que se produce. De allí que no importe entender de qué se trata el conflicto por el territorio, ni establecer la tensión en el espacio fronterizo, ni construir una visión del mundo desde la perspectiva del protagonista: solo contar la historia plana de un adolescente llevado a una guarnición militar en medio de la selva y habitada por un solo soldado.

Lo que sigue en ese recorrido visual es una enumeración de lugares comunes que acercan peligrosamente a la película al terreno del culebrón televisivo. Desde la previsible tensión sexual que generan los cruces con Dolores (Melania Urbina), la joven enfermera peruana –cuyo padre además es el teniente a cargo de esa guarnición-, hasta la decisión de escapar durante el festejo de fin de año en el que los soldados se divierten con las putas. En el camino, en cambio, van quedando desperdigados apuntes que el film podría haber seguido o explotado de una manera más interesante. Como el mandato de “ser alguien” que funciona como una suerte de estigma sobre el personaje central y la contraposición con su constitución como muerto en batalla, en la que la burocracia lo condenó a “ser nadie” hasta el final de su vida. O lo que se intuye en el Sargento Flores (Alfredo Espinosa), en esas fotos del pasado que lo acompañan, en la espera de la ayuda que nunca llega. Incluso el hallazgo del uniforme de uno de los soldados de la vieja guarnición en medio de la selva parecía el indicio de una historia más interesante que la del personaje central. Y quizás lo más relevante, el potencial cruce entre la ficción que plantea la folletería del ejército que convoca a los jóvenes y la realidad que implica pelear sin reservas, con municiones viejas, sin entrenamiento y en una guarnición en la que el techo no soporta una lluvia fuerte.

Nada de eso importa en un relato que no asume riesgos y que parece apegarse demasiado a la letra biográfica y a la tradición cinematográfica de los filmes de iniciación y de conflictos bélicos. Ese planteo, que se acerca a la desidia en las escenas que transcurren en el campamento peruano, es lo que hace del film de Alfredo León León, una película sin relieves, sin nada nuevo que contar. Tal vez, a la vista del final donde se ve al personaje real sobre el cual se basa la historia, el error haya sido construir una ficción cuando resultaba evidente que hubiera sido más interesante escuchar el relato de boca del protagonista. En esos breves segundos en los que el verdadero Jorge cuenta cómo fue recibido al volver a su casa, hay más cine y emoción que en los 80 minutos previos de una ficción que quiere narrar una épica en la que no cree en ningún momento.

Mono con gallinas (Argentin/Ecuador, 2013), de Alfredo León León, c/René Pastor, Pamela Cortes, Alfredo Espinosa, Melania Urbina, 85′.