Por Luciano Alonso.

Para toda una generación de incrédulos (entre los que me incluyo), Leonardo D´Espósito nos enseñó a prestarle verdadera atención al cine de Disney. A la luz de una mirada atenta, las películas de Disney (sobre todo aquellas que van desde los inicios hasta mediados de los 60) resultan de una complejidad notable. Habilitan abordajes que van desde lo filosófico hasta las más sustanciosas discusiones éticas y estéticas. Desde entonces a esta parte, el “proyecto” de Disney ha ido mutando y se ha vuelto cada vez más complejo. Como todo el mundo sabe, Pixar es una subsidiaria de la mega corporación en la que hoy día se ha transformado la compañía Disney y, aunque aquellos lejanos años en los que Disney dio sus primeros pasos hayan quedado muy lejos ya, mi sensación es que gran parte del proyecto original todavía persiste.
Faltaría esclarecer de qué se trata o podría tratarse dicho proyecto y, para eso, me permito recurrir a Umberto Eco, quien, en su libro La estrategia de la ilusión, analiza numerosas variantes de lo que él mismo denomina el “Falso Absoluto” (una filosofía de la inmortalidad como duplicación, anhelo que, según señala, es típico de los estadounidenses). La cuestión es que la necesidad de catalogarlo todo, y de dejar constancia de nuestro paso por el planeta tierra, se traduce en una museografía infinita dedicada al culto al pasado. El cine y la crítica de cine no hacen más que inscribir nuevos episodios en esta novela inconclusa. ¿Quién decide lo que resulta digno de recordar y lo que no? ¿Cómo podemos asegurar que los documentos de nuestra propia historia no hayan sido modificados o manipulados? El “todo verdadero” se identifica con el “todo falso”. A partir de ahí, pensemos en las viejas discusiones sobre los límites de la representación de la realidad, toda vez que el cine de animación crea un universo propio, tras prescindir del anhelo de mímesis absoluta. ¿Cuál es la intencionalidad de dicha práctica, a fin de cuentas?
El proyecto de Disney, desde el comienzo, quizás ha sido menos el de imitar la realidad que el de proponer un universo mágico y subyugante que, al fin, acabe reemplazando la realidad. ¿Y qué son los parques de diversiones temáticos, sino una consecuencia de tamaña empresa?
Para toda una generación de escépticos desencantados (entre los que me incluyo), las modas culturales nos tienen hartos y desde hace rato que la “revalorización” esnobista del cine de Pixar nos tiene las pelotas por el suelo. Es muy usual escuchar esas teorías improvisadas sobre cinefilia y “películas para chicos que en realidad no son para chicos”. Bueno, todas esas cuestiones funcionan como clichés y al repetirlas y corroborarlas, se invoca al fantasma de una teoría proscrita.

La verdad es que me importan muy poco las modas culturales y, por eso mismo, contribuyo a completar el mecanismo de las modas culturales, cuyo último eslabón reclama el desencanto y el desinterés auto-inclusivo.
Pixar no es Disney, pero se le parece. Al menos en algo fundamental: su trasfondo ético. Y lo peor y lo mejor de su cine es su efectividad comprobable. Esto es, su valor como hecho artístico. Aunque podamos rasgarnos las vestiduras y discutir al infinito sobre qué es y qué no es el arte, Pixar ha erigido un imperio que ha echado raíces. Y aunque no todo lo que ha producido tiene la misma calidad, sus aciertos alcanzan para justificar su valía.
Monsters Universityes una película construida con inteligencia silogística. Ha redoblado la apuesta el día que, luego de trascender el alcance y límite del cine para niños, ha decidido parodiarse a sí misma, como película y como proyecto ideológico. Ya no se trata únicamente de rastrear las citas cinéfilas o de comprender y captar los guiños cómplices dirigidos al público adulto. El desafío, para el espectador comprometido, está en confirmar la victoria del imperio Disney. El mundo real interesa cada vez menos y la simpatía que nos generan estos bichos lo demuestra. El buen humor y las sonrisas que nos generan estas criaturas ficticias son el funeral de la representación mimética. ¿Y por qué aprobamos, como espectadores, esta operatoria? ¿Cuál es la causa psicológica profunda de este mecanismo? Quizás, la certeza nihilista de que el mundo real es insalvable y amargo. El mundo del cine es un mundo irreal, pero no alcanza a quitarnos el mal sabor de boca si se parece demasiado al mundo real. Necesitamos que nos lo recuerde -que lo evoque- pero que no se le parezca en nada. Y así es como la imaginería Pixar se convierte en nuestra “piedra de toque” sensible.


Monsters Universityfunciona como una sátira de las películas de universidad, pero también como una sátira sobre el funcionamiento del mundo y de los devenires del destino. Es una sátira rabiosa, transversal y perfecta, cuya última conquista es la abolición del final feliz. La ambición de su proyecto es tal que su última consecuencia resulta amarga. En la vida, nada es lo que parece y nada sucede como lo esperamos, y esta revelación es tan frustrante como imperiosa. El mundo sucede tras la aceptación de esta máxima.
Todo lo que un fantasma (o un monstruo) espera sobre la vida es poder asustar. Si no consigue causar miedo, es su propia esencia, su razón de ser, la que se malogra, generándole angustia. Esta idea, esbozada tempranamente en el episodio «Haunted House», de Ren & Stimpy, es la matriz base del conflicto más importante que afecta a Mike Wazowski, el protagonista de Monsters University. Un conflicto que, hay que decirlo, es absolutamente existencialista. Y del que podríamos extraer toda una metáfora sobre la búsqueda de la identidad, tema que todavía despierta interés y pasiones.
La lógica tradicional reclamaría un final que viniera a completar una épica antiquísima. Los personajes atraviesan un conflicto y luego lo resuelven. No obstante, aquí la lógica es otra. Es la lógica que Pixar impone, según su propia voluntad y albedrío. Y el proyecto de Pixar, para ser coherente consigo mismo, no debe someterse a ninguna tradición precedente. Y no lo hace. Y en esa negación es donde se revela su primacía y el arrojo necesario para fundar los mitos del futuro próximo.