Yo tengo un problema con la belleza. Durante mucho tiempo pensé que era un fenómeno extraordinario hasta que, siendo bastante pibe, leí aquello de que ‘la belleza es frecuente’, dato confirmado de inmediato por la gran cantidad de mujeres hermosas que veía pasar con avidez y sin solución de continuidad por la calle. Entonces me di cuenta de que la belleza no alcanzaba, y empecé a buscar algo más. Años después me enteré de que eso era lo sublime, experiencia entre física y psíquica que nos conmueve con la posibilidad de la aniquilación. A su lado, la belleza empalidece indefectiblemente. Se vuelve algo cotidiano, amable y familiar, en el mejor de los casos. En el peor, perezoso y pajero. La producción seriada de cine, sumada a las experiencias vitales que se van acumulando y moldean la mirada, establecen estándares que dificultan cada vez más la conmoción, esa que surge de un encuentro peculiar, inédito, adánico con aquello que se está viendo. La última película de Jorge Gaggero (Vida en Falcon, Cama adentro) bascula entre lo bello y lo sublime, categorías que suelen expresarse ya bastante adelgazadas de sentido cotidianamente como ‘lo lindo y lo feo’.

Por un lado, Montenegro nos muestra una vida que emerge a menudo en toda su singularidad. La de Juan de Dios Montenegro, que vive sólo a orillas del río, se mantiene comiendo lo que pesca, anda con la pierna enferma, no ve familia, se lleva medio mal con su vecino, única compañía que reconoce, además de la de los perros que lo rodean y a los que cuida. Su vecino César también es un gran personaje, secundario pero fundamental. La película nos permite conocerlos, ver cómo se tratan, saber lo que sienten incluso más allá de lo que ellos manifiestan o estén dispuestos a admitir, enterarnos parcialmente de sus vidas a través de la información a cuentagotas que revelan hablando y de la mucho más elocuente que los delata cuando callan o miran fuera de campo un vacío que es interior. Ese acercamiento a un ser es una experiencia radical, cercana a la de lo sublime. Ahí, frente a nosotros, hay vidas únicas que pasarán -o que casi pasaron- con más penas que gloria, como en el caso de la mayoría, por este mundo. Y nosotros somos parte de ellas, las compartimos, tomamos la posta de contarlas, de salvarlas del anonimato, transformándonos en sus testigos. En ese contexto, la belleza de algunos encuadres o, sobre todo, de ciertas transiciones demasiado fluidas entre planos, molestan, suavizan excesivamente la dura materia metafísica que las constituye.

Montenegro es una película corta (una hora de duración), potente y sensible. Pertenece a ese subgénero de películas que consiste en retratar (con un grado de estilización lumínica de raíz pictórica) a individuos marginales o asociales, alrededor del cual también hay un mercado cultural que plantea dilemas éticos tanto al realizador como al espectador. Este retrato, en particular, está menos interesado en un abordaje socioeconómico que en uno estético y ontológico. La figura de Montenegro recuerda la fuerte soledad de la condición humana universal, pero también particular de muchos sujetos sociales argentinos. No hay nomadismo gauchesco en el transcurso de la película, pero a los personajes uno se los imagina viajados y, sobre todo, interiormente errantes, tristes e insatisfechos, ferozmente frágiles detrás de tanto aislamiento y aridez. Mirándola, es imposible dejar de pensar en los paisanos de las películas de Jorge Prelorán (como los de Cochengo Miranda), y musicalizar imaginariamente las imágenes con alguna versión de Vidala para mi sombra. Sólo la están proyectando en el Gaumont y en el Cosmos, y sería injusto para con la película y para con esos hombres que no la viera ni el loro. Pero sobre todo, para con nosotros mismos, que si no vamos al cine, nos sorprenderemos descubriendo su grandeza introspectiva dentro de un tiempo frente a la pantalla chica de una señal de cable, o nunca.