En Mientras la ciudad duerme (The Asphalt Jungle, 1950) hasta un mueble tiene moral. Bueno, no exactamente un mueble, sino un tipo que actúa como tal, lo que ya es una inmoralidad en sí mismo. Dix (Sterling Hayden) se está muriendo a causa de un balazo en el estómago. Pide agua y nosotros ya sabemos que si la toma no tiene chance alguna de sobrevivir. Ignorando tal cosa y desesperada, su compañera llena un vaso y se lo da. Mientras tanto, todo ha sido observado por un tercero circunstancial a quien el médico, que telefonea a la policía desde otra habitación, dejó sosteniendo el suero que acaba de inyectarle al herido. Durante toda la escena ese hombre ha sido un mueble más. No sólo porque no se movió ni dijo palabra, sino porque Huston usa su brazo inmóvil para enmarcar el encuadre. Pegado a la lente y en silencio, tiene tanta humanidad como la extremidad seccionada de un cadáver. Hasta que le dedica un primer plano justo antes de que la mujer le alcance el vaso fatal al fugitivo agonizante. Tampoco esta vez abre la boca, pero ahora ese silencio es un crimen y el close up ha sido su sentencia. ¿Que no tenía por qué saber que un vaso con agua en tales circunstancias era igual a un vaso con veneno en cualquier otra? El caso es que nosotros sentimos que lo sabe o que debería haberlo sabido porque diez o quince minutos antes nos encontramos ante una situación dispuesta de idéntica manera, pero con un personaje que esta vez sí reaccionaba (la no reacción de este pasa a ser una elección, un pecado de omisión tan flagrante como uno de comisión). Había un moribundo que también tenía sed, una mujer (su esposa) que amagaba servirle el agua, y un tercero que procedía de otro modo, que actuaba, que intervenía, que decía lo que sabía (o intuía o suponía) para impedir un daño. La distancia entre uno y otro es la misma que hay entre un mueble y un ser humano.