Anthony Wong es un genio. Posta. Anthony Wong tiene la mirada justa (de héroe roto en Exiled, de asesino mala leche en The Untold Story, de gángster juguetón en The Mission, y de padre espiritual en Motorway).

 
Motorway es una de las películas que mejor respiran el tono Wong, una película que vive a través de su presencia, de su mirada, de su enseñanza. Wong es una especie de Obi Wan Kenobi cínico para el joven Cheung; Anthony es un profesor con ganas de enseñar, pero sin la paciencia para lograrlo. Porque enseñar es tener paciencia, es acompañar y ajustar las tuercas desde los errores, y Wong es, en esta película, eso: un profesor que aprende a retomar el amor perdido por los fierros, o sea, por los autos.

 
Motorway transita sobre la relación entre Cheung, un joven policía, y Lo, uno veterano. Ambos forman parte de una brigada especializada en delitos que se solucionan a fuerzas de carreras de autos. Ésa es la forma más justa de explicarlo y, de hecho, es la forma en la que su director (Cheang Pou-soi) decidió que sus policías debían resolver los conflictos. Hay un dúo de ladrones, que son para el joven policía una especie de Moby Dick en miniatura, por la dimensión física de sus cuerpos, pero no por la obsesión que representan para el agente. Lo interesante, lo jugoso, es que los ladrones entienden de autos (de manejar autos, de doblar en esquinas imposibles y volantear con paciencia, sin cancherismos ni excesos) y, lo que es peor, entienden de autos más que el joven agente. Motorway es brillante porque sus personajes viven en base a sus pasiones (lo digo de nuevo), que  son los autos.

Hitchcock decía que sus personajes debían utilizar herramientas que le fueran familiares (de ahí el final de La ventana indiscreta, en la que Stewart se defiende a golpe de flash) como armas, y esta película continúa esa línea y la lleva mucho más allá, porque entiende que sus personajes no están en pose, no manejan al ritmo de canciones berretas (teléfono para Rápido y furioso). Sus personajes aman los autos y los entienden como herramientas vocacionales. No sabemos mucho de la juventud de Cheung, o si, en algún momento de su carrera, fue vigilante de garita, y no lo sabemos porque lo único que necesitamos saber, y que la película se encarga de demostrar, es que estos personajes nacieron, se criaron y maduraron sobre cuatro ruedas, y que ése es el rasgo que los define por sobre todas las cosas.

Hay un detalle brillante en Motorway, y es la casi ausencia de música incidental. Claro, los policías no van jugando a las carreras para ver quién la tiene más larga, no mueven los autos en función de que las cámaras los tomen en movimientos boludones para que la hinchada más amnésica aplauda durante diez minutos y luego se olvide qué carajo vio. En Motorway, de hecho, hay muchos momentos de cabina, momentos en los que estamos dentro del auto, con el conductor, viéndolo transpirar la palanca de cambio y cómo con inteligencia (porque para manejar como Anthony Wong y el resto, ante todo hay que ser inteligente) van del freno al acelerador, de ahí al embrague y así sucesivamente, en una cadencia infinita que no deja de hipnotizarnos.

A Motorway no le interesan los autos, le interesan los conductores, que por carácter transitivo terminan por SER los autos. Y, desde ese lugar, las carreras ganan mucho volumen, ganan densidad y pasión, porque comprendemos que los personajes dejan la vida en cada kilómetro recorrido. Me acuerdo de Titanes del Pacífico, que con esos pilotos de plástico prefabricado, contenía una violencia idiota en la que costaba encontrarse. Y Motorway, desde un lugar más sereno, casi más reposado, entiende la adrenalina fierrera desde un lugar mucho más interesante: desde el piloto. Y los autos absorben las abolladuras de esos agentes y ladrones que sólo existen cuando las llantas sacan humo. Pero eso es perfecto, porque así debe ser el cine fierrero.

 
Milkyway, y la benévola sombra de To.
 
Milkyway es la productora montada por Johnnie To (genio) y su socio, Wai Ka-Fai. A partir de su creación en 1996, To utilizó esta productora para concretar sus proyectos, dándoles también lugar a nuevos directores que aparecieran en escena, muchos de ellos asistentes del propio To. De manera perezosa, varios dividen a las producciones de Milkyway en dos grandes grupos: por un lado, están las películas dirigidas por To y,  por el otro, las películas sub-To, que se pretenden similares a las del maestro, pero que no llegan a ese piso de calidad. Si bien es imposible ignorar el hecho de que el grueso de las películas producidas por Milkyway son dirigidas por To, esto no necesariamente implica que el resto de sus producciones sean versiones flácidas de Johnnie, y hay un jugosísimo puñado de películas que dan prueba de ello.

Un buen ejemplo de un film que está considerablemente alejado del universo To es Hooked on you (2007), drama romántico dirigido por Law Wing-Cheong que transcurre en un mercado de pescaderías y que tiene como protagonista a una mujer que se encuentra obligada a trabajar allí. To también se dedicó a este rubro (la excelente Don´t go breaking my heart es una película romántica de tono amargo),  pero el registro de Hooked on you va hacia otros lugares, procurando alejarse del mundo más frecuente en To.

Otro film mutante (y este sí es imposible de asociar a cualquier otro producto de Milkyway) es Spacked Out (2000), de Lawrence Lau, áspero relato sobre un sector de los adolescentes chinos. La dureza del retrato la convierte en una especie de Kids (la de Larry Clark) oriental. Pero mientras Clark ponía el acento en una terapia de choque facilonga que terminaba por desvirtuar y caricaturizar a sus propios personajes, Lau decide llevar a los suyos por un camino un poco más complejo, que los termina enriqueciendo y convirtiendo en jóvenes sufridos, con los que resulta imposible no empatizar. No sólo esta película es un bicho raro dentro de Milkyway, sino que incluso es un bicho raro dentro de la cinematografía china en sí misma, explicitando las dificultades de un grupo social que el cine de ese país no suele reflejar con frecuencia (lejos de Milkyway, Lau estrenó en 2008 City without Baseball, una película que, sin ser una obra maestra, pinta bastante bien algunos temas poco comunes en el cine hongkonés).

Ya metiéndonos en los policiales, hay que mencionar dos grandes películas producidas en Milkyway: Eye in the Sky y Punished. El primero es un film de Yau Nai-Hoi, sobre un grupo de seguridad dedicado al espionaje que se vale de todo tipo de dispositivos de filmación. Dicho así no parece gran cosa o, peor aún, tiene pinta de ser una cosa del montón. Pero la película tiene un encanto innegable, apoyada en una estética que se pretende realista, lejos de la poéticas balaceras que, en muchos films de Johnnie To, son casi su firma (si no vieron Exiled, mejoren ya su calidad de vida y vayan a buscarla URGENTE). Por último, Punished –que tiene de nuevo a Anthony Wong como protagonista- es una película sobre un empresario al que le secuestran a su insoportable hija. Obviamente, la cosa se termina encarajinando y prima más la necesidad de venganza que la de resolver el asunto. Es más fácil de emparentar con parte del cine de Johnnie To, aunque también tiene –a través de todo este asunto de la revancha- un espíritu similar al del cine surcoreano de venganzas. Eso es lo raro de Punished: es una película hongkonesa que tiene claramente idiosincrasia local, pero que recibe coletazos innegables de ese otro cine de moda asiático. Esto no significa que sea un sub-Oldboy, nada de eso, porque el film tiene una identidad propia que, contradictoriamente, se nuclea dentro de una identidad colectiva, ya que tiene elementos (cierta parquedad en la acción sumada a una mirada melancólica de un pasado perfecto que se convirtió en un presente miserable) que la emparentan con parte del cine de Milkyway.
Lo cierto es que, a fin de cuentas, Milkyway es un laboratorio extraño, capaz de producir films complejos como los de To (muchos de ellos incluso difíciles de vincular a priori), pero a los que se les reconoce una filiación. Milkyway es un árbol en el que Johnnie To (para continuar con la metáfora botánica) puso el tronco central que invariablemente contagió al resto de sus compañeros, lo cual no necesariamente significó más de lo mismo. Hubo frutos podridos (busquen sino por internet la polémica To versus Patrick Yau), hubo otros sabrosos y algunos amargos, pero todos los directores que laburaron (y laburan) en Milkyway parecieran sentir la sombra de To más como una aliciente que como una carga.

Breve comparación: es histórica la anécdota de cómo Hayao Miyazaki salió criticar en forma negativa a su hijo, Goro Miyazaki, cuando estrenó su primera película, Cuentos de Terramar, diciendo que era flojísima. Hay que decirlo: Terramar no está mal, y su última película, From up on Poppy Hill, de hecho, es una película enorme. Pero es evidente que la sombra de Miyazaki (que por suerte no contagió ni un poco a Isao Takahata, su socio en Ghibli), salpicó negativamente al pobre Goro, que, con seguridad, entendió ese comentario destructivo como una sombra que amenazaba su carrera a posteriori.

En el caso de To y Milkyway, podría decirse que sucede justamente lo opuesto, no sólo porque a los directores que trabajan allí se les nota –a través de sus películas- una libertad creativa total, sino porque sienten el alivio de ser respaldados por un tipo del calibre de Johnnie To, y sólo mediante esa libertad pueden salir a sumar, sin miedo a pasar papelones ni a ser sometidos a juicios destructivos. Porque To acompaña en todo el proceso creativo, y no espera ver el resultado final para prender el ventilador. Obvio, esto es una conjetura y no tengo ni idea cómo será una reunión de producción en las oficinas de Milkyway, pero por la calidad y la amplitud temática de las películas que surgen de esa productora, es obvio que To es un tipo que quiere darle alas a directores que merecen voz propia en el atestado mercado del cine oriental. Y gracias a esa libertad, obras maestras como Motorway ven la luz. Por dirigir, y por dejar dirigir a los demás, gracias To.