El reinado del cine narrativo en salas oficiales ha desplazado históricamente la posibilidad de nuevas formas. Más específicamente, el formato experimental casi no ha tenido cabida, pese a que ofrece propuestas con enormes posibilidades de exploración con la imagen, e importante riqueza tanto visual y sonora como conceptual. En tal sentido, el estreno de Réquiem para un film olvidado, de Ernesto Baca, ofrece lo que podríamos pensar como una presentación del cine experimental. Dicho lenguaje se presenta a sí mismo por medio de un entramado que incluye una historia – como débil estructura de relato – , montaje de fragmentos de material previo del director, la apoyatura conceptual e ideológica en el famoso texto de 1967 La sociedad del espectáculo de Guy Debord, y un posicionamiento concreto a favor del formato fílmico en la contienda fílmico vs. digital. El versus es explícito, y la realización de una obra cinematográfica por medio de una cinta que se desplaza, Baca la expone como paraíso perdido. Pero también como muerte y posible resurrección.

Réquiem para un film olvidado se organiza en torno a hechos puntuales de su vida, sobre todo los que tienen que ver con el cine: sus estudios, sus maestros – entre los que cuenta especialmente el genial realizador Claudio Caldini – y quienes le han ayudado en su camino a través de los años con las imágenes. Pero la ficción de su vida se completa con una historia autorreferencial que se nutre del absurdo, en una integración de mundos que confluyen en inquietudes puntuales.

¿Cómo se presenta, desde la forma, el universo experimental? Los fragmentos de trabajos previos, que incluye material entonces descartado de los cortes finales, se integran formando un entramado perceptual. La unión de los mismos no se realiza solo a través de montajes y falsos montajes, sino que la organización del conjunto lo estructura un relato en off a través de la voz del mismo Baca. Una alocución concebida desde el máximo despojamiento de las directrices desde las que puede pensarse un relator de una historia. La misma se cuenta de un modo desafectado, por momentos lejano. Dicho registro integra alusiones al texto de Debord en relación sobre todo al  arte como mercancía.

La materialidad de tal alocución resulta, de tal modo, directamente proporcional al microclima experimental de la obra. De este modo, el director va uniendo por medio de la voz un entramado antinarrativo que se compone de los mencionados fragmentos y de imágenes ficcionales con su propio cuerpo puesto en la pantalla como un alter ego de sí mismo, acompañado de su madre, interpretada por la actriz Susana Varela. Dicho personaje, por medio de lo que denomina Proyecto Argenta, se aboca a la fabricación de material fílmico en modo alternativo. El fílmico no debe morir; para ello, y a modo de mensaje trascendente, el Baca personaje se suicida, y su cajón tiene la forma de un cartucho de fílmico. Su propio cuerpo como metáfora de una era que se termina. Pero  Baca apuesta a la resurrección del fílmico por medio de una metáfora final de trascendencia. Por lo tanto, el experimentalismo es expuesto a través de sus imágenes, aunque la estructura es la de un relato con ciertos anclajes narrativos, con una apuesta al absurdo y a las disrupciones en la imagen. Por lo tanto, el esqueleto de la película dista de ser experimental, por más que lo experimental se encuentre todo el tiempo como tema.

En tal sentido, resultan esclarecedoras sus palabras en la película, sobre su carrera: “Cuando estudiaba cine, pensaba que había un tipo de narración que tenía que seguir. Un cine al que ya veía repetitivo en sus formas. Un cine de masas para las masas. Pero en estos filmes no encontraba un reflejo donde mirarme. Llegaba el momento de ver un cine diferente, un cine capaz de desnudarnos las apariencias, de mostrar frágiles estructuras por las cuales el ser humano intenta subsistir con dignidad. Era una época de muchas preguntas. Eso nos llevó a investigar qué es lo que le da valor a las cosas.”

El acontecimiento inaugural en que se apoya como disparador Réquiem para un film olvidado data del 12 de diciembre de 2012, cuando los laboratorios Kodak deciden dejar de fabricar el fílmico. La tesis de Baca parece ser la elaboración del duelo, no exento de una nostalgia de aquel formato que nunca terminará de perecer. La contracara de dicha tesis, por demás explícita, resulta la interesante paradoja de la propuesta: para poder pensar los formatos previos al advenimiento del digital, los mismos son expuestos en la película a través de la exposición de su granulado, las imperfecciones, sus devenires preceptuales, sus trabajos por medio de texturas que si bien se le deben al fílmico, es por medio del digital que en este momento se encuentran en condiciones de exponerse y sobre todo manipularse de una forma que resultaba imposible por medio del material analógico. Si hay algo que inaugura el digital es una era de la impunidad de la imagen por medio de las posibilidades de manipulación de la misma, además de una socialización mayor en las posibilidades económicas de hacer cine.

¿Se puede medir la impunidad que autoriza el digital en términos cuantitativos? En principio, la era digital en cine es muy joven como para hacer un balance. En términos ideológicos, el dominio de la técnica le confiere un poder mucho mayor a quien manipula el aparato de base, un poder que se puede inferir tan monstruoso en principio, como tentador para mucho realizador joven – y no – con universos simbólicos del siglo veintiuno.

Una frase de Ernesto Baca en Réquiem para un film olvidado puede servir de disparador para pensar de aquí en más las posibilidades de la imagen: “No busco público: busco testigos”. La búsqueda de público es búsqueda de masividad, es pretensión de llegar a una mayoría que pide lo mismo, es ceder a las concesiones en las imágenes. La actividad del testigo es en cambio solitaria, fuera de cualquier búsqueda de consenso. Es un momento en que el sujeto espectador se encuentra con el objeto, con las posibilidades infinitas de crear a partir de lo que ve, él mismo un mundo: el mundo.

Réquiem para un film olvidado (Argentina, 2017). Dirección: Ernesto Baca. Guión: Ernesto Baca. Fotografía: Sebastián Tolosa. Montaje: Amado Casal. Duración: 66 minutos.