Como a los yanquis con Vietnam, o a nosotros con la dictadura, a los españoles todavía les queda mucho por contar sobre su guerra civil. Y en este caso, La trinchera infinita pone la cámara lejos de los hechos históricos más resonantes de la posguerra acontecida en España, y que por supuesto coincide con la sangrienta tiranía del dictador Franco. Esta película dirigida por Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregui, y premiada en varios festivales europeos desde su estreno, elige una mirada “novedosa” que se basa en hechos reales. Se trata de la vida de Higinio, un hombre que teme ser asesinado por las tropas falangistas y decide esconderse en su propia casa, durante treinta años y casi dos horas y media de sombría película.

El contexto de esta propuesta resulta chico, muy recortado; porque, más allá de algunos datos bien claros, para los desentendidos o poco estudiosos la película se encierra en casi un problema doméstico, y no da real magnitud del gigante que enfrenta el protagonista. Incluso cuando, en los primeros minutos, Higinio casi logra escapar pero se detiene frente a un escenario casi desértico, pareciera ser que el problemita a resolver es cómo atravesar esa longitud que con ningún artilugio se propone infinita. Todo eso le juega a favor al espectador no conocedor del tema, y le propone pensar hasta qué punto se trata de otra mirada sobre la guerra civil, o más bien lo impulsa a preguntarse qué pretende decir esta película. Y no es que esté mal, no es que la película debiese documentar y explicar el contexto político. Pero toda esta data escasa, sumada al encierro que propone ―que funciona perfecto, y hasta algún punto tortuoso―, termina por reducir el terror macro de pensar en Franco y en los cientos de miles asesinados durante la guerra civil a una experiencia individual. Durante La trinchera infinita, el espectador lentamente va fijando los ojos en ese vecino cristiano que se la pasa encerrado al aire libre, esperando delatar a Higinio. Es casi un mano a mano, una contienda de dos, que si no fuera por ciertos detalles podría acontecer en cualquier parte del mapa, con cualquier hijo de puta con botas reinando.

Como separado en capítulos, este denso y oscuro film se corta con fundidos a negro, en los cuales se leen definiciones sobre terminologías específicas de la guerra civil. Realmente, en casi la totalidad de los casos, no hacen falta. Detención, Peligro, Encerrar, en España o en cualquier parte del mundo suponemos que significan lo mismo. Y cuando uno de estos separadores define la palabra “Franco” ―que significa sincero, que habla con claridad, sin tapujos― termina por redondear la impresión de que los fundidos negros están bien, pero las definiciones tontamente de más.

Si esto último ―que el adjetivo «franco» significa todo lo contrario de lo que cualquier buen tipo debe pensar de ese hijo de puta― es una herramienta pobre, en el mismo sentido corre otra escena que también se vuelve innecesaria y casi injustificable. El protagonista y su esposa cambian de escondite a principios de la película. En este segundo búnker, ambos se sienten más protegidos. Incluso el vecino cristiano intenta ingresar y no puede; y para por fin lograrlo genera un quilombo tal que lo escuchan hasta las tropas yanquis dispersas por el mundo. La cuestión es que, promediando la película, ella se va por un tiempo prolongado, y él queda solo escondido entre las paredes. En apariencia, la casa está vacía. Es ahí cuando, en una subtrama que incluso desaparece sin más, dos hombres se escurren en la casa para tener sexo. Queda clarísimo que, durante la dictadura de Franco, los homosexuales no podían andar tranquilos, pero la escena juega en contra de varias cosas: de la dificultad que se pretende construir en relación al vecino sorete y su necesidad de comprobar el escondite de Higinio, y hasta incluso del terror mismo que personas con preferencias sexuales similares debieron sufrir durante aquellos años de mierda. Lo que no se refuerza, en tiempos donde todavía hay malnacidos que veneran a estos asesinos, termina siendo un disparo en contra.

Las actuaciones, en su totalidad, son más que aceptables. Pero el papel de Rosa, interpretado por Belén Cuesta, sin duda es el más difícil y el más logrado. En ella reside la verdadera angustia de la película. El protagónico de Antonio de La Torre es correcto, pero a medida que avanza la historia, los años que transcurren narrativamente hablando, la sensación de temor en él se va perdiendo. Esa sensación, sobre todo en el final cuando el argumento pretende justificar en el miedo su imposibilidad de salir ―ya dictada la amnistía―, termina de fracasar.

¿Qué es lo que La trinchera infinita realmente quiere contar? La película termina cuando los personajes se deciden a cruzar la puerta, a salir al sol, cuando la película jode en los ojos con la ansiada claridad. Para los conocedores de la historia española, por lo menos para los que no repiten la historia oficial pretendiendo que esta trinchera se tapó, la contienda continúa. Entonces pareciera que esta película, que todavía necesita hablar sobre lo más oscuro de la historia española, propone, como Rosa a Higinio, bajar los brazos y pretender que ya fue. Si existiese una parte dos, y le concedemos un poco de longevidad a los personajes, Higinio y Rosa estarían de vacaciones frente al mar, mientras Feliz VI y Pedro Sánchez protegen al Capital, en lugar de a la vida de sus coterráneos. Y si no fíjense lo que tardaron en reaccionar al actual Coronavirus: al momento de esta crítica, 47.000 infectados. Al lado de Franco bastante poco, pero esto recién empieza.

Calificación: 5/10

La trinchera infinita (España, 2019). Dirección: Aitor Arregui, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga. Guion: Luis Berdejo, Jose Mari Goenaga. Fotografía: Javier Agirre. Montaje: Laurent Dufreche, Raúl López. Elenco: Antonio de la Torre, Belén Cuesta, Vicente Vergara, José Manuel Poga, Emiliano Palacios. Duración: 147 minutos. Disponible en Netflix.