Elegir es un verbo clasista. Asociado a la tradición burguesa, solo pueden alcanzar y gozar de determinadas posibilidades materiales e institucionales quienes previamente, bajo los efectos de una acción, han obtenido una mansa fortuna –sea producto de una herencia o del trabajo bien remunerado –. Fortuna equivale a capital, a éxito, pero también a una suerte favorable, a sucesos circunstanciales y a encadenamientos causales que pueden devenir en desgracia. Elige el que tiene capital para hacerlo. Y el capital es la síntesis del poder. La tía March le recuerda a Jo que una mujer para decidir y abrirse paso en el mundo debe contraer matrimonio o ser una solterona ricachona. La elección es una ganancia tributaria y azarosa. Se paga el precio de la libertad mediante un acto civil o se cuenta con la suerte de ser descendiente de la alta alcurnia.

El matrimonio como propuesta económica es mercenario. Amy March plantea que siendo mujer con ambiciones de artista plástica no encuentra manera de ganar su propio dinero, no al menos el suficiente para sobrevivir y mantener a su familia. A su vez le confiesa a su amigo Laurie, en tono confrontativo, que en caso de obtener su propio dinero este sería propiedad de su marido en el preciso momento de la boda. La propiedad privada abarca bienes materiales y simbólicos: el dinero y los hijos pertenecen al esposo.

Mujercitas de Greta Gerwig marca un punto de inflexión respecto a las anteriores transposiciones: las protagonistas no son ingenuas, sino mujeres revolucionarias que asumen el desafío de trascender en la vida bajo la estela de sus propios trabajos creativos. La subjetividad feminista emerge mediante la frase “matrimonio como propuesta económica”. El acceso al poder de elección no sólo es clasista, sino también patriarcal. La mujer es una desposeída, ultrajada previamente a la unión matrimonial; se le niega el derecho de pensar, de expresarse, de seguir el tren de sus deseos y de ser. El profesor de la escuela le propina unos cruentos golpes en la mano a Amy March por dibujar en clase. La tía March le prohíbe el viaje a Europa a Jo por no comportarse del modo esperado. Y el destino termina arrebatando la vida de Beth por haber ido a cuidar a los niños pobres del pueblo que padecían escarlatina.

El castigo como herramienta social para el retorno de las conductas a su cauce “normal”. La desposesión como principal arma de utilidad para este fin. Gerwig contribuye al crecimiento de la subjetividad feminista al mostrar mujeres que sufren el embate del patriarcado y la ley de incompatibilidad económica. Las hermanas March, antes que mujeres, son de clase media-baja y padecen los avatares de la pobreza. Al igual que Christine en Lady Bird (2018), las hermanitas March sienten pudor de su identidad de clase. Christine solía decir que vivía en “el lado equivocado de las vías”, mientras fantaseaba con estar en el barrio residencial de Sacramento. Meg March confiesa haberse cansado de ser pobre y desea tener acceso a los vestidos de seda.

Sin embargo, la conciencia de clase siempre pisa más fuerte en la obra de Gerwig. Sus protagonistas, luego de haber estado entre la espada y la pared, y haber experimentado la vida de la clase alta –sea yendo a un baile o a la mansión palaciega de una amiga – se solidarizan con sus pares, no confrontan a los de su clase, sino que se reconocen con orgullo como mujeres que provienen de un seno más humilde, donde los estudios universitarios no son tan accesibles –Christine en Lady Bird se presenta a una beca de estudio porque sus padres no pueden pagar la universidad a la que ella desea asistir–, y donde las oportunidades para brillar como escritora o artista están restringidas –en Mujercitas, Jo se corta el cabello para luego venderlo y así poder abonar el pasaje de tren a su madre debido a que sus cuentos todavía no costean lo suficiente–.

Greta Gerwig logra con solidez trabajar la cuestión de género y de clase en sus dos películas. En el caso de Mujercitas no elige un relato lineal, sino que opta por saltos temporales. La eficacia se concreta mediante el uso del raccord (un primer plano de Jo durmiendo, un plano general de un ático, un plano medio de Beth recostada), el cual permite articular el vaivén entre pasado y presente y, a su vez, presentar un contraste entre dos realidades diversas. El pasado muestra el hogar de la familia March con mucha calidez, repleto de sonrisas, delineado por las travesuras de las hermanas; la inocencia de la niñez en todo su esplendor. El presente, por su parte, es parco, hostil, lleno de colores fríos y apagados, son imágenes que presentan un duelo: el pasaje de la niñez a la adultez no cuenta con la transición de la adolescencia, sino que se crece de golpe. Gerwig demuestra que las niñas en 1868, año en que fue publicada de la novela de Louisa May Alcott, eran simplemente niñas y lo que las convertía en mujeres era el contraer matrimonio con un hombre. Un pasaje de estadio sin transiciones, ni lugar a los procesos, a las mujeres no les quedaba otra opción más que la oportunidad del casamiento para sobrevivir y ser alguien en la vida, ya sea porque se era muy pobre o porque simplemente se encarnó en un cuerpo femenino.

Otra de las temáticas recurrentes en la obra de Gerwig es el trabajo creativo de las mujeres. Christine en Lady Bird suspiraba diciendo “quisiera vivir a través de algo” y Jo March en Mujercitas confiesa “quiero ser dueña de mi libro”. La ambición femenina por concretar un sueño de modo independiente suele confundirse con la codicia por parte de la sociedad. Pareciera que el talento femenino es un pecado mortal, una especie de estigma desagradable por lo que en el club de los genios sólo se admiten hombres –como ironiza Amy March en Mujercitas–, y esa decisión –porque recordemos que la elección es clasista y patriarcal– es determinada por otro conjunto de hombres, pertenecientes a una clase social elevada. Las protagonistas de las películas de Gerwig desean ser grandiosas por su talento, ambicionan ser reconocidas escritoras, artistas o pintoras.

Podríamos incluso señalar que las protagonistas de estas películas son alter-egos de la propia Gerwig. En el personaje de Jo March se entremezcla la propia historia de Louisa May Alcott y la de Greta como directora: “siento que las mujeres tienen mente y tienen alma al igual que corazón. Tienen ambición y tienen talento, así como belleza. Y ya me harté de que muchos digan que el amor es lo único para lo que servimos. Ya me harté de eso. Pero, también, me siento muy sola”. Louisa May Alcott nunca contrajo matrimonio y siempre mantuvo una posición de activista social, manifestándose en contra de la esclavitud y apoyando con ahínco el sufragio femenino. Gerwig decide retomar este aspecto de la vida personal de la autora estadounidense para imprimírselo como rasgo principal al personaje de Jo March. Los finales felices, sinónimos de consolidación romántica de una pareja heterosexual bajo la lluvia, son puestos en ridículo en esta versión de Mujercitas. La auténtica historia de amor es la de la mujer descubriéndose como dueña de su propio ser y autora de sus propias obras. La mujer escritora imponiéndose en un mundo dominado por hombres, haciendo respetar sus derechos autorales, e intentando vivir de su vocación. La vocación de Gerwig es construir historias personales, reflexivas, intimistas; la de Louisa May Alcott, Christine y Jo March sigue el mismo cauce. La revolución de esta nueva transposición de Mujercitas es la de poner de manifiesto que el talento no es genialidad, sino orgullo de lo que como mujeres somos capaces de realizar, conseguir y concretar. Como dice la canción de César Isella, interpretada por Mercedes Sosa: “es que yo soy, esa que soy, la misma nomás. Mujer que va buscándose en la inmensidad”.

Calificación: 8/10

Mujercitas (Little Women, Estados Unidos, 2019). Dirección: Greta Gerwig. Guion: Greta Gerwig (basado en la novela de Louisa May Alcott). Fotografía: Yorick Le Saux. Montaje: Nick Houy. Elenco: Saoirse Ronan, Florence Pugh, Emma Watson, Eliza Sacnlen, Laura Dern, Thimotée Chalamet, Meryl Streep, Louis Garrel, Chris Cooper. Duración: 135 minutos.