la chambre bleue teaserLa mujer, hembra de deseo postergado desde la adolescencia (el muchacho no se animó porque era más alta que él y más atlética), muerde, en las tardes fogosas en el cuarto azul, y la sangre del macho cae sobre las sábanas furtivas y mojadas haciéndole perder la virginidad. No la física, perdida hace mucho tiempo –él está casado, como ella, tiene una hija, ha tenido amantes- sino la emocional, de la que tardará en darse cuenta; le lleva una parte de su vida y casi toda la película.

Magnífico Simenon por Mathieu Amalric el de El cuarto azul. Una joya en miniatura de hora y cuarto, la obra de un orfebre meticuloso y dedicado, lucidez en la narración y desamparo y emoción entre los hilos secretos de la secreta historia que narra.

Esa quietud de las casas y de los campos, ese silencio tan francés, tan europeo en realidad. Esa Europa que “nace en los Pirineos”, según se dice, yendo desde el sur. Por debajo, poco menos que Africa en la visión del hombre del norte: los países del sur, el violento sol que incendia la piel y revela el tumulto de la sangre y el grito y el sexo.

No en Francia, donde lo mismo es un murmullo entre gente que intuye, algunos saben y la mayoría calla. Esa pulcritud, ese silencio que hace preguntar(se) al viajero (no al turista) y al forastero sobre qué hay detrás de las eternas flores en las ventanas, quién vive en medio de esa serenidad aparente, cómo son esas vidas que apenas intuimos entre el imperativo orden cotidiano.

El beso, el primer beso de los amantes en el bosque –aquél tan postergado, que llega veinte años después- es Vértigo cuando el beso con la rompiente del mar detrás, dos paisajes fuera de las convenciones sociales, y Amalric lo sabe a través de su encuadre y el tempo impreso a la acción, y el músico también con su orquestación alla Bernard Hermann. Así construye el orfebre su obra, con precisos y preciosos momentos de inspiración y reconocimiento: como la madre/suegra que se vuelca sobre el amante en el juzgado, sobre la cámara y sobre nosotros, amenazante como toda madre hitchcockiana.

La Chambre Bleue 1

¿El marido de la amante murió por sus dolencias o fue asesinado por ella para quedar libre; la mujer del amante fue envenenada por él por la misma razón; o fue su competidora amorosa, o la madre del marido de ésta, por venganza; y si fue suicidio?

De estas minucias leguleyas se ocupan la policía, el juez de instrucción, el jurado durante el juicio oral, el espectador rutinario en la sala de cine, y el público de esa ciudad de provincias que, por una vez, tendrá algo para recordar. Un entretenimiento de feria en sus aristas más vulgares.

Simenon, y Amalric a través de una atenta lectura del mundo del formidable escritor belga, cuentan otra cosa. ¿Por qué no el suicidio de la mujer del amante, tan enamorada perdida de su marido como la otra? Esa mirada anhelante cuando él la besa, fugaz. Esa desnudez predispuesta, al regreso de la imprevista función de cine (esa cita del matrimonio señala la rígida conducta de los días, pareja de cita fijas para el cine y para la sexualidad).

También: ese juez de instrucción de obstinada y educada conciencia de su rol de garante del orden. ¡Ese plano increíble con los hombros desnudos del hombre frente al ventanal atizado por la lluvia!, de imposible sexualidad, anulada por su cartesiano pensamiento sobre los presuntos crímenes, y por ese anillo matrimonial ostentoso mientras revisa legajos y palabras y situaciones del amante acusado. “No guardó la percha” (donde estaba la nueva camisa limpia) –le dice la asistente judicial, reforzando el orden y la pulcritud social. Si el amante –monumental Amalric en su faceta actoral-, entre imágenes de su vida pasada y el peso de lo que aún no comprende, es la representación de la lucha interna que lo ha alcanzado al haber sangrado sus hasta ahí protegidas emociones, el juez es la representación del statu-quo estructurado fuera de las pulsiones del amor, del sexo, de la emocionalidad.

Les-bonnes-femmesY hasta del crimen posible, que no le han faltado ganas al amante de matar a su mujer. Se le va la mano en el juego con ella en el mar, para su desconcierto y para el miedo de ella (Chabrol y su Les bonnes femmes, presente con la escena de la piscina que Amalric evoca); se le va la mirada, como en tanto Hitchcock, cuando su esposa está arriba de la escalera, y casi la hace caer. Deseos de resolución del conflicto irresoluble que lo aqueja.

Porque la historia más importante y oculta que cuenta El cuarto azul es la de un hombre negado a admitir que su antigua vida se ha ido al carajo. Que la lucha por mantener el statu-quo antiguo es inútil. Que la conservación de las formas no torcerá el rumbo del nuevo camino. Amalric lo pone en escena en la secuencia más misteriosa y elusiva de la película:

El juez retoma las preguntas judiciales a un hombre con su atención puesta en una silla a su lado, vacía, donde en una instancia anterior estuvo su amante, juntos frente al mismo juez. Si en anteriores interrogatorios la respuesta del hombre fue la mirada perdida, y en ocasiones la resignación; y en otros la repentina aparición en su mente de la mujer en el cuarto azul, deslumbrantemente desnuda, ahora es la silla vacía. El juez, de pronto, calla, se levanta, va hasta la silla, y la coloca fuera del alcance de la mirada del amante. Ha comprendido -y también es el primer atisbo del acusado sobre lo que verdaderamente le pasa- que la ausencia de la amante está demasiado presente en la vida del hombre.

Mientras llegan las sentencias, la película navega por esas aguas a través de las aguas de la mirada de Amalric actor, descomunal en la solitaria comprensión del momento de abandonar el viejo orden. Hay una dulce y triste conciencia de lo que no fue, y una dulce y modesta felicidad de su nuevo lugar, al fin aceptado. La mira a ella, el amor desde el tiempo en que lo ignoraba, por primera vez desde que todo parecía haber terminado. Esposan a los amantes, los engrillan digo, y los esposan, reitero sin agregados. La gente sale, la sala del juzgado queda vacía, la puerta enorme se cierra.

La película se cierra. El piano galopa en la banda de sonido como los corazones de los amantes, y acaso como en el de algunos espectadores, quizás preguntones: ¿de qué los acusaban, por qué los condenaron?

Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva y otro de Darío Cosenza sobre la película.