“Esta es la misma historia que merece ser contada una y otra vez”… algo así le dice el personaje de Sam Elliot (Bobby) al de Lady Gaga (Ally) en el final de la película y da en la tecla: la narrativa. Si hay algo en que los yanquis son insuperables en el siglo XX es en sus narrativas. Las literarias primero, y las cinematográficas después. De eso se trata Nace una estrella: contar a modo de tercera remake (sin contar What Price Hollywood? que no lleva el título original si bien sigue los mismos pasos), la misma historia del american dream con el matiz transversal de la love story.

American dream, love story, sí, en inglés hay que decirlas porque son categorías epistémicas ya, de esa narrativa yanqui que cobra casi siempre su máximo esplendor cuando brota de sus narradores del sur o de sus historias sureñas. Y aquí no es la excepción: Bradley Cooper además de cantar bien, narra muy bien y filma muy bien. Y Nace una estrella es un digno ejemplo de ello.

La historia es la de siempre aunque barnizada: Jackson Maine (Bradley Cooper), un cantante-estrella de rock-folk cuarentón, en plena actividad, alcohólico y drogadicto, solitario, que sólo tiene a su hermano mayor (Bobby) en el mundo, con una simiente autodestructiva en su vida desde los 13 años de edad, se enamora de Ally, una chica de clase media trabajadora estadounidense de New York con un talento inmenso que jamás tuvo la oportunidad de demostrar.

Jackson, después de una extraña noche de copas y sinceridades, le da esa oportunidad. ¿Por amor? ¿Por egoísmo? ¿Por redención? ¿Por calentura? ¿Por talento? ¿Por soledad? ¿Por vicio? ¡Qué importa! ¡Se la da! Y Ally la aprovecha de manera temeraria siempre sostenida en su impresionante talento.

Allí es donde la narrativa de Cooper marca su compás progresivo a lo largo de la trama: a medida que Ally asciende en todos los niveles, Jack se destruye más y más. El amague de recuperación es apenas eso, un falso amague que potencia aún más la capacidad autodestructiva de un tipo ya destruido.

Todo, entonces, en la película, se asienta para ver si el amor salva (love story) o termina de destruir… en el medio, las cotidianidades, la música y el éxito (american dream). El plan de Cooper es simple y efectivo: presentar de manera rasante, íntima por momentos, a dos personas que se encuentran por accidente en la vida y viven el día a día como pueden, en un mundo donde nadie, aparentemente, vive como quiere por más éxito que tenga.

En ese como pueden está el combustible de la historia. En ese como pueden las feministas (¿anti milletistas?) encontrarán, por ejemplo, a Jackson como el típico macho en decadencia que necesita revitalizar su poder perdido ponderando (desde él y para él) a una talentosa chica adorable y sumisa que le va a deber todo por más presente o ausente que esté, por más daño o amor que haga… En ese como pueden los que se aburren de la rutina tan actual “de género” verán a Jackson como un pobre tipo que nunca supo como vivir una vida marcada por el éxito y el talento, y que a modo de arrojo quijotesco le da una oportunidad a una cantante fabulosa donde la simbiosis (¿el amor?) que se genera entre ambos apenas lo mantiene un tiempo más con vida… quizás el mejor tiempo de su vida.

Poco importa. La lección moral en la película es mínima y eso es un acierto: no predica. Los hechos hablan por sí mismos. La narrativa impera desde la consecución de acciones de dos personajes con una química tremenda, y no desde el mesianismo de la moralina hollywoodense.

Sí, la química que hay entre Lady Gaga y Bradley Cooper se asume en la película de manera más que atractiva. Los primeros planos de Cooper lo hacen notar siempre. Verlos interactuar tanto en los escenarios como debajo es realmente placentero por más drama, golpes bajos o irregularidades en el guion que puedan aparecer en unas dos horas que parecen apenas 15 minutos. Pues de eso se trata contar, una vez más, la misma historia: contarla y contarla bien. Que el espectador se quede de ella con lo que quiera pero que la perseverancia de esa narrativa haga del espacio y tiempo (cinematográfico al menos) un lugar epicéntrico de conjuro.

Y algo se conjura en esta película de Cooper… Todavía no sé muy bien qué, pero algo se conjura y eso siempre termina siendo lo verdaderamente importante en el cine. Lo que de esta película siempre va a sobrevolar -¿cómo en Forrest Gump (1994) quizás?- por más que tenga 200 nominaciones para los Oscars que se vienen en febrero.

 

Nace una estrella (A star is born; Estados Unidos; 2018). Dirección: Bradley Cooper. Guion: Eric Roth, Bradley Cooper, Will Fetters. Fotografía: Matthew Libatique. Edición: Jay Cassidy. Elenco: Lady Gaga, Bradley Cooper, Sam Elliott. Duración: 136 minutos.