Un peculiar grupo de talentosos, pero desconocidos, ilusionistas, es convocado de manera misteriosa. A partir de allí, se hacen llamar ‘Los Cuatro Jinetes’, y se vuelven extraordinariamente famosos. Y, en la cresta de su fama, anuncian que darán tres shows consecutivos que representarán un antes y un después en la historia de la magia. Para demostrarlo, en el primer show roban un banco como parte del espectáculo. No es una ilusión, el banco ha sido efectivamente robado, pero no hay lógica que pueda vincular con certeza a los magos con el robo. La policía, no obstante, los detiene, pero no tienen pruebas contra ellos y deben dejarlos ir. Los Cuatro Jinetes doblan la apuesta y estafan públicamente a un magnate cuya fortuna proviene de dudosas fuentes. En un caso como otro, el dinero robado es para la audiencia, no les interesa quedarse con el botín. Así es como se convierten en una especie de ‘Robin Hood’, ganándose el favor y cariño de su público. El caso es asignado al escéptico agente del FBI quien, junto a la crédula representante de la Interpol, debe detener a estos magos antes de su último truco. Sin tener idea de cómo avanzar, el agente del FBI recurre a Taddeus Bradley, un mago veterano que se dedica a desenmascarar los trucos de los grandes ilusionistas, pero la ayuda proporcionada no alcanza para evitar que se lleve a cabo el tercer golpe, y los magos consiguen burlar a la policía y al FBI frente a las multitudes embelesadas, que no dejan de ovacionarlos.
 
Aunque íntegro, este resumen deja afuera varios golpes de timón medianamente imprevisibles, y unas cuantas otras sorpresas medianamente afortunadas. Pese a su sólido argumento y tantísimos aciertos, lamentablemente, Nada es lo que parece también tiene algunos errores gravísimos que frustran una experiencia que -de otra manera- podría haber sido grandiosa. Para empezar, el más grave e imperdonable de sus equívocos es subestimar la inteligencia del público. Una costumbre que, al parecer, ya es una tendencia. Tal parece que los guionistas de Hollywood están tan preocupados por el temor de que sus historias no se entiendan, que las explican varias veces. Y todos sabemos que un chiste, a fuerza de repetirlo y explicarlo, pierde cierta espontaneidad y encanto.

 
Nada es lo que parece lo tiene todo para ser una película extraordinaria: personajes carismáticos, actores convincentes, un guión sólido, una herencia hermosa (el cine de atracos, desde Mientras la ciudad duerme –The Asphalt Jungle- hasta La gran estafa -Ocean’s Eleven- pasando por Nueve reinas o Fuego contra fuego, ha sabido dar películas totalmente geniales). Como si todo esto fuera poco, los atracadores son magos con fines nobles, y hasta se permite el lujo de tener una historia de amor y episodios humorísticos. Casi me siento mal en decir que la película, pese a todo esto, no llega a dar lo mejor de sí, pero es lo que siento. Con tristeza y con pesar, es otra película entretenida, para pasar el rato, bastante mediocre, que podría haber sido una obra maestra que simplemente se malogró a fuerza de subrayar todo varias veces. Se entiende que la relación entre el cine y la magia es muy estrecha, no hace falta hacer un guiño cómplice cada vez que esto se sugiere. Se entiende que, para creer en la magia, hay que suspender momentáneamente la incredulidad. Tampoco hace falta que nos lo recuerden. Y, por dios, carece de sentido insistir en que lo mejor de un truco es dejarse sorprender, (sin querer saber cómo fue realizado) para, acto seguido, explicar cómo se ha realizado, incluso, con lujo de detalle.
 
Nada es lo que parece postula una ideología de la magia como desafío intelectual, abordando los trucos con mucha seriedad y respeto hacia el oficio. Se nota que ha sido realizada con gran esmero y amor por el ilusionismo, y todo para, después, echar ese amor por la borda. El gran problema es que quiere captar a la mayor cantidad de público posible, y en esa ambición casi fantástica, se extralimita.