Una película suele enfocarse en los sucesos que involucran a un personaje protagónico (o a un grupo de ellos). Mientras la narratividad se encuentra en sus historias, los personajes secundarios orbitan a su alrededor, aparecen y desaparecen de acuerdo a las necesidades, sus identidades no se construyen más que como datos accesorios en relación con los protagonistas. Son como sombras que acompañan o persiguen, ayudan o distraen del entramado de la historia. Son necesarios pero no autosuficientes, aunque en algunos casos resulten fundamentales.

El gran mérito de Nadie nos mira, la tercera película de Julia Solomonoff (Hermanas, El último verano de la Boyita), no es solamente la de invertir esa ecuación al interior de su película, sino de sostenerla durante todo el relato. Construye toda su ficción narrativa focalizando en la vida de un personaje al que convierte en protagónico, pero que funciona como personaje secundario en la vida de otros. La ausencia de identidad del personaje no está dada exclusivamente por lo que se observa en la superficie –su condición de homosexual, o de latino en los Estados Unidos-. La primera escena puede dar lugar a ese equívoco. Nico (Guillermo Pfening) lleva a la plaza a Theo, el bebé de su amiga Andrea (Elena Roger), y aparece rodeado de un grupo de niñeras, inevitablemente latinas e ilegales como él en esa tierra. Pero incluso cuando parece focalizarse en el tema de la migración, la escena muestra a Nico ya como un personaje secundario: no lo vemos como centro de la escena sino desde la mirada, entre desconfiada y zumbona, de ese grupo de mujeres que cuida niños ajenos.

Desde esa escena, Nico ya es un personaje extraño, que solo girará alrededor de los otros. Un personaje funcional, al borde de no tener una vida propia en la cual anclar el relato. De allí que la película trabaja sobre un continuo descentramiento narrativo, a partir de una dispersión en la que prima lo anecdótico debido a la relación que entabla con el resto de los personajes. Casi se podría decir que Nico es un personaje de uso, alguien que importa a los demás en tanto cumpla una función necesaria. Andrea le confía a su hijo Theo por una cuestión de confianza y comodidad, que nadie más le puede brindar. Petra (Petra Costa), su amiga lesbiana, le subarrenda el living de su departamento; Martín (Rafael Ferro) lo reclama desde Buenos Aires por una historia amorosa que derivó en la partida a Nueva York. Pero unos y otros lo descartan cuando su presencia ya no implica un beneficio. Lo quitan de la historia principal de sus vidas cada vez que Nico, de manera implícita o explícita, reclama un lugar. La repentina ruptura de la confianza de Andrea, el enojo de Petra cuando le propone un matrimonio por conveniencia para obtener su visa, el juego de Martín que llama a su familia después del encuentro con Nico, y hasta la forma en que Fernando (Fernando Frías), el director de cine, le dice que no puede formar parte de su proyecto por imposición de los inversores, hacen que Nico se convierta en un personaje sin lugar, sin espacio propio (no deja de ser llamativo que termine habitando un espacio ajeno, como el departamento que le cuida a Teresa en los tiempos en que no está ocupado por turistas ocasionales).

Hay dos situaciones que definen la idea que la película procura sobre el personaje. Antes de irse a Nueva York, Nico era uno de los actores de una exitosa serie juvenil llamada Rivales –de la que podemos inferir que era también, un personaje secundario-. Cuando se va del país, la decisión de Martín, productor de la tira, no fue la habitual: no mató al personaje sino que lo mantuvo en estado de coma especulando con el regreso. La vida de Nico es la del personaje que se mantiene en estado vegetativo, y que espera que algo o alguien lo devuelva a la vida (o lo mate definitivamente). La otra es la que surge de su entrevista con la agente Kara Reynolds (Cristina Morrison). Ella le dice que no importa que haya sido una estrella en su país y, si un casting previo le había revelado la resistencia a su origen latino, es Kara quien lo explicita: debe mejorar su acento si quiere presentarse a las audiciones. Es decir, Nico debe convertirse en otro, en esos otros a los que secunda si quiere pasar a ser protagonista de algo que se parezca a una vida.

De allí que el título de la película adquiere resonancias múltiples. Alude, por cierto, a la relación con Martín y al sexo furtivo en el baño del aeropuerto –síntesis de los “no lugares”- y que se contrapone con la naturalidad y delicadeza con la que el resto del entorno trata con la homosexualidad de Nico. También a esa ilegalidad permitida de los latinos, que se elige no ver hasta que alguien lo advierte. Y a esas pantallas desperdigadas en los negocios, pero que a pesar de todo no quieren, mas que no pueden, ver lo que ocurre en sus pasillos. Y a ese pasado que Nico intenta ocultar o borrar para ser otro. Pero la sensación más potente es la que liga el título a ese lugar secundario que habita Nico: nadie lo mira, nadie atiende su vida. Por eso no resulta extraño que los momentos de mayor intensidad, aquellos en los que asoman rastros de su posible vida, sean los momentos en que concurre a los clubes nocturnos gay-trans en busca de sexo ocasional, o en ese paseo de Halloween en medio de disfraces y antifaces que oscilan entre el mostrar y el no mostrar.

Y no es casual que sean justamente las miradas de los otros las que ponen en juego los cambios del personaje. El contraste entre la actitud de Pablo (Marco Antonio Caponi), su antiguo compañero televisivo, cuando ve una pequeña parte de la vida real de Nico –la suela despegada del zapato, su trabajo como mozo en un bar- y la de Andrea –cuando lo ve robando en los mercados para sobrevivir- es el que establece parámetros diferentes de relación, aún cuando hable más de ellos que de Nico. Sin embargo, este último caso es el punto de partida para un descenso final del que solo la partida se intuye como solución. Que le quiten la mirada de Theo, ese bebé que es el único que le ofrece un protagonismo compartido, es quitarle a Nico el único sustento a su vida en esos espacios ajenos. Volver –aunque la película lo resuelve algo precipitadamente y con cierto exceso de optimismo- es la única forma de sacar al personaje del coma para traerlo de nuevo a una vida que ahora sí debe protagonizar.

Nadie nos mira (Argentina/EUA/España/Brasil/Colombia, 2017), de Julia Solomonoff, c/Guillermo Pfening, Elena Roger, Rafael Ferro, Pascal Yen-Pfister, Petra Costa, Cristina Morrison, 102′.