En el cine de Jia Zhang-Ke siempre hay gente yéndose, siempre hay gente viajando, buscando -o huyendo de- algo, volviendo para encontrar algo -o a alguien-. Pero el viaje nunca es feliz. Casi siempre se trata de un movimiento contrario a la voluntad de las personas: una cuidad inundada que obliga al éxodo, un retorno en busca de un pueblo que ya no existe, un derrotero cargado de desolación a cada paso. La tristeza está en el aire y en los cuerpos; en la mirada perdida de Zhao Tao, en la forma apesadumbrada de caminar de Han Sanming, en la entonación de las palabras, que ya no bastan para entenderse. Las imágenes de Naturaleza muerta (Still life, 2006) absorben ese spleen desde el comienzo. La alegría, lejos de alcanzar algún tipo de plenitud, se vuelve pasajera. Son fragmentos, segundos de una canción, que enseguida deviene recuerdo lejano, distante. Igual que los colores que aun se dejan ver entre las ruinas de la ciudad, pálidos reflejos de un antiguo esplendor.

Las imágenes de Naturaleza muerta son únicas, literalmente únicas. No por ese sentido melancólico que lo impregna todo, universal en tanto pérdida y partida, sino por la potencia documental, casi primitiva, que las atraviesa, y por una puesta en escena que opera en la dirección opuesta al concepto que la define, porque lo que en realidad sucede tiene que ver con una quita de escena, con un despojo inducido, que los planos de Jia intentan salvar al fijar el espacio siempre de frente a nosotros, como una postal del derrumbe, como el registro final de ese paisaje que vemos por última vez. Esos planos son vistas, composiciones amateurs en su sentido más pasional – y por ende inconsciente-, que encierran la otra gran inversión de la película, aquello que la vuelve sublime y que no es otra cosa que el tiempo: en los actos de esos hombres que golpean una y otra vez la piedra con la masa, que tiran abajo incluso las paredes de sus propias casas, lo que se intenta no es matar el tiempo -el ejercicio es llevado a cabo con un ritmo tan cansino como automático- sino retenerlo. O al menos estirarlo todo lo que se pueda.

En Naturaleza muerta lo que sobran son escombros, pero también hay torsos desnudos, cigarrillos, licores y caramelos. Materiales dóciles que al consumirse suavizan tanto la búsqueda como la espera. Y aunque frágil y evanescente, provisoria, la película de Jia Zhang-Ke está cargada de esa materialidad reparadora.

El ejercicio, entonces, es político antes que nostálgico. Eso mismo le dice un joven a nuestro protagonista cuando éste le alcanza una caja de cigarrillos Mango -“la mejor marca hace 16 años”-. Pero la corrección del hombre es inmediata: “nos acordamos de nuestro pasado”. El diálogo es mínimo pero central, porque define el sentido de Naturaleza muerta así como el del cine de Jia en general: el recuerdo de lo físico como último refugio de la resistencia en contraposición al paso veloz del tiempo y la consecuente liquidez de la existencia (“una ciudad de dos mil años demolida en dos años”, dirá otro personaje cuando Sanming no logre hallar la casa que busca).

Lo de Jia Zhang-Ke es claro: en su película no hay un mundo que desaparece; hay un mundo al que se lo tapa, al que se lo hunde, al que se lo tira abajo. Y es esa misma transparencia del sentido la que elimina toda interpretación existencial cuando surge la fantasía, con ese ovni que cruza el cielo y desaparece o con el edificio deshabitado que despega del suelo luego de que Zhao Tao cuelga una musculosa en la soga y abandona el plano. Si no se profundiza, si la película no se preocupa por explicar esos acontecimientos, es porque tal vez no se trate de otra cosa más que de un extrañamiento, el del objeto volador en sí mismo y el de los personajes, a los que el punto de vista y la sucesión de planos une de manera sucesiva pero nunca simultánea, y que acaso permite suponer a esa epifanía desatendida como un anhelo al que no se le pueden poner palabras, como un deseo carente de toda significación.

El de Naturaleza muerta es un mundo donde las ruinas de un pasado que se adivina glorioso conviven con los puentes fastuosos, hipnóticamente iluminados, y con las inversiones millonarias de un futuro donde lo humano parece no tener lugar. Una transición que no puede más que generar desencuentros. Pero, aun así, aun cuando Zhao Tao comprende una noche que su hombre no vendrá y decide que lo mejor es despedirse una vez que lo encuentre -baile silencioso a la vez que fuera de campo sonoro frente a las Tres gargantas de por medio-, y aun cuando Sanming entiende que ya no hay lugar para él en ese paisaje a punto de hundirse, un último llamado permite darle entidad a un cuerpo, darle su carga material al melodrama: la canción suena y Sanming persigue la música. Lo que parece una percepción distorsionada termina siendo un rescate, que no alcanza a evitar la fatalidad pero que al menos le otorga a la búsqueda su sentido de reparación identitaria: un obrero sepultado bajo los escombros es rescatado y luego llevado en barca a su funeral.

Para Jia Zhang-Ke el cine tiene que ver con eso: con buscar entre los escombros, en los espacios abandonados, en los territorios que la vida moderna pretende olvidar, lo que queda de las personas, sea esto un paquete de té, un tazón de arroz o el fragmento de una canción. Y en ese sentido, Naturaleza muerta tal vez sea su mayor expresión.

Naturaleza muerta (San xia hao ren; 2006). Guion y dirección: Jia Zhang-ke. Fotografía: Nelson Yu Lik-Wai. Edición: Jinlei Kong. Elenco: Sanming Han, Hong Wei Wang, Tao Zhao. Duración: 108 minutos.