Por Marcos Rodríguez.

Las formas del sonido. Al principio del primero de los planos fijos que componen Ne change rien no terminamos de entender qué es lo que estamos viendo: se escucha la música de una actuación en vivo, en la parte superior del plano vemos puntos muy blancos sobre un fondo muy negro. No es sino hasta que la figura principal empieza a moverse un poco que podemos entender: lo que estamos viendo es un contrapicado muy fuerte filmado desde un costado del escenario en el que está cantando Jeanne Balibar. El nombre de quien canta lo tenemos que conocer por contexto: no se menciona en la película y, en realidad, en ese primer plano apenas si se la llega a distinguir entre las masas de sombras: una luz ilumina su perfil, lo que después vamos descifrando como sus hombros, un vestido de espalda abierta, la curvatura de su columna y hasta sus costillas. El encuadre cubre el escenario y los reflectores que lo iluminan; el público sólo se va a hacer presente al final del plano, con el sonido en off.

Con una propuesta tan definida, todos los elementos que constituyen la película ya están presentes en ese primer plano: el uso de planos largos con cámara fija, el blanco y negro muy contrastado, el trabajo sobre el encuadre y la fragmentación, la atención casi exclusiva (casi obsesiva) sobre la figura de Jeanne Balibar. Hay algo fascinante, algo peligroso, en este viaje a lo que en realidad no es casi nada: Pedro Costa filma la música en lo que la música tiene de trabajo, de repetición, de esfuerzo, de ensayo, de inspiración, de gente sentada probando cosas que no terminan de salir bien. Son pocos los momentos en los que escuchamos canciones terminadas y completas, las actuaciones en vivo (como la que abre la película) que, cada tanto, nos permiten salir a respirar un poco de aire en medio de este trabajo incansable y minúsculo. E incluso en esas actuaciones lo que prima es el trabajo: vemos el escenario y nunca el público, vemos un primerísimo primer plano (casi tan detallista que se vuelve abstracto) de Jeanne Balibar, vemos a Balibar parada tras bambalinas durante una representación en el teatro.

En todo momento de Ne change rien lo que vemos es una lucha: la lucha por intentar crear. Todo encuadre, cada rincón de la película, se define como la búsqueda de un perfil que apenas si alcanzamos a percibir entre las sombras, la batalla por dar forma a una intuición lejana. Los distintos días nos muestran grados diferentes de esa pelea: desde los más básicos (como el largo plano en el que Balibar escucha una y otra vez la base rítmica de una canción nueva para tratar de aprender bien el fraseo de lo que tiene que decir, aunque siempre se enreda en los sincopados y no logra el éxito) hasta prácticamente la victoria, cuando las canciones parecen fluir con total naturalidad (como en el plano que cierra la película, un momento casi improvisado de música a solas). En el medio, cubrimos todos los matices: los ensayos (es particularmente fascinante el momento en el que Balibar practica junto a su maestra de canto para la obra de Offenbach), la discusión entre miembros de la banda, la grabación, las bambalinas de un concierto. Incluso la grabación en un estudio, el momento exacto en el que la música creada pasa a adquirir una forma cerrada, se nos muestra siempre como una operación, como un proceso complejo: una y otra vez escuchamos a Balibar y a su banda cantar con auriculares puestos: ellos están escuchando la base sobre la que sonarán sus voces, pero nosotros no.

En ningún momento Costa nos permite caer en la ingenuidad de creer que lo que escuchamos simplemente es: todo, cada frase, cada ritmo, cada voz, todo lo que escuchamos fue cuidadosamente trabajado, estudiado, ensayado, discutido, repetido, grabado, analizado y sufrido.

El placer de ver Ne change rien no está exento de sufrimiento y angustia: las repeticiones y las duraciones de la película de Costa muchas veces la llevan al borde de la esquizofrenia. El preciosismo visual (impecable) no hace más que sumar capas a este trabajo minucioso sobre la nada. El trabajo sobre la música es, por supuesto, extensible al trabajo sobre el cine. No se trata de que el resultado final no importe. Se trata simplemente de tratar de comprender su verdadera naturaleza.


Ne change rien (Portugal / Francia, 2009), de Pedro Costa, c/ Jeanne Balibar, 100′.