Caetano y el bannerAl principio me preguntaban por qué hacía el documental de Néstor Kirchner. Se ve que todos imaginaban un montón de razones políticas oportunas para hacerlo, y no hablo de obsecuencias; como si estuviera elucubrando a ver si me convenía políticamente o no, o qué ganaba con esto. Hasta llegaron a preguntarse de dónde salía la plata. Para empezar, nunca nadie preguntó por qué decidí hacer una película documental, se dio por sentado que era lógico que así fuera por lo intrínseco de la coyuntura política y por tratarse del personaje del que se trataba. Y así hubo un sinfín de gente que no veía más allá de la noticia del momento. El documental no era una película, era una noticia, un evento forzado a parecer una película, pero nunca una película y menos un documental, y menos un documental objetivo. Por ende, una porquería pagada con los sueldos de todos nosotros. Tuve que escaparme de ahí para poder empezar a pensar. Fue un lío mantener a salvo una película en la que no cabía la posibilidad de que no fuera más que eso. No, todo lo que eso implica te la tenés que comer “porque vos decidiste meterte ahí y nadie te pidió, y encima te están pagando con mis impuestos”, me decían. Y también estaban los no menos disparatados argumentos de la militancia que, al fin y al cabo, me decían lo mismo: que cuidara a Néstor, no al “documental de Néstor”. Capaz que si la película no se terminaba no era grave para ninguna de las dos partes.

Y yo –digo esto sin velo de romanticismo alguno–, tratando de hacer un documental, empecé a ver un montón de cosas que antes no veía. Y encontré eso en Kirchner: empecé a darme cuenta de las cosas que no sabía entre un montón de otras cosas que ya sabía; pero era un documental sobre Kirchner y no uno sobre cómo empecé a darme cuenta de cosas que debería haber sabido, cosas que el chabón veía. Por ejemplo, y vinculado a esa instancia del documental, me di cuenta de cómo Kirchner se mentía para vender desde todos los discursos. Toda mentira es para vender algo. Ese lugar de exposición fue el que me puso más alerta para defender la película con uñas y dientes de un montón de buitres que venían a por el documental. Y de todos lados.

nk_caetano_cine_kirchner_espacio incaa cine teatro catamarcaPero no fue así, a nadie le importaba el documental. Se dieron cuenta de que ahí no había negocio, ni propaganda, ni nada descarado, ni impuestos robados a los ojos de todos, como pregonaban, y entonces dejó de interesarle a todo el mundo.

Y yo seguía ahí, haciendo un documental sin que nadie supiera cuándo se estrenaba, cuándo se terminaba, quién hacía la música. Se repitió, casi como farsa, todo esto, y fue más rápido y más leve todo, desde el bochinche inútil que armaron los medios nuevamente hasta el interés que demandó su finalización. Se terminó en silencio y tuvo una avant premiere de no más de 100 personas. Nada mejor para un espectador que un cine en silencio. Fue precioso.

Como anécdota, durante la preproducción hubo una pelea fuerte con los productores sobre el corte de la película. Yo quería tener el control de todo y pensé: “¿Qué derecho tiene alguien, sea quien sea, para venir a decirme a mí qué tengo que hacer o no con el corte de la película si a nadie le interesó nunca?”. Eso dije.

Y al final NK, nombre con el que bauticé al documental, salió en las salas con el corte que yo quería. Aunque no le importe a nadie.

Texto publicado en Hacerse la crítica Vol 1: Pampa bárbara, marzo de 2014.