No te olvides de mí, por Paula Vazquez Prieto

Es una pena que No te olvides de mí no haya recibido más atención. Su historia de apariencia clásica y serena, construida con tiempos que son propios de otra época, la ha dejado en un costado inmerecido. Es una de las grandes miradas del cine de estos tiempos sobre el pasado de nuestro país, que parece condenado a repetirse; y es también una reflexión sobre la importancia del tiempo en el nacimiento de los amores, sobre las lealtades y la confianza en la intuición. Fernanda Ramondo entrega una ópera prima que cuenta con una sólida puesta en escena, creada a partir de la centralidad de su personaje, el Mateo de Leonardo Sbaraglia. Un hombre que sale de la cárcel de Punta Alta, luego de tres años de injusto encierro, para intentar recuperar lo que ha dejado en el camino. Castigado por opositor al régimen de facto, condenado por “disturbios al orden público” (ingenioso eufemismo para aislar de la sociedad a los actores molestos y resistentes), Mateo es todo lo indeseado para esa Argentina del progreso: inmigrante, anarquista, hombre solitario que busca el reencuentro con su furgón, su gallo, y sus amigos. “Ellos eran mi familia”, dirá en uno de sus pocas confesiones, sabiendo que mucho de lo que persigue ha desaparecido para siempre.

No te olvides de mí está ambientada a mediados de la década del 30, y su estructura narrativa evoluciona a partir de un permanente movimiento a lo largo de la geografía bonaerense. Trenque Lauquen, Guaminí, Tres Arroyos, Villarino. Ese paisaje poblado de vacas y olor a bosta, de lagunas y calles de tierra, es el que recorre Mateo con dos viajantes imprevistos, quienes en el transcurso de esa travesía se harán parte de su recorrido. Aurelia y Camilo son dos huérfanos que buscan a su padre sin demasiadas referencias más que una vieja foto y unos pocos datos: que era español y que se fue hace diez años a buscar trabajo en otros lares. Mateo conoce al joven Camilo por casualidad: mientras roba algunas gallinas, ve al chico por la rendija del gallinero y le pide silencio con un gesto de complicidad. Luego volverán a cruzarse en la ruta: Aurelia desconfiará del solitario viajero y resistirá su ayuda, pero finalmente se subirán todos al furgón, con gallinas y huevos incluidos, en ese viaje hacia los descubrimientos. Es que si Mateo busca su pasado, su gallo “el Rey” -amo de las riñas y ahora vendido a un estanciero- y el paradero de su amigo Santo, compañero de aventuras y resistencias; Carmelo y Aurelia buscan un refugio, alguien que los ampare ante la orfandad repentina, ante un mundo que parece ser demasiado cruel para seguir solos.

Ramondo evita exponer los grandes momentos a la mirada de la cámara y el espectador. Como si esa aparición en cuadro les quitara magia, o misterio. A Mateo lo define apenas con un silbido, el que escuchamos en la celda en la primera escena, mientras unas manos terminan de tallar un figurín en madera y se preparan para su nueva libertad. A partir de entonces el silbido será una clave: Carmelo y Aurelia lo siguen en una de las paradas en los pueblos, como siguiendo también la figura de ese padre perdido, de ese fantasma que se extingue entre los restos de sus recuerdos. Y hacia el final será nuevamente un silbido a la distancia el que corone un reencuentro, la elección de un rumbo que ya no está gobernado por la sangre aunque sí por la historia. El vínculo entre Mateo y los huérfanos nace de la misma soledad que compartía con sus compañeros de aventuras, para los que la gesta anarquista era una forma de resistencia frente a las inmensas espaldas que tenía el mundo para mostrarles. Así, también fuera de campo queda la muerte de Santo, la visita a su tumba abandonada, y la caída definitiva del Rey, demasiado viejo para la riña, demasiado gallo para tan poco gallinero.

No te olvides de mí tiene algo de ese lirismo de criminales desplazados y gestas antiheroicas. No está la bulla de los héroes del cine de gángsters de los 30 al estilo José Gola en Fuera de la ley de Romero, sino cierto desapego cansino, propio de las veleidades modernas del género que fueron claves en una cinematografía como la francesa. Mateo no es dandy de sombrero y traje impecable, pero sí es un hombre de sombras internas, de una vida aterida por una soledad asfixiante y definitiva. Su salida al mundo, su libertad temporal, nunca despierta la euforia por la venganza o el renacimiento de un espíritu combativo que tal vez nunca fue tal; es un viaje sin rumbo, adherido al presente del furgón y los parajes camperos de la llanura bonaerense, a los amores imprevistos sin lágrimas ni gritos pero no por ello con menos pasión. Bajo esa austeridad formal y esa concentración narrativa, Ramondo logra una historia sentida y entrañable, con personajes cercanos como el Mateo que compone con gran inteligencia Leonardo Sbaraglia, con grandes apariciones como las de Cumelén Sanz y Santiago Saranite, y con una geografía poblada de pérdidas y soledades, de salinas y noches calurosas. Todo está ahí para verlo, es solo cuestión de afinar la mirada.

No te olvides de mí (Argentina, 2017), de Fernanda Ramondo, c/Leonardo Sbaraglia, Cumelén Sanz, Santiago Saranite, 87’.

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