Por Roberto Pagés
Tú y las nubes me tienen loco
Tú y las nubes me van a matar
Yo p’arriba volteo muy poco
Tú p’abajo no sabes mirar
Vámonos, bolero, José Alfredo Jiménez

Agobiada por el embargo que se avecina, Emilia distrae el miedo y la preocupación mirándose en el espejo, sonríe para sí como una adolescente y se alza los pechos y se aplana el abdomen. Un instante después, cuando golpean a su puerta, lleva las manos a sus orejas mientras invoca un mantra que postergue el choque con lo inevitable: “no oigo, soy de palo, no oigo, soy de palo”. Otra vez en el silencio de su departamento llama a su amante, y cuando éste atiende, corta. Vuelve a llamar, y cuando el hombre pregunta si ella llamó antes contesta que no. Frente a la insistencia masculina, dice: “¿Es que crees que soy una niña?”

Sí.

Los casi cuarenta años de Emilia, desbordados en un cuerpo de hembra hambrienta y feroz –su mirada exigente y también sumisa, sus pechos, las piernas contundentes, la lengua ávida-, guardan una niña detenida en el tiempo. Caprichosa, tan imperativa como dócil según su necesidad, amorosa y brutal. Soñadora, según se recuerda a sí misma que la nombraba su marido durante el noviazgo. Princesa, como también él la motejaba en viejos y perdidos tiempos (adjetivo que él ha trasladado a la hija de ambos, provocando los celos de Emilia). Emilia puede tener un amante, como tiene, por el que se desparrama en su departamento, por la terraza y por los suelos, pero no tolera el gesto amoroso del marido a su propia hija. Caprichos de mujer.

Caprichos de una mujer educada en “la escuelita de Libertad Lamarque”, como dice Emilia con desprecio. Esto es: fue hija, novia, esposa, madre. Y tiene el mandato, o así lo siente, de ser abnegada y sufriente, condiciones de esa escuela que le llegó del cine y de su mamá. Y chíngale, que estamos en México, manito. Y en México la alternativa a Libertad fue María, María Félix, “La Doña”. O en su defecto, Dolores del Río, que fue “La Mala” en una de sus películas.


Esos son los modelos de Emilia, aunque la película no las nombre, o lo haga por oposición. Modelos de mujer donde los partenaires en las pantallas y los hombres en las plateas caían como moscas, anhelando y deseando sin fin a esas doñas y malas salidas de un mundo de luna y plata, demoledoras pero también subyugantes e inevitables.

Si la gorda sucia y con mal aliento de Profundo Carmesí se enamoraba de la proyección de una imagen en el cristal de una puerta, un hombre con abrigo y sombrero salido del cine clásico norteamericano, que ella asimilaba a Charles Boyer, su modelo elegido y venerado (aunque el hombre real que proyectaba esa imagen era petiso, calvo y con peluquín), Emilia proyecta para sí su propia imagen de femme fatale en un departamento de mala muerte, de paredes sucias en los pasillos y charcos de agua en la terraza. Al sur del Río Bravo no está Hollywood, y tampoco, ya, los antiguos estudios mexicanos de los cuarenta y los cincuenta.

En ese fracaso, Emilia conserva la niña que fue, soñadora y princesa. Y como toda princesa que sueña, sueña con el beso del príncipe que la despierte de la pesadilla de su vida cotidiana, o con el que le traiga el zapatito que la regrese a la calabaza hecha carruaje. Le pide a su marido, que tiene como meta próxima quedarse sus vacaciones en casa y con pijama y mirando televisión, que le traiga el arcoíris que le prometió en los días tontos del noviazgo. “No puedo”, dice conmovedoramente su marido, que la ama pero no le alcanza para surtir a su mujer de siete colores imposibles. “¿No alcanza con que te ame?”, dice él, y reflexiona: “No, no te alcanza”. Y Emilia también le regala los zapatos destinados a su amante a un vecino, sexo de ocasión, galán gordo de andar por casa con labia pintoresca y popular: “Ándele, no se haga de rogar. Como quien dice, mejor mal acompañada que estar sola”, justamente lo que Emilia no tolera en su vida y en su marido, pero que sí acepta para paliar o disminuir el dolor del rechazo que su hombre deseado le acaba de dar, pero con esa condición: que use zapatos italianos que lo transformen o lo alejen o lo eleven de esa imagen de grasa demasiado terrena.


Porque, ¿de qué hombre se ha enamorado Emilia? De un sapo cubano que ella eleva a la condición de príncipe artista, que vive en un cuchitril de terraza rodeado de charcos, de estantes berretas y cama de pensión. Y que sopla malamente en saxofón Perfumes de gardenia, de Rafael Hernández, que en su letra habla del “perfume del amor”. Emilia, como la Adéle H. de Truffaut, está enamorada del amor, de una concepción irreal y romántica del amor, y no de un hombre al que modela a su antojo, decantado de un perfume que extrajo de imágenes y sonidos de su educación sentimental: cine y boleros. México lindo y querido.

La despedida de Emilia, como corresponde a su espíritu, es teatral, o si se quiere, cinematográfica. Sabiendo que va a morir, busca un vestido largo de noche, nuevo, como para la ocasión, y enfundada en él se mete en la bañadera con el agua hasta el cuello. El marido, que no le ha dado nada en los términos de su mujer, le ofrece la muerte que, acaso, Emilia siempre buscó. Y también le ofrenda el amante, para una despedida ritual y con música.

El final de los dos hombres juntos, al margen de una lectura de estos tiempos (homosexualidad posible), habla de una probable relación del marido con su mujer a través del relato del cubano, y de éste con lo que había dicho al promediar la película: estas historias de amor sirven por los recuerdos que dejan.

Ojalá te vaya bonito, Emilia. Que Dios te guarde, y no te suelte.

Las razones del corazón (México, España, 2011), de Arturo Ripstein, c/Arcelia Ramirez, Vladimir Cruz, Plutarco Haza, Patricia Reyes Espíndola, 125’.

Aquí pueden leer un texto de Paula Vázquez Prieto sobre esta película.