Siempre que uno piensa en Rocky lo primero que se nos viene a la cabeza tiene que ver con la historia épica del boxeador que parte desde la nada en busca de un sueño. Esa búsqueda motorizada por el deseo personal, tan propia de la cultura estadounidense y fundacional del cine clásico, es lo que en definitiva estructura la saga de Rocky creada por Stallone. Esto es así desde la iniciática la película que da inicio a la serie en 1976, en la que vemos a Rocky trabajando de matón de poca monta y entrenando sin ánimo en el gimnasio de Mickey, el inolvidable personaje compuesto por Burgess Meredith. La minuciosa descripción de cierta vida propia de la clase obrera de Filadelfia logra, gracias a un trabajo extremadamente sutil en la pintura de los personajes, la identificación con el espectador en cualquier lugar del mundo. Da la sensación que Stallone y Avildsen se adelantaron diez o quince años al estallido del sujeto globalizado que genera identificación en cualquier lugar de la populosa aldea global.

A pesar de los obstáculos, el perdedor hermoso que compone Stallone se construye de abajo a fuerza de voluntad, habilitando lecturas meritocráticas del film que cierta filosofía de tocador de toscas y contemporáneas derechas utiliza a su favor en estos tiempos. En una primera lectura, el film de Avildsen está definido por un universo, a priori, enteramente masculino. En esa primera lectura, Rocky es una película de hombres en la que dos boxeadores se enfrentan por el campeonato del mundo. Apollo, notablemente interpretado por Carl Weather, construye un rival -al comienzo- domesticado por la burocracia del mundo del deporte profesional, y finalmente conmovedor en su coraje en el momento de la batalla. La coreografía de la pelea extraordinariamente compuesta por Stallone lleva al clímax definitivo del film, logrando concentrar drama y tensión de un modo sofocante que perdura a casi medio siglo de su estreno.

Rocky ofrece, entonces, una mirada obsesiva acerca del mundo del deporte y de lo masculino en relación a ese universo; pero, a partir de un ojo delicado para el detalle en lo que a la contienda boxística concierne, surge otra trama que comprende a la primera y la enriquece habilitando otras lecturas. El vínculo entre Rocky y Adrian (interpretada por Talía Shire) también está construido con la misma predilección para el detalle que Stallone y Avildsen ponen en todo lo relacionado con la contienda deportiva. La dupla creativa construye de modo exclusivamente cinematográfico el nacimiento y crecimiento de esa relación amorosa desde el inicio hasta el final de la historia. Vemos en el inicio a Rocky peleando por monedas, luego de una pelea en la que le pagan 40 dólares vuelve a su casa. El único momento en el que vemos a Rocky feliz es cuando se acerca para cortejar a Adrian, luego para invitarla a salir y finalmente cuando comparte momentos con ella, como en la escena en la que se acerca a la cama en la que ella duerme y le dice que si logra mantener la distancia con Apollo y llega al final de la pelea de pie, sabrá por primera vez que él no es un vago más del vecindario.

La mirada de Stallone hace foco en la soledad del protagonista. Soledad y tristeza que se ponen de manifiesto cuando Rocky encuentra una vieja fotografía de su pasado y allí contempla el paso del tiempo.  Podemos palpar su angustia sin necesidad de explicaciones sociológicas de cotillón y cuando también Adrian la mire y haga mención de ella, se revela que la foto, al ser mirada por otro, se resignifica y expande la propia mirada de Rocky. Las palabras y las mínimas gestualidades de la película no son nunca un adorno. Siempre son las justas y necesarias. La estética de Stallone pareciera ser heredera del laconismo de Hemingway. Las palabras solo dicen lo que tienen que decir y esa predilección por la economía retórica potencia la belleza de esas imágenes melancólicas filmadas con la gracia de un artista que comprende al detalle la historia que quiere narrar.

La condición inicial de matón de Rocky podría haber conducido a la película hacia el policial. Pero Stallone construye la historia de Rocky como si de un viejo melodrama se tratara. Los diálogos entre Rocky y Adrian son de una belleza atemporal y nos permiten comprender la profundidad del vínculo entre ambos. A medida que la historia avanza comprendemos que Rocky es una clásica historia de amor romántico. Ya en el cartel de promoción del film vemos a Rocky y Adrian abrazados, y así continuarán toda la saga.

Apollo Creed le da la oportunidad a Rocky de pelear contra él en el bicentenario de la independencia de los Estados Unidos. Ese día repleto de simbolismos será el elegido por Apollo para que un desconocido tenga la oportunidad de pelear por el título mundial de los pesos pesados. Esa escena funciona como programa ideológico de toda la saga. Estados Unidos como tierra de oportunidades es el terreno sobre el que se moverá toda la historia de Rocky. En los 80, con Reagan en el poder, el contexto es la caída del muro del Berlín y al final del mundo bipolar (sobre todo en Rocky 4), pero lo ideológico en Stallone es un adorno para contar las peripecias románticas de los héroes del relato. En la conferencia de presentación de la pelea con Apollo, Rocky saluda a Adrian por televisión. Ambos enamorados observan la escena en la noche, mientras comen una manzana. Cuando Adrian ve el saludo, ambos se sonríen, ella le da un golpecito emocionada. Esa escena da cuenta de la obsesión de Stallone por los detalles y nos muestra cómo la trama avanza gracias a la observación de pequeños gestos prácticamente imperceptibles que dan cuenta de un mundo personal.

Hay varias escenas interesantes para observar el trabajo de los detalles en Rocky. Una es aquella en la que vemos a Rocky nervioso cuando le ofrecen pelear por el título del mundo. Rocky cree que solo le ofrecerán ser el sparring del campeón y se muestra turbado ante el ofrecimiento del manager de Apollo. Otra es aquella en la que Rocky y Adrian se besan mientras suena la maravillosa “You Take My Heart Away” de Bill Conti. O cuando Mickey (interpretado por el inolvidable por Burges Meredith) se acerca a ofrecerle su ayuda a Rocky mientras evoca su pasado glorioso como boxeador. Mickey está en la casa de Rocky en su rol de entrenador, ofreciéndole su ayuda para derrotar al campeón del mundo. Mickey sermonea a Rocky, le habla de las oportunidades que da el destino mientras Rocky le hace una serie de reclamos afectivos: “Tengo un gran corazón pero no tengo casillero”. El pulso para describir las penurias de los humildes es conmovedor. Rocky le reclama a Mickey su falta de apoyo y él se retira. La cámara se aleja de la pieza de Rocky y muestra a Mickey solitario en la calle. De repente entra en escena la música de Bill Conti y los vemos a ambos hablando. Avildsen y Stallone no necesitaron de palabras para que todos entandamos que luego del enojo y la tristeza ambos estarán juntos de cara a la pelea con Apollo.

Si Stallone brilla interpretando a un enamorado ingenuo en su romanticismo y no le teme a la sensiblería o al cliché, brilla de igual modo cuando construye sus vínculos afectivos. Las emociones siempre están contenidas. Las tensiones deportivas también se ejecutan con el mismo laconismo. Podemos observar la rutina solitaria de Rocky en la madrugada, la obsesión en los entrenamientos. Rocky tiene algo de fábula moderna pero lleva en sí el germen de una historia mucho más grande, que Stallone desarrolló con pulso de novelista durante cuatro décadas y media. Mientras Rocky entrena frente a una res de carne, el entrenador de Apollo preocupado observa la furia contenida del retador al título mundial de su pupilo.  Mientras tanto, Apollo hace cuentas referidas a negocios extra boxísticos. La mirada de Stallone nunca es simplista en relación a sus personajes. Stallone los muestra en sus zonas claras y oscuras. Paulie, por ejemplo, es un personaje ambiguo, tierno y violento a la vez. Solo una gran interpretación como la de Burt Young puede contener ambas facetas, casi como un Jekyll y Hide contemporáneo.

Finalmente, en Rocky prevalece la historia de amor. “¿Qué vamos a hacer?, le dice Adrian a Rocky cuando él duda sobre qué hacer ante la inminencia de la pelea con Creed. No le pregunta “qué vas a hacer”. Se incluye en la pregunta como si le fuera la vida en ello. Luego se inicia la pelea, filmada con maestría y bravura por Avildsen. La música de Conti entra y sale del relato, como si de puñaladas se tratara. Hace que se sientan más fuertes los golpes. Finalmente Rocky cumple su cometido de llegar a la final de la pelea de pie. Adrian, que se mantiene durante toda la pelea en el vestuario, solo ingresa al estadio al final, en busca del ring para encontrarse en un abrazo con Rocky. En la corrida desesperada se le cae su sombrero. Es importante detenerse en ese detalle. Adrian pareciera pasar desapercibida al inicio de la película. Cuando la vemos trabajar en la veterinaria usa anteojos y un gorrito. Solo Rocky descubre la belleza que tiene en su interior. Hasta en eso el personaje de Stallone se adelanta a nosotros. Cuando finalmente Rocky la besa le saca el gorro y los anteojos. A medida que se despliega el film cada vez la miramos más detenidamente. Con el paso de los años su mirada se embellece y su protagonismo en la película aumenta. Descubrimos finalmente que la interpretación de Talía Shire es el motor oculto de la película. El impulso por el que Rocky hace todo lo que hace. Anónima y silenciosa brilla. Inadvertida al comienzo, es el centro mismo del relato y de la saga entera (incluso después de muerta, como se ve en la sexta parte de la saga).

Finalmente la pelea termina, ambos protagonistas se abrazan. “No habrá revancha”, dice Apollo. “No la quiero”, responde Rocky. Los periodistas atónitos quieren hablar con Rocky pero él solo quiere encontrar a Adrian, perdida entre la multitud. Finalmente comprendemos la totalidad del relato. En el centro del cuadrilátero el campeón retuvo su corona pero, entre los flashes y la multitud, Avildsen y Stallone nos muestran a Rocky y Adrian abrazados. “Te amo”, le dice ella; “te amo”, le dice él. Y aunque Rocky haya perdido la pelea todos comprendemos que en el fondo ha ganado.

Rocky (Estados Unidos, 1976). Dirección: John G. Avildsen. Guion: Silvester Stallone. Fotografía: James Crabe. Montaje: Scott Conrad, Richard Halsey. Elenco: Silvester Stallone, Talia Shire, Carl Weather, Burgess Meredith, Burt Young. Duración: 119 minutos. Disponible en Netflix.