“Please! Please! Please! Take me!”

The World’s Greatest Sinner

carey3No entiendo cómo no me llamó la atención antes. Mientras revisaba Casta de malditos (The Killing) y La patrulla infernal (Paths of Glory) para un curso sobre Stanley Kubrick me (re)encontré con Timothy Carey, esa enormidad de ojeras profundas, dientes apretados, de formidable oscuridad y exceso de algo que intentaré definir. No recordaba su nombre, y si me apuran confieso que nunca lo supe. El tipo resultó ser uno de esos malditos destinados (o condenados) al culto que una vez asimilados son imposibles de abandonar (aunque habrá quienes no lo soporten).

Anarco sin puestita en escena, outsider de ley que se quedó fuera de Hollywood un poco por jodido, otro poco porque, como bien lo describió Marcos Vieytes en un posteo de Facebook, «ningún plano lo contiene». Tal vez por eso la profunda amistad y relación profesional que lo unió a John Cassavetes, un director al que poco le interesaba contener a sus actores en plano. Carey hace gala de un costado oscuro que da cuenta de una existencia desesperada que teme (anche busca) morir. Hurgar debajo del disfraz confirma su innato cataclismo.

Sus inicios son inciertos y fantasmales. Uno de sus primeros trabajos como actor fue interpretando a un cadáver en un western protagonizado por Clark Gable. Se rumorea que formó parte de El gran carnaval (Ace in the Hole), de Billy Wilder, en el papel de un obrero, pero es un mito no confirmado. Cuando uno repasa su filmografía resulta increíble que haya quedado tan al margen teniendo en cuenta las bestias con las que trabajó. Es el tipo al que parece haberle faltado siempre los cinco pa’l peso. Si hasta casi llegó a formar parte del cúmulo de figuras que se reproducen en la tapa del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de los Beatles, ubicado justo detrás de John Lennon, y pueden verse algunas fotografías de estudio que certifican el hecho.

carey7Su merecida fama de irreverente, o de loquito de mierda, obligó a Benedek, director de The Wild One, a impedir que Carey filmara una escena a bordo de una moto por temor a que cometiera alguna salvajada. También lo llevó a ser despedido, según dicen, por Billy Wilder en su primer trabajo como extra, dado que sus compañeros no soportaban que quisiera acaparar toda la atención en cámara; a comerse un sopapo de Elia Kazan en pleno rodaje de Al este del Edén, harto de sus actitudes; a tener fuertes peleas con Marlon Brando durante la filmación del único trabajo de este como director, El rostro impenetrable (One-Eyed Jack), y a quedar fuera del elenco de Perros de la calle, de Quentin Tarantino, porque Keitel no quería laburar con él. Finalmente su nombre formó parte de las dedicatorias de la película, y en varias entrevistas Tarantino se asumió como gran admirador de Carey.

Por otro lado, junto a Peter Sellers, fue uno de los pocos actores con libertad de improvisación en las películas de Kubrick, generando incomodidades varias en Kirk Douglas mientras trabajan en La patrulla infernal. En el trágico final de la película, Carey debía marchar hacia su muerte sin decir palabra alguna, pero quienes hayan visto la película seguro recuerdan su llanto desgarrador y el último ruego infantil.

Pero su carrera no se construyó solo a base de despidos y sopapos. Carey se dio el lujo de rechazar dos papeles más en Lolita y Dr. Strangelove, y hasta un papel en El Padrino porque le pareció una película sin potencial. Al mismo tiempo abundan en su camino películas de bajísimo calibre creativo. Como actor secundario tenía una presencia que opacaba la de cualquiera que estuviera cerca, y para actor principal le faltaba docilidad y algo de corrección política. El único que no le dio vuelta la espalda fue John Cassavetes, brindándole un papel en Minnie and Moskowitz, y otro más que relevante en The Killing of a Chinese Bookie. Las apariciones de Carey en esta última parecen espectrales, venidas de otro mundo, filmadas en otro tiempo y espacio, llegado como ángel de la muerte para sellar el fatal destino de Cosmo (Ben Gazzara). Deténganse en la escena en la que le habla a Cassel de auto a auto, y díganme si la mueca que se dibuja en su cara no es de una perversa maestría.

carey2Más allá de su infame trayectoria actoral, en una primera y superficial búsqueda descubrí que había realizado dos películas como director: Tweet’s Ladies of Pasadena, que aún no pude conseguir, y The World’s Greatest Sinner (1962), ópera prima de la que lograron bajarme un ripeado de televisión sin subtítulos que lleva el logo de TCM Underground. No es una película cómoda de ver y anticipa lo que John Waters empezaría a filmar seis años más tarde. De hecho me sorprende que en todo este tiempo no haya leído ni un texto que los relacionara, y una amiga que leyó la autobiografía de Waters me aseguró que él tampoco lo menciona. Pero vincularlos es inevitable desde los primeros minutos de la película. El sueño americano, la familia tipo, la tranquilidad del suburbio son inmediatamente corrompidos por una felicidad que de tan extrema pega la vuelta hacia un grotesco terrorífico. Algo así como el inicio de Terciopelo azul, de David Lynch, pero veinticuatro años antes, con menos de la mitad del presupuesto, sin estrellas y en blanco y negro. Y, claro, con otras pretensiones formales.

El vendedor de seguros Clarence Hilliard deviene en estrella de rock, luego en oscuro político, y siempre bajo la prédica de ser Dios, porque Dios es el hombre medio. La música original afirma la excitada naturaleza de una película filmada con caótica sagacidad, y como si fuera poco, compuesta por el recientemente surgido Frank Zappa, otro inadaptado que tuvo en cambio mucha mayor trascendencia. Carey filmó esta película cuando en Hollywood apenas asomababa la modernidad, y claramente busca vulnerar todo concepto clasicista; lo que puede entenderse como una aglomeración de errores en realidad esconde una dialéctica radical entre lo sagrado y lo profano. El afiche de la película es muestra suficiente: el cuerpo de una serpiente enrollada lleva como cabeza la del propio Hilliard, con una expresión vehemente en su cara, pero a primera vista el cuerpo de la bicha parece un sorete. Serpiente que será un atrezzo concluyente de la puesta en escena, prolongación de la enajenación psicológica del protagonista, cada vez más enfermo de poder.

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La naturaleza vanguardista de la película no se concentra únicamente en sus rasgos cinematográficos, sino que se esparce hacia otras expresiones. La faceta de roquero mártir nos muestra a un Hilliard que, si bien remite deliberadamente a Elvis –a quien hay que sumar a la lista de personajes que conocieron a Carey- con su traje satinado, el peinado, la barba y el maquillaje ronda la estética glam y su diatriba preludia el punk, movimientos surgidos casi una década más tarde.

The World’s Greatest Sinner nunca tuvo lanzamiento oficial y hasta el propio Rey se quedó con ganas de verla. Carey se hizo cargo de su distribución, pero haber disparado contra el techo del cine durante su estreno en Los Ángeles no parece haberlo ayudado más que a reforzar su mito de demente inadaptado. Martin Scorsese la considera una de sus películas roqueras favoritas, y cuenta con un limitadísimo grupo de cinéfilos entusiasmados que todavía no logran elevarla al podio de películas transformadas en objetos de culto populares. Carey murió treinta años después de un ataque al corazón. Desde las sombras de la industria reclama ser mitificado y no es difícil, el tipo se construye solo.

Este texto fue reproducido en http://thetimothycareyexperience.com/