pendejos-perrone2Lo más fácil sería decir que Perrone volvió a filmar lo mismo pero distinto, que volvió a las fuentes, al blanco y negro, que volvió a filmar a los adolescentes de siempre, que sigue anclado en Ituzaingó. Pero no, nada más errado o nada más perezoso que señalar estas consideraciones como virtudes de su cine. Lo que Perrone hace en P3nd3jo5es pegar un volantazo (o un skatetazo) a toda velocidad en medio de las calles de la ciudad que siempre ha filmado, para convertir su cine en otra cosa: un loop hipnótico que invita al trance, en un universo sonoro que se mueve al ritmo de la cadencia frenética que otorga la cumbia dub, sonido natural de la tierra que el film exhibe, sin dejarle al espectador, que decide participar voluntariamente del ritual propuesto, otra opción que la de entregarse a la placidez embriagadora que destilan sus imágenes.

La Ituzaingó que Perrone filma en P3nd3jo5 es su Ituzaingó, pero también puede ser cualquier otra ciudad (de ahí que se la compare con la Portland que Gus Van Sant filmó en Paranoid Park). La Ituzaingó de Perrone es una ciudad compuesta por recortes, hecha de fragmentos, una ciudad donde el tiempo parece suspenderse y transcurrir entre mantras y rituales que se repiten una y otra vez y que sumergen a sus criaturas en un movimiento único y perpetuo. Perrone ralentiza las imágenes, las vuelve frágiles, las torna palpables y puebla a su ciudad de adolescentes que deambulan las calles con sus alegrías y tristezas a cuestas, con sus amores provisorios pero inolvidables, con sus skates y sus walkmans como partes inseparables de sus cuerpos, con su inconsciente cercanía con la muerte. Y todo esto es mostrado como si sucediera al mismo tiempo; en distintos lugares, sí, pero igualados por esa aura melancólica que envuelve a toda la película.  De este modo, el universo de P3nd3jo5 se vuelve, a pesar de responder a un orden que divide el film en tres actos y una coda, simultaneo y no sucesivo; porque en el cine de Perrone no hay una imagen que prevalezca por encima de otra, no hay una escena que funcione como centro de atención en desmedro de otras, no hay historias que tengan mayor importancia y que requieran mayor atención que otras. Las imágenes de Perrone son libres y espontáneas, sinceras; todas son importantes, todas tienen el mismo valor. El director sigue a sus pendejos de cerca pero los deja ser; no los juzga, no los determina, no los manipula en favor de generar un efecto. Los filma tal cual son: ingenuos, románticos, cancheros, luminosos, resignados. En esto su cine se parece al de Ozu, en la construcción de una poética que, en tanto funciona como recorte de lo real, no está regida por evaluaciones morales, sino por el registro sincero de un mundo que se corresponde con el carácter de las personas que lo habitan.

safe_image2Los pendejos de P3nd3jo5 parecen vivir en un continuo presente, sin proyectarse hacia el futuro y con el pasado que parece operar de manera tácita como una mochila sobre sus vidas: algunos hablan de irse a la mierda, otros no piensan en laburar sino en andar todo el día en skate, otros discuten sobre tener un hijo o no tenerlo, otros se enamoran y sufren, otros desaparecen. Los pendejos de P3nd3jo5viven con la sensación permanente de que en cualquier momento el mundo a su alrededor, e incluso ellos mismos, puede desvanecerse sin mediar aviso alguno, dejando apenas el reflejo débil de sus sombras vagando entre calles y pasillos solitarios.

Allí están esos movimientos de cabeza, lentos pero breves, de las chicas en la pista de skate o en el parque, mirando a sus chicos, mirando el paisaje, mirando. Allí están esos cruces de miradas entre los jóvenes, que no siempre se corresponden, pero que permiten suponer la posibilidad de un romance. Allí está esa chica de pelo y ojos negros que acompaña y contempla, una y otra vez, a su chico haciendo piruetas con su patineta. Los ojos de esa chica brillan, y aunque un aire de tristeza parece rodearla (al igual que a todos los demás pendejos), su felicidad es esa, contemplar y disfrutar el momento como si fuera lo único que importa, vivirlo, sonreír. Estar ahí y ahora. Pero allí también están los que le venden merca a los pibes, y los policías encubiertos que no vacilan en disparar ante la menor duda. Porque el mundo de estos pendejos puede ser querible y agradable y uno puede empatizar con su simpleza, pero también este mundo puede convertirse en un lugar hostil. Todo forma parte de un mismo cosmos y Perrone lo filma con la honestidad y la coherencia del que sabe observar y captar el mundo en toda su crudeza, evitando caer en miserias y golpes bajos, con plena sinceridad y creyendo en la verdad de lo que filma.

P3nd3jo5 es la película más extrema de Perrone, la más extensa (150 minutos), la más radical. Toda su obra anterior parece haber funcionado como terreno de preparación para esta película megalómana que impacta y atrapa desde sus primeros minutos por la rusticidad y la crudeza hipnóticas que se desprenden de sus sonidos e imágenes. Nunca en el cine argentino se ha utilizado la música de la manera en que la utiliza Perrone en P3nd3jo5: una melodía bailable (cumbia) pero enrarecida por samplers y loops que se repiten ad infinitum (dub). Nunca en el cine argentino se ha utilizado esa música.

La belleza de P3nd3jo5, y del cine de Perrone en general, radica en la utilización de procedimientos que, no por simples, son menos efectivos o menos poéticos.

P3NDEJO5Superposición de imágenes, fundidos, planos secuencia, cierres y aperturas en iris: Perrone obra como un artesano, como un hombre que sabe que la belleza no consiste en la ostentación de la técnica, sino en el registro preciso y natural de una sonrisa, de un beso, de un diálogo auténtico o de un chico dando vueltas en el aire con su tabla. El aire fantasmal que muchas veces sobrevuela la superficie de P3nd3jo5es conseguido mediante la aplicación sostenida de una imagen sobre otra: esos fantasmas son los espíritus de los chicos que alguna vez atravesaron la pista con sus skates, para luego desaparecer en el olvido; esos fantasmas también son los chicos que ahora vemos en la misma pista, igualmente ignorados, igualmente invisibles.

En P3nd3jo5 conviven otras películas, incluso imágenes de otras películas (por ahí se filtra algún plano de la Juanade Arco que Dreyer filmó a fines de los años veinte. El mismo Perrone comentó que alguien, al ver el film, lo llamó el Dreyer de Ituzaingó), pero nunca de manera gratuita. De hecho, el afiche del film permite pensar en P3nd3jo5 como una película de santos en remera. También resuenan por ahí, además de los ya mencionados Ozu y Van Sant, ecos del cine de Antonioni (Blow up) y de Chris Marker (La Jetée); también de Caetano (Pizza, birra, faso). Pero a diferencia de lo que muchos directores hacen, en Perrone estas películas no funcionan como influencias, sino como referencias. Es decir, Perrone se refiere a ellas, se dirige hacia ellas, pero no con la intención de homenajearlas; va hacia ellas para reescribirlas, para desarmarlas y apoderarse de las mismas. El cine de Perrone es único y singular, no le debe nada a nadie. No se parece a ningún otro. No quiere, no le interesa que lo llamen autor ni director, no filma para la hinchada. Filma porque quiere filmar, porque tiene ganas de hacer películas. Por estas mismas razones su cine es uno de los más personales e interesantes que se pueden encontrar por estas pampas.

Por ahí se dijo que, con P3nd3jo5, Perrone volvió a las fuentes, a sus inicios; que con el uso del blanco y negro y los intertítulos, más los procedimientos primitivos como los cierres y aperturas en iris, más el ya citado film de Dreyer, Perrone volvió al principio de todo. Esto es verdad sólo parcialmente. Porque Perrone siempre parece estar volviendo al principio. Cada película suya parece la primera que hace, cada película suya es un nuevo partir de cero. No hay en él ni en su obra la más mínima intención de construir una carrera, de sentar precedentes o marcar una tendencia. Perrone filma las ideas que se le ocurren, las filma con pasión, con fe en el cine. Perrone cree y filma y habla a través de sus películas.

En este sentido, P3nd3jo5 es su nuevo y más perfecto y solitario manifiesto.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes sobre Los actos cotidianos, de Raúl Perrone.

P3nd3jo5 (Argentina, 2013), de Raúl Perrone, c/ Mariano Blanco, Yenine Teves, Eugenia Juárez, Fernando Daniel, 157′.

(Publicado en Cineclub Kane)