birdman-clickG (punto) no es lo mismo que punto g. Ge ge o je je. G (punto) Iñárritu entregó uno de sus apellidos para subir al cielo del Oscar. Birdman es un pajarón que vuela en travelling digital por los cielos de Nueva York, un superhéroe que se cree humano; o bien Riggan (léase Rigan o Reagan) Thompson es un humano que se cree superhéroe. Ambos casos representan subespecies de pajarones ambiciosos, sumergidos en una comedia o sátira  engrupida, sin más gracia que la suma de citas a notables, desde Raymond Carver a la crítica Dickinson (ver más abajo), al propio Reagan y a innumerables actores de la perfumada colonia artística hollywoodense. Una casa/caza de citas antes que una película, que parece perseguir el doble deseo de legitimarse con el prestigio de la alta cultura y de ser uno más en la nómina de Hollywood (reconocimiento: los chistes sobre gente de Hollywood son buenos y Keaton está muy bien).

Primera escena que (me) predispone mal: Riggan o Reagan levita en calzoncillos en camarín de teatro broadwayense. No solo sube, también mueve elementos del camarín mediante telequinesis. No solo “desplaza a distancia objetos sin contacto material” (definición de telequinesia, diccionario María Moliner), también emite grave voz interior que  repele olor a bolas y manifiesta angustia espiritual del levitante (confieso envidia: en calzoncillo o en bolas solo soy capaz de tomar Levité, y no despego); voz grave y bien temperada acompañante de Reagan o Riggan desde ahora y para siempre, voz hinchapelotas y excesiva, otroyo rigganiano y cortamambos (¿Todavía se dice así?), quizá producto de excesiva ingesta de hongos llinasianos por parte de Armando Bo y Nicolás GiacoBOnne, primos, argentinos y coguionistas (¡OjoJollybud! les mandamos a Llinás, no se aceptan devoluciones ni se pagan seguros de catástrofe).

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El levitante Riggan fue otrora Birdman, superhéroe grasa del cine pasado, dispuesto ahora a demostrar carácter de actor verdadero mediante versión teatral propia, por él actuada y dirigida, del cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor, del maestro Carver. Riggan evita levitar y obtura voz subconsciente, deja el camarín y va a dirigir, pero los ensayos no funcionan, se viene el estreno, desea la muerte a un mal actor de su elenco; acto seguido (deus ex machina desmentido en posterior desarrollo del guión) una piedra en la cabeza sacará a éste de escena. Reemplazante: Mike, o Edward Norton interpretándose a sí mismo en su versión más exaltada, Narciso frente al espejo, histriónico histérico subido como G (punto) al caballo de su ego; destructor de escenografías, furioso verdugo de la puesta birdmaniana en medio de preestreno; otro hinchapelotas enfrentado al laborioso pajarón Birdman por capricho del guión, ocupante de una subtrama excesiva y sin destino; ejemplo de cómo complicar una historia al reverendo cuete, Mike Norton se esfuma de la historia cerca del final solo porque así lo necesita G (punto), lo hace entre las piernas -dichoso él- de Sam, hija adicta en rehabilitación de Riggan (el amigo Fabián Roberti dice que G (punto) es el único director capaz de afear a Emma Stone. Coincido).

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Riggan-Birdman tolera además a una amante y actriz de su elenco que acusa embarazo frustrado (otra subtrama inútil, y van…) y a una ex esposa culpógena. Demasiado para un solo hombre en vísperas de estreno. Sumemos a una crítica, teatral pero con aires a Pauline Kael, llamada Dickinson (¿Emily o Angie?), protagonista de ¡otra! subtrama, en este caso bochornosa por lo vulgar. Dickinson es vieja y amargada, odia al cine popular y ama al teatro como una de las bellas artes. Capaz de llevar al fracaso una puesta con su opinión negativa (¿En dónde, por Batman, ocurre tal cosa?) se dispone a hacerlo con la puesta carverbirdmaniana sin siquiera haberla visto y, claro, resentida en tanto incapaz de ser artista aunque sea en la variante internac & pop de Birdman-Reggan, éste la pone en su lugar –faltaba más-. “Estreñida– le dice – yo soy un artista y vos una fracasada, por eso te dedicás a la crítica“ (no es textual). Estamos hartos de leer vulgaridades de tal calibre en los más chotos posts de los  más chatos blogs sobre cine, verlos reproducidos con aires de verdades reveladas, sin asomo de ironía o subtexto, en una producción de rompe y raja, desconsuela o indigna o da risa según el rato (De paso, voy a abrir una petición en defensa de la colega Dickinson, Angie o Emily, en Change.org, o tal vez denuncie a Gonzalito al Inadi. En ambos casos pido adhesiones).

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Birdman no termina con el final, esto es, el estreno, el éxito loco, la avinagrada Dickinson escribiendo una crítica recontraelogiosa (titulada “La inesperada virtud de la ignorancia”, exactamente el feo subtítulo de la película), sino que se extiende aún más, al esperado tiro del final de Riggan y al rizo rizado posterior que pretende aunar las dos vertientes narrativas hasta ese momento utilizadas: el realismo psicologista de Riggan y su deprimente entorno y el pop fantástico y chabacano de Birdman. De tal manera González (punto I) anula sin quererlo el mecanismo narrativo que propone desde el principio, es fantástico (aún con olor a bolas) cuando le conviene, y cuando no –deus ex machina–  utiliza una piedra real, dura y tangible, para que caiga sobre la cabeza del actor berreta en la ya citada escena de los comienzos, como una forma  arbitraria de acomodar el relato a sus necesidades.

Quien es capaz de traicionar sus propios mecanismos narrativos también lo será de mutar un modesto González a G (punto) para complacer al sector más  tosco del final mercado angloparlante. La necesidad tiene cara de hereje tanto para Birdman-Riggan, como para González o G (punto).

Aquí puede leerse un texto de Nuria Silva sobre la misma película.

Birdman (EUA, 2014), de Alejandro G. Iñárritu, c/Michael Keaton, Emma Stone, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Edward Norton, 119′.