¿Qué es robar un banco en relación con fundarlo? Cito de memoria la frase de Brecht sobre la que se erige El robo del siglo, y mientras la escribo pienso en las resonancias y tensiones de clase que atraviesan a la sociedad argentina de modo visible desde hace por lo menos doce años y que el sentido común, disparado por la hegemonía de los medios concentrados, hace algo así como una década denominó como «grieta».

Sobre esos restos se construye la película dirigida por Ariel Winograd. Historia que narra con minucia yojo para el detalle el robo al banco Río ocurrido en 2006, y que bajo la apariencia de relato costumbrista deja al espectador envuelto en la atmósfera de cine libertario a la Robin Hood. El film toma un punto de partida arriesgado, si tenemos en cuenta que es pensado en términos cinematográficos como un tanque con todas las de la ley, con las letras en molde del inicio con la marca de la Warner y las rutilantes figuras que encabezan el elenco. Ariel Winograd fue el hombre indicado para, desde el corazón de la industria (si es que la industria tiene corazón),contar la historia de un robo singular y exitoso, conocido por muchos, mediante el truco de introducir protagonistas carismáticos que pueden empatizar con el espectador. Winograd, autor de sencillas, efectivas y efectistas comedias ATP desde su irrupción a mitad del 2000 con Cara de queso -interesante revisión de la década menemista-, se transformó luego en un director de la industria que dejó de lado la pretensión de llevar adelante películas que tuvieran marcas autorales notorias.

El robo del siglo se inscribe en el marco del cine de género al estilo del policial, no tanto metafísico a la francesa o clásico all’ americana, sino permeado por el linaje de la comedia de costumbres, con aires de sátira, de cuño italiano. En este sentido, el tándem Peretti-Francella logra traccionar desde la química un relato que combina el espíritu de La armada Brancaleone con el vigor del puro policial. Es claro desde el comienzo que Winograd tiene una facilidad notable para narrar con imágenes, para concebir una historia al disfrute visual.

Winograd afirma un punto de vista a partir de la inclusión de Fernando Araujo como guionista, que no es otro que el autor intelectual del robo. A esa decisión ideológica arriesgada se le suma la decisión estética de correrse de cualquier solemnidad, no hay nada de los policiales franceses al estilo El círculo rojo de Melville, sino el espíritu de la comedia popular, en consonancia con el registro de toda su obra anterior. La película fluye desde un humor controlado, que nunca le resta tensión al relato ni tampoco humanidad a los personajes. Hay algunos excesos de rigidez en un guion de hierro que por momentos le saca cierta espontaneidad al relato. Como si Winograd confiara en exceso en el poder de las palabras por sobre las imágenes. La paradoja es que cuando prima lo específicamente visual es cuando el rumbo se hace más fluido, como en el movimiento de las escenas del robo en sí mismo, o cuando en la toma de rehenes se introduce al personaje del negociador del grupo Halcón, Luis Luque, que encuentra en su tensión con el personaje de Francella el nervio necesario para llegar al clímax de tensión propio del género.

Hay algo propio de tragicomedia en el canon del cine policial, con robos frustrados o asaltos malogrados, que Winograd respeta en la resolución del conflicto y en como los miembros de la banda van cayendo debido a una traición femenina, motivada por debilidades recurrentes en la galería de los grandes policiales clásicos. La película utiliza esta memoria cinéfila enmarcada en el cine industrial para introducir el virus, para transformar a una película con personajes empáticos y angustias de comedia psicológica en un robo impactante (y real),que tiene un rebote inevitable en el espectador, si consideramos la crisis económica y social que atraviesa a la sociedad argentina actual .Winograd se apropia de géneros importados como heist movies o las buddy movies para hablar de las clases sociales, y de lo que el dinero y su falta o presencia representan en términos de representación simbólica.

Algunos críticos compararon El robo del siglo con películas argentinas industriales recientes como El clan o El ángel, pero la cuestión del dinero en el film de Winograd y la obsesión de los protagonistas por lo que representa, conlleva algo de este aire de tragedia contemporánea, que me remitió más a Plata quemada, sobre la novela de Piglia, modelada en cierta mirada escéptica propia del cine de José Giovanni, de esos films trascendentes y profundamente políticos sobre lo que significa el robo en nuestra sociedad y sobre qué actores (sociales) son los que delinquen en las sociedades en las que vivimos. Incluso, yendo un poco más lejos, podemos pensar que bajo la apariencia de un cine cool y estetizante deudor de Tarantino, Winograd nos entregó una película profundamente política, que aún con sus defectos deja pensando al espectador en cuestiones tan complejas como el significado del dinero en las sociedades contemporáneas. La virtud mayor es que su mirada no necesita de subrayados burdos que declamen la miseria del mundo. No subestimar al espectador también es una postura ideológica, ojalá el cine industrial argentino del futuro aprenda algo de esta lección.

Calificación:7/10

El robo del siglo (Argentina, 2020).Dirección: Ariel Winograd. Guion: Álex Zito, Fernando Araujo. Fotografía: Félix Monti. Montaje: Pablo Barbieri Carrera. Elenco: Diego Peretti, Guillermo Francella, Pablo Rago, Luis Luque, Rafael Ferro, Fabian Arenillas, Juan Alari, Mariano Argento. Duración: 114 minutos.