Por Luciano Alonso
Aquí pueden leer un texto de Gabriel Orqueda sobre el cine de Werner Schroeter.

La novela. Para esta noche es una novela críptica, pesimista y tosca. La sensación que transmite, desde la primera hasta la última página, es asfixiante. Su autor, Juan Carlos Onetti, se ocupa especialmente de no realizar concesiones con el lector. Estructuralmente, la novela está escrita de manera oscura; es decir, el autor no ayuda al lector a comprender la historia que se narra. De hecho, se describen acciones pero no se explican los motivos. Es el lector el que tiene que hacer el esfuerzo por atar los cabos sueltos, pero -aunque preste debida atención- sólo podrá hilar parte de la historia, porque hay piezas del rompecabezas que, simplemente, faltan. Fragmentos de conversaciones y una sucesión de escenas injustificadas se convertirán en los elementos con los que el lector deberá adivinar la historia, las herramientas con las que deberá terminar de darle sentido a la narración. Eso sí, será una historia llena de incertidumbre, de suposiciones, incierta. Pero, también, una historia con el potencial de múltiples lecturas e interpretaciones posibles. El estilo, aunque se permite ciertos visos poéticos, tiende a ser depurado. Preciso, directo y brutal.

El primer capítulo es una conversación entre un tal Weiss y un tal Ossorio. El primero le comunica al segundo que en el First and Last hay un “contacto” que tiene un pasaje. Nunca más volveremos a saber nada de Weiss. No se explica para qué o por qué Ossorio necesita ese pasaje. No se explica qué es exactamente el First and Last. Mientras avanza el relato, podemos deducir algunas cosas, sospechar otras, intuir el resto.

Debido a su carácter ambiguo, todas las lecturas de Para esta noche son conjeturales: desde el sentido alegórico o el desafío ético que plantea el relato en conjunto, hasta la certeza de los elementos específicos que lo componen. Todo aparece vulnerado en su descripción, por lo que cualquier lectura es válida.

Digamos que Ossorio será el protagonista del relato. El First and Last resulta ser un bar prostibulario. Una vez allí, podemos deducir – basándonos en la conversación que tiene Ossorio con un personaje primero, y luego con otro- que la ciudad permanece sitiada. Acaso el pasaje que anhela Ossorio es para salvar su pellejo. La atmósfera en el First and Last es extraña, como si pesara sobre todos un presentimiento terrible. En algún momento, uno de los parroquianos se suicida. El episodio trae a las autoridades, que traen alboroto. Morasán, una presunta autoridad policial, está buscando el rastro de Barcala. Las pistas lo han llevado hasta el First and Last. Sabe que Irene, una de las putas del bar, fue amante de Barcala. La detienen. Además de cumplir con una orden, hay razones sentimentales por las que Morasán quiere dar caza a Barcala. Comparten un pasado en común: Morasán culpa a Barcala de la muerte de Esteban, un muchacho al que Morasán quiso. (No se explica en qué consiste este cariño, ni se entiende si se trata de un amor platónico, filial, o si se trata, directamente, de un amor homosexual).

Ossorio escapa de la redada, pero no consigue el pasaje. Luego, Ossorio busca a Martins, en la, así llamada, Casa del Partido. Mantienen una conversación sobre cómo proceder en lo inmediato, especulan sobre el futuro inminente. De ser necesario, Martins defenderá la Casa del Partido. Evalúa la posibilidad de una rendición con condiciones. Martins sabe dónde está escondido Barcala. Le pide a Ossorio que lo busque y que hable con él.

Así las cosas, Ossorio da con Barcala, quien le confiesa su plan: utilizar los pasajes para crear un gobierno exiliado. No entrega los pasajes porque desconfía de todos. No obstante, le entrega dos pasajes a Ossorio, quien le responde que le alcanza con uno, pero Barcala insiste en que sean dos. Ossorio se lleva los dos pasajes. Luego de obtenerlos, llama de manera anónima a Morasán y  denuncia a Barcala.

Morasán tortura innecesariamente a Irene, quien realmente no sabe dónde se esconde Barcala; mientras tanto piensa en Beatriz, con sincera e innegable ternura. Beatriz es su devota esposa, que lo espera en su casa, junto a su mascota (una perra que acaba de tener cachorros). Digamos que aquí se pone de manifiesto la persistente idea de que lo mejor y lo peor de cada uno pueden convivir en simultáneo. Por lo demás, la insistencia que Morasán pone en saber si Irene notó algo raro en Barcala mientras convivió con él, es inquietante. ¿Qué es exactamente lo que espera o lo que quiere escuchar?

Morasán recibe en su despacho a Max, quien le hace saber que el general Cot está resuelto a tomar medidas contra la policía secreta. Luego, el general Cot toma por asalto la Casa del Partido.


Ossorio regresa a la pensión, su guarida. Allí se encuentra con Victoria, una niña de 12 años que resulta ser la hija de Barcala. Ella tiene una carta, destinada a él, donde Barcala le hace saber que decidió dejar a la niña bajo su custodia (por eso insistía en que Ossorio llevara dos pasajes). Así que Barcala, incluso aunque sospechara la posibilidad de que Ossorio lo entregara a la policía, decidió confiar en él porque era su última esperanza.

En la pensión, hay una redada. El asunto no le compete, pero -sin querer- Barcala puede resultar comprometido. La niña no es su hija y la patrona lo sabe. Incluso, supone que Ossorio es una especie de pervertido, así que lo echa de la pensión, sin escándalo y sin avisar a la policía, pero de manera inmediata y definitiva. Paralelamente, Morasán allana la morada de Barcala y lo mata.

Mientras tanto, Ossorio visita a Farla, un viejo colega. Lo único que le pide es un refugio para pasar las horas que quedan de la noche. Mañana por la mañana parte su barco y ahí terminará la historia. Sólo necesitan (él y la niña) descansar unas horas. Farla también piensa que Ossorio busca acostarse con la niña. No lo ayuda. Aunque la razón de su negativa es otra. No lo ayuda porque espera visitas. No obstante, le da la dirección de un lugar donde quizás pueden refugiarse. Van hasta allí. Son bien recibidos, pero justo hay una emboscada y Ossorio es herido por accidente. Paralelamente, Villar (la mano derecha de Morasán) traiciona a Morasán. Allanan su casa. Con la certeza de lo peor y movido por un sentimiento pervertido de compasión, Morasán decide pegarle un tiro en la sien a su propia esposa, antes de suicidarse. Ossorio, pese a estar herido, puede descansar un rato, pero ese momento de paz dura poco. Finalmente, estalla el caos. Ossorio intenta huir, aún con su pierna enferma. Sólo diez cuadras lo separan del puerto, donde lo aguarda su barco. No tiene tiempo de llevar a la niña o de velar por su seguridad, es un “sálvese quien pueda”. Entre el ruido de las sirenas, los aviones y la confusión, intenta desesperadamente llegar al puerto. En el camino, como en una epifanía mórbida, Ossorio queda trastornado luego de ver a Victoria mutilada. Acaso un disparo a traición pone fin a su vida.

El final de Para esta nochees, lo que se dice, un final abierto. No podemos saber si el disparo contra Ossorio fue mortal o no. No podemos saber si el barco partirá con Ossorio o sin él. De hecho, en el transcurso de la novela, se menciona varias veces la “trampa”, que pesa sobre el barco. Puede que Ossorio nunca haya llegado. Puede que haya llegado y que, de cualquier manera, el barco no haya partido. Puede que “la trampa” a la que se hizo alusión era la emboscada relatada. Tampoco sabemos si Victoria ha sobrevivido o no. En rigor, puede que haya sobrevivido. No se describe su muerte, sino que se describe la espantosa imagen de su cuerpo mutilado. De cualquier manera, la sensación que queda en el lector al terminar de leer la novela es terriblemente amarga y hay que ser un optimista porfiado para no asumir que se trata de un final trágico y terrible, sean cuales fueren los acontecimientos exactos.

La acción y la historia dePara esta noche transcurren íntegramente en unas horas. Desde que Ossorio entra al bar hasta el amanecer de esa misma noche. La meta de Ossorio, desde la primera página, es conseguir el boleto que le permitiría embarcarse. Toda la novela no es más que una sucesión de anécdotas y relatos de lo que le acontece al personaje hasta su resolución final. El hecho de que el autor suprima dicha resolución, es lo que convierte a la novela en una experiencia angustiante. Podemos suponer el final, pero el autor se abstiene de relatarlo.  

Toda la historia termina imbuida de un tinte alegórico, con visos kafkianos. Luce como una  opresiva fábula, resulta una oda a la desesperanza. Hermosamente escrita, sí, pero de una belleza abyecta, porque revela una habilidad estilística que es utilizada para relatar una historia sangrienta, con final amargo.

La adaptación cinematográfica. Un director europeo adaptando a un escritor latinoamericano siempre es algo extraño, sea quien sea uno u otro. Se me ocurren pocas cosas en común entre Uruguay y Alemania. Culturas distintas, idiosincrasias diferentes, un abismo de distancia. Sin embargo, se suele decir que cuando el arte es bueno, trasciende los estrechos límites geográficos, para expresar sentimientos universales. En rigor, la literatura de Onetti no tiene mucho que ver con el uso de tópicos rioplatenses o latinoamericanistas. Su literatura es, per se, bastante imprecisa. No por nada sus novelas suelen transcurrir en ciudades inexistentes o imaginarias. En este sentido, denota cierta inteligencia el elegir a Onetti para realizar una adaptación cinematográfica en latitudes tan distantes. Si la literatura de Onetti fuera más “autóctona”, sin duda su adaptación cinematográfica sería, también, más difícil de realizar. Por lo menos, para un equipo de realizadores que no sea estrictamente local.

Para esta noche fue la última película de Werner Schroeter. Según declaraciones de Frieder Schlaich (uno de los productores), la realización de esta película fue una lucha contra reloj. Werner Schroeter padecía cáncer y, sin querer, esta última película se convirtió -también- en su carta de despedida. El “tono” del libro tiene algo de desesperado y, también, lo tenía la salud del director. Acaso se puede trazar un paralelismo entre la historia de Ossorio y la de Schroeter.  Ambos estaban luchando contra reloj, contra la muerte. Aunque, en realidad, la idea de adaptar esta novela en particular fue mérito de Paulo Branco, otro de los productores asociados. Quizás fue una locura abordar tamaña empresa cuando se sabía que la salud de Werner Schroeter era tan delicada, pero Frieder Schlaich confesó que, según su parecer, haber filmado esta película fue lo que salvó su vida en ese momento. Incluso, pese a todas las angustias y contratiempos surgidos de las incertidumbres financieras. Pese a todo, la película llegó a estrenarse en el Festival de Venecia y, a pesar de las malas críticas, terminó ganando el León de Oro.

A la hora de pensar y analizar la película, hay que partir de la base de que se trata de una adaptación literaria y que, como tal, lleva a cuestas las complicaciones y particularidades que le son características a todas las adaptaciones literarias. Toda adaptación literaria es, siempre, un desafío. Tanto para el realizador, como para el espectador. Acierta Sergio Wolf cuando, en su libro Cine/Literatura. Ritos de pasaje, insiste en lo precario del discurso del espectador convertido en un detective encargado de poner en evidencia y denunciar las diferencias entre la película y el libro. Ese abordaje, además de ser pobre, es incorrecto. El cine y la literatura son lenguajes con códigos propios y lo que funciona en un libro puede no funcionar en una película, y viceversa. Lo interesante, a la hora de pensar el cine en relación a las adaptaciones literarias, es notar cómo funciona una historia en un caso u otro, o de qué manera funciona una misma historia, en un caso u otro.

Me divierten los berrinches que realizan los puristas ofendidos. Me divierten mucho los “lectores” zaheridos por las adaptaciones cinematográficas infieles. Básicamente, porque es un planteo que está mal realizado desde el momento cero. Una película es una película y un libro es un libro. El tema da para mucho y recomiendo la lectura del ensayo de Sergio Wolf que, por lo demás, es un excelente libro que aborda todas estas cuestiones. Por lo tanto, sin caer en el vicio del lector detective que “denuncia” las diferencias entre el texto original y la película, me parece que -de cualquier manera- vale la pena mencionar cuáles son algunas de las diferencias que se plantean.

Para empezar, hay que decir que los nombres de los protagonistas se mantienen y que la historia, en líneas generales, es bastante fiel al texto original. Hay diferencias, sí. Diferencias con las que la película gana y diferencias con las que la película pierde.

La más importante de todas las diferencias entre la película y el libro, la más sustancial, es la importancia que tiene Clara. En  ambos casos, Clara fue la pareja de Ossorio. Pero, mientras que en el libro Ossorio asume su desaparición desde el principio, en la película dicha desaparición no es asumida y, de hecho, la búsqueda de Clara se convierte en el leitmotiv de todo el relato. Toda esa historia, digamos, es un invento de la película. Un invento con el que se crea cierta tensión cinematográfica, es cierto, pero con el que la historia pierde cierto registro brutal y desencantado. Por lo demás, hay diálogos que se mantienen intactos, pero que se sostienen entre diferentes personajes. También hay escenas agregadas, situaciones inventadas, que no afectan el relato en conjunto. Esto puede deberse tanto a una interpretación distinta de un texto que, de por sí, es abstracto, como a una decisión de los realizadores. En cualquier caso, no vale la pena ponerse detallista.

En la película, Ossorio ya no busca un único boleto para salvarse, sino dos, porque insiste en salvar -también- a Clara. Esta pequeña diferencia da como resultado un personaje diferente. El Ossorio de Onetti es más desesperado y solitario. Aunque, no obstante, es capaz de demostrar piedad y compasión por Victoria. El Ossorio de Schroeter es mucho más “sentimental”.

Hay una escena imposible de obviar, por lo anacrónica e inusual. En el “First & Last”, una banda de rock copa el escenario del bar. El rock, en el libro de Onetti, queda fuera de toda posibilidad. Incluso por una cuestión de coherencia cronológica (digamos que la novela transcurre en la década del ’40). No obstante, su inclusión en la película es una decisión estética hermosa.

La trama no explícita, pero que funciona como un sólido trasfondo argumental, tiene que ver con las intrigas políticas del contexto histórico específico. En el libro, todo es más abstracto e incierto. En la película, queda mucho más claro que se trata de una ciudad sitiada y que las decisiones que se toman entre un personaje y otro están relacionadas con cuestiones de poder, que se juegan en el tablero de estrategias políticas y militares. En este sentido, la historia funciona mejor en la película que en el libro.

Finalmente, hay mucho para decir sobre cuestiones específicamente cinematográficas, relacionadas con la puesta en escena, las actuaciones, la música, las locaciones e, incluso, con el uso del color. El timing de la película es harto peculiar. Esta misma historia se podría haber contado de miles de maneras diferentes. Werner Schroeter encontró su manera, que quizás no es la única ni la mejor, pero es una manera que le hace honor al texto original. Los colores omnipresentes en toda la película, el rojo y el dorado, ayudan a crear una atmósfera onírica, de pesadilla de oro y sangre. Las escenas de torturas y la ambigüedad de ciertos personajes generan una sensación sumamente incómoda. 

Para esta noche es una historia oscura y violenta. Acaso intenta ser un reflejo del horror de la guerra y de los regímenes dictatoriales, del clima de opresión, de la incertidumbre bélica, acaso intenta ser el reflejo de un horror histórico impronunciable.

Para esta noche (Nuit de chien, Francia/Alemania/Portugal, 2008), de Werner Schroeter, c/Pascal Greggory, Jean Francois Stevenin, Sami Frey, 117′.